Capítulo 3 CAPITULO 3
La primera luz del domingo no trajo alivio, solo una claridad fría que expuso la devastación de mi hogar. El dolor en mi espalda y hombros era un recordatorio constante de la noche anterior; las quemaduras superficiales tiraban de mi piel con cada movimiento, volviendo insoportable el simple roce de la tela.
Al salir al pasillo, encontré a Sofía hecha un ovillo en el suelo de la habitación de huéspedes. Sus ojos estaban hinchados de tanto llorar y su labio inferior lucía partido y morado. En cuanto me vio, intentó incorporarse, pero sus piernas temblaban por el agotamiento y el miedo.
—Abril... —susurró con la voz rota—. Tienes que ayudarme. Tenemos que encontrar un teléfono, un cuchillo... algo. Si nos quedamos aquí, nos van a matar.
Me acerqué a ella y me hincé a su lado, tomando sus manos frías entre las mías con desesperación.
—Escúchame bien, Sofía —dije en un murmullo firme, mirando hacia la puerta por si alguien nos escuchaba en el pasillo—. No vamos a intentar nada estúpido. Anoche viste de lo que es capaz Karen. Si intentamos pelear o escapar sin un plan perfecto, no saldremos vivas. Mi única prioridad ahora es que respires. Voy a traducir parte del código para ganar tiempo y mantener a Ian de nuestro lado.
—¿De su lado? —Sofía me miró con una mezcla de horror y desengaño, apartando sus manos de las mías bruscamente—. ¡Es el líder de los tipos que nos secuestraron! ¡No está de nuestro lado, Abril! Nos está manipulando.
—Es el único que evita que Karen nos descuartice —respondí con una frialdad que ni yo misma reconocí en mi voz—. Acepta las reglas por ahora. Por favor.
Dejé a Sofía sobre la cama y bajé a la planta baja. La casa estaba en relativo silencio, salvo por la presencia constante de dos hombres armados en la entrada principal. Sobre la isla de la cocina, limpia y ordenada como si nada hubiera pasado, descansaba la carpeta de piel negra junto a una libreta en blanco y un bolígrafo.
Ian estaba de pie junto al ventanal del comedor, de espaldas a mí, observando el jardín rodeado de árboles. Llevaba una camiseta negra ajustada que marcaba la amplitud de sus hombros y la potencia de su espalda. Al escuchar mis pasos sobre la madera, se giró despacio.
—No vas a poder concentrarte con ese dolor —dijo sin rodeos, antes de que yo pudiera pronunciar una sola palabra. Sobre la mesa descansaba un frasco de vidrio oscuro con un ungüento médico.
—Puedo soportarlo —contesté, manteniendo la postura.
—No te lo estoy preguntando, Abril —su voz era grave, serena, pero con una autoridad implacable—. Quítate la bata. Quédate solo en ropa interior para poder aplicarte esto. Si la piel se te infecta por el roce de la ropa, no me vas a servir de nada.
Un nudo de aprensión se me formó en la garganta. La idea de quedar expuesta ante él me erizaba la piel, pero la firmeza de su mirada no dejaba margen a la protesta. Con manos temblorosas, desaté el cordón de la bata de felpa y dejé que la tela se deslizara por mis hombros hasta caer al suelo. Me quedé de pie en mitad de la sala, vistiendo únicamente mi ropa interior encaje, sintiendo el aire frío de la mañana golpear directamente mi piel enrojecida.
Ian no dijo nada. Se acercó a mí con pasos lentos y metódicos. Destapó el frasco, tomó una cantidad generosa de la crema fría entre sus dedos y se posicionó a mi espalda.
Cuando sus yemas tocaron por primera vez la piel abrasada de mis hombros, un escalofrío violento me recorrió la columna vertebral de arriba abajo. A pesar de la frialdad del ungüento, el contacto de sus manos —firmes, ásperas y cálidas— hizo que toda mi piel se erizara al instante. Un leve jadeo se me escapó de los labios.
Ian se detuvo un segundo. Desde su posición, notó perfectamente cómo los vellos de mis brazos se erizaban y cómo mi cuerpo reaccionaba a su cercanía. A través del reflejo del ventanal, vi cómo en la comisura de sus labios se dibujaba una pequeña, casi imperceptible sonrisa de satisfacción. Sabía el efecto que provocaba en mí; sabía que el miedo y la respuesta física de mi cuerpo se estaban mezclando de forma peligrosa.
Sin decir una palabra, continuó distribuyendo el ungüento con una delicadeza metódica por mi espalda y cuello, aliviando el ardor del agua caliente mientras mantenía una presión calibrada sobre mis músculos tensos.
—Ya puedes vestirte —murmuró cerca de mi oído cuando terminó, dando un paso atrás.
Me puse una blusa holgada de tirantes que encontré en mi habitación y volví a la isla de la cocina, donde la carpeta de piel negra me esperaba. Tomé el bolígrafo, abrí la primera página del algoritmo y miré a Ian, quien se había apoyado contra la barra de granito a observarme.
—El código de la patente está estructurado en tres capas de algoritmos cifrados con una clave de traducción manual —expliqué, alzando la mirada para sostenerle los ojos—. No es un trabajo simple de copiar y pegar. Para no cometer errores en la lógica del sistema, me va a llevar más de tres días por cada hoja.
Esperaba una reacción de impaciencia, una amenaza o una exigencia de acelerar el proceso, pero Ian solo me observó en silencio durante un largo par de segundos.
—Tres días por hoja —repitió él en un tono neutro. Luego, simplemente asintió con la cabeza—. Hazlo bien. Es lo único que me importa.
—Necesito que Sofía esté tranquila —agregué, aprovechando el momento—. Y que me dejes moverme con relativa libertad para cocinar y preparar nuestros alimentos.
—Puedes usar la cocina para preparar lo que quieras comer —concedió Ian, dando un paso hacia la salida—. Hay suficientes insumos en la despensa. Sofía puede estar contigo en la planta baja, siempre y cuando no intente acercarse a las ventanas ni a las puertas. Si ella rompe las reglas, las concesiones se acaban para las dos.
—Entendido —asentí.
A partir de esa mañana, la dinámica en la casa cambió por completo. Mientras Sofía se encerraba en un silencio rencoroso en la planta alta, negándose a comer casi todo lo que yo preparaba y mirando a los guardias con un odio feroz, yo me instalé en la isla de la cocina. Pasé horas concentrada, escribiendo línea por línea el código de la patente mientras sentía la presencia pesada e inevitable de Ian sobre mí desde el pasillo.
Cada vez que avanzaba en una página, él me traía agua, aseguraba mi espacio y mantenía a Karen fuera de mi vista. Sin darme cuenta, mi mente comenzó a registrar sus gestos de protección no como una estrategia de manipulación, sino com
o el único lugar seguro dentro de mi propia prisión.
