Capítulo 2 CAPITULO 2
La noche no tardó en transformarse en una pesadilla claustrofóbica. Karen no estaba dispuesta a aceptar la autoridad serena que Ian ejercía sobre la situación; necesitaba dejar su propia marca de poder y humillación sobre nosotras. Cuando los pasos de Ian finalmente se distanciaron hacia la planta baja de la casa, ella irrumpió en la habitación flanqueada por dos de los hombres más robustos del grupo.
Con una sonrisa torcida y cargada de un sadismo visceral, Karen nos sujetó del cabello a Sofía y a mí al mismo tiempo. El tirón seco nos obligó a ponernos en pie de golpe, soltando ahogados gemidos de dolor mientras nos arrastraba sin miramientos por el pasillo. La alfombra suave de la entrada dio paso al azulejo helado del baño principal, un espacio que hasta esa mañana había sido mi santuario de tranquilidad y que ahora se convertía en un matadero improvisado.
—¡Desnúdenlas! —ordenó Karen, cruzándose de brazos mientras una chispita de placer malévolo le encendía las pupilas—. Vamos a quitarles lo refinado a estas dos zorras.
Los dos sujetos se abalanzaron sobre nosotras sin dudarlo. El sonido de la tela rompiéndose resonó en las paredes de mármol mezclado con los gritos desgarradores de Sofía, quien luchaba desesperadamente, pataleando y tratando de morder las manos que la sujetaban. En cuestión de segundos, nos despojaron de la ropa, dejándonos completamente expuestas, vulnerables y tiritando sobre la superficie helada del piso.
Sin perder el tiempo, Karen abrió la llave de la ducha al máximo, regulando la perilla hacia el extremo más frío. Tomó la manguera flexible de acero inoxidable y dirigió un chorro de agua helada y a presión directamente al rostro de Sofía. El impacto fue brutal. Mi amiga comenzó a ahogarse, tragando agua entre sollozos, hiperventilando por el shock térmico mientras trataba inútilmente de cubrirse con los brazos atados.
Ver a Sofía en ese estado quebró la última barrera de mi propio instinto de conservación. El miedo por mi vida fue aplastado por la urgencia de protegerla.
—¡Déjala en paz! —grité con la voz rasgada por el pánico, arrastrándome sobre los codos por el piso mojado hasta interponer mi cuerpo entre la manguera y ella—. ¡Por favor, basta! ¡Haz conmigo lo que quieras! ¡Usa el agua conmigo, golpeame a mí, pero déjala a ella en paz!
Karen detuvo el flujo por un segundo y soltó una carcajada seca, un sonido agudo que rebotó en los azulejos.
—¿La gran heredera de Wilson Technology ofreciéndose como sacrificio? Qué escena tan conmovedora —escupió con desprecio, dándole una patada suave en el hombro a Sofía para apartarla.
Hizo una seña rápida a los dos hombres. Uno de ellos tomó a Sofía del brazo, le envolvió el cuerpo tembloroso en una bata de baño limpia que arrancó del perchero y la lanzó sin contemplaciones hacia el pasillo exterior. Sofía quedó tendida sobre el piso de madera, sollozando sin control, tiritando por el agua helada e incapaz de mantenerse en pie.
Karen volvió toda su atención hacia mí. La sonrisa en su rostro se volvió aún más cruel.
Primero dirigió la manguera de agua congelada sobre mi pecho y mi espalda. El choque térmico fue tan violento que me robó el aire de los pulmones de inmediato; sentí cómo los músculos de mi torso se contraían dolorosamente y la piel se me erizaba al límite. Apreté los dientes con todas mis fuerzas, hundiendo las uñas en las juntas del azulejo para no gritar y evitar que Sofía, desde afuera, sufriera más al escucharme.
Sin embargo, Karen no había terminado. Quería una sumisión completa. Con una lentitud calculada, llevó la mano a la perilla de la ducha y la giró sin dudarlo hacia el extremo caliente.
El agua helada dio paso a un chorro hirviendo en cuestión de segundos.
El primer impacto del agua a altas temperaturas sobre la piel que minutos antes estaba congelada desató una sensación de ardor insoportable. Un alarido visceral se me escapó del pecho antes de que pudiera detenerlo. Sentí cómo la piel de mis hombros, cuello y espalda se enrojecía violentamente al contacto con el vapor y el líquido abrasador, provocándome quemaduras superficiales que quemaban como mil agujas al mismo tiempo. Me doblé sobre el piso empapado, abrazando mis rodillas contra el pecho mientras las lágrimas se mezclaban con el agua hirviendo que me caía encima.
—¿Dónde quedó tu orgullo de empresaria, Abril? —se burló Karen, acercando la boquilla a centímetros de mi piel abrasada—. A ver si así aprendes quién manda aquí.
—¡Karen! ¡Suficiente!
La voz de Ian resonó en todo el piso como un trueno. La puerta del baño se abrió de golpe, estrellándose contra la pared, y su figura alta y pesada ocupó todo el umbral. Por primera vez desde que había irrumpido en mi casa, su rostro habitualmente inexpresivo mostraba una furia tensa, contenida y extremadamente peligrosa.
—Lárguense. Todos. Ahora —ordenó Ian. Su tono no era un grito, sino un mandato helado dirigido a los dos hombres y a Karen.
Los dos sujetos soltaron la puerta de inmediato y retrocedieron hacia el pasillo sin atreverse a mirarlo. Karen apretó la manguera con rabia, intentando sostenerle la mirada, pero la presencia de Ian era aplastante. Tras unos segundos de tensión sofocante, arrojó la manguera al piso con violencia y salió a pisadas fuertes, empujando la puerta al pasar.
El silencio regresó de golpe al baño, roto únicamente por el siseo del agua que seguía corriendo hacia el desagüe y el sonido de mis respiraciones agitadas, interrumpidas por el dolor punzante de las quemaduras.
Ian dio dos pasos al frente y cerró la llave de la ducha, cortando el flujo de inmediato. Se acercó al perchero, tomó una bata de baño de felpa gruesa y se agachó a mi lado en el piso empapado. Antes de cubrirme, sus ojos oscuros recorrieron mi cuerpo desnudo y lastimado; no con el desprecio sádico de Karen, ni con la lascivia vulgar de sus hombres, sino con una apreciación detenida, analítica y profunda. Registró cada curva de mi figura, la piel al rojo vivo por el agua caliente y las gotas que resbalaban lentamente por mi cuello y pecho.
Sin pronunciar una sola palabra, desplegó la bata con una delicadeza inesperada y me envolvió en ella, asegurándose de no rozar directamente las zonas de la espalda donde la piel me ardía más. El tejido seco y cálido fue un bálsamo inmediato contra el dolor.
Con una mano firme en mi brazo, me ayudó a ponerme en pie sin ejercer más fuerza de la necesaria. Luego, sin apartar sus ojos de los míos, metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta táctica y sacó la carpeta de piel negra que contenía los documentos de la patente. La sostuvo a la altura de mi rostro.
—Esto es lo único que te mantiene con vida en esta casa, Abril —dijo en un susurro grave, tan cerca de mi oído que pude sentir el calor de su respiración—. Mañana por la mañana quiero la primera traducción de este código. Si cooperas conmigo y me das lo que necesito, te juro que nadie volverá a ponerte una sola mano encima. ¿Entendido?
Asentí despacio, tiritando bajo la bata de baño y sosteniendo esa mirada oscura que no me dejaba escapar. En ese instante, entre el dolor de las quemaduras y el frío del ambiente, una aterradora certeza comenzó a instalarse en mi mente: en medio de este infierno, Ian no sol
o era mi captor, sino también mi única protección.
