Capítulo 4 CAPITULO 4

Capítulo 4: La fractura y el intento de huida

Los días comenzaron a diluirse en una rutina claustrofóbica donde las horas se medían en líneas de código y en la tensión constante que respirábamos en la casa. Mientras yo pasaba jornadas enteras en la isla de la cocina traduciendo meticulosamente cada hoja de la patente, la brecha entre Sofía y yo no hacía más que profundizarse.

Conforme me ganaba pequeñas concesiones por mi cooperación —la libertad de moverme por la planta baja, elegir los ingredientes para cocinar e incluso salir unos minutos al porche trasero bajo la mirada atenta de Ian—, la resistencia de Sofía se volvía cada vez más desesperada e imprudente.

Esa misma noche, la tormenta que llevaba días gestándose terminó por estallar.

Cerca de las dos de la mañana, cuando la casa dormía bajo un silencio sepulcral, Sofía se deslizó hasta mi habitación. Traía los ojos desorbitados y un cuchillo de mesa que había logrado esconder días atrás.

—Es hoy, Abril —me susurró al oído, temblándole la voz por el pánico—. El guardia de la cocina está dormido. Encontré la llave de la puerta trasera sobre la barra. Si no salimos ahora, nos vamos a pudrir aquí.

El corazón me dio un vuelco. Mi mente me gritaba que era una locura, que la disciplina de Ian no dejaba cabos sueltos, pero la desesperación en los ojos de mi amiga me arrastró. Nos deslizamos descalzas por el pasillo en sombras, conteniendo el aliento con cada crujido del piso de madera. Llegamos a la cocina. Efectivamente, la luz del jardín iluminaba la silueta del guardia cabeceando en una silla, y la llave metálica descansaba sobre el granito.

Sofía extendió la mano, la tomó y avanzó hacia la puerta de servicio. Mis dedos temblaban cuando me acerqué a la cerradura. Introduje la llave con cuidado infinito. El mecanismo giró con un chasquido sordo que resonó como un disparo en la penumbra.

Antes de que pudiera empujar la madera hacia afuera, una mano enorme y pesada se estampó contra la puerta, cerrándola de golpe con un estruendo metálico.

—¿A dónde creen que van? —retumbó una voz grave y helada a mi espalda.

El pánico nos congeló. Al girarme, vi a Ian sobre nosotras. No llevaba su equipo táctico habitual; vestía únicamente una bata de seda negra desabrochada en el pecho, dejando ver su torso desnudo y sudoroso. Olía a perfume femenino intenso mezclado con tabaco y sexo reciente; era evidente que acababa de salir de la habitación de Karen.

Sofía intentó abalanzarse sobre él con el cuchillo, pero Ian ni siquiera se inmutó: de un solo manotazo le desarmó la muñeca, haciéndola soltar el metal contra el piso, y con el otro brazo la empujó violentamente contra la pared. Ella cayó desorientada al suelo.

Antes de que yo pudiera dar un paso hacia atrás, Ian se giró hacia mí. Su rostro era la máscara de una furia salvaje y contenida. Cortó la distancia en un milisegundo y me acorraló contra la puerta de madera.

Su mano grande y de nudillos duros se cerró directamente alrededor de mi cuello, apretando con la fuerza suficiente para cortarme el aire sin llegar a asfixiarme. Me obligó a alzar el rostro, pegando mi espalda contra la superficie fría mientras me miraba fijamente a los ojos.

—Te di libertad —siseó cerca de mis labios, con la respiración agitada y caliente golpeándome la piel—. Te di mi confianza, me encargué de que nadie te tocara... ¿y así me pagas, Abril?

La presión de su agarre me impedía hablar. La adrenalina me quemaba las venas, pero mientras sosteniendo su mirada oscura y amenazante, Ian dio un paso más, pegando su cuerpo por completo contra el mío para inmovilizarme. Fue en ese milisegundo de fricción brutal cuando sentí la dureza de su erección, aún marcada y caliente bajo la tela fina de su bata, presionando directamente contra mi vientre.

El contraste entre el peligro de muerte, el dolor en mi cuello y la invasiva cercanía de su cuerpo desató un cortocircuito en mi mente. La piel se me erizó violentamente y, contra todo instinto de supervivencia, un pequeño y ahogado gemido se me escapó de la garganta, ahogándose contra su mano.

Ian congeló el movimiento. Sus pupilas se dilataron al escuchar el sonido que había brotado de mi pecho. Su mirada descendió a mis labios entreabiertos y luego volvió a clavarse en mis ojos, registrando la traición involuntaria de mi propio cuerpo. La tensión en la cocina se volvió sofocante, cargada de una electricidad peligrosa que ninguno de los dos podía negar.

Lentamente, sin dejar de mirarme, aflojó la presión en mi garganta, aunque mantuvo los dedos apoyados sobre mi piel.

—Regresas a cero, Abril —murmuró en un susurro oscuro, pegado a mi oído, mientras su cuerpo continuaba presionando el mío—. Todo lo que te habías ganado lo acabas de perder. Mañana empezamos desde el principio.

Se separó de mí de golpe, dejándome caer sobre las rodillas mientras luchaba por recuperar el aire. Miró a los guardias que ya habían bajado corriendo las escaleras encañonando a Sofía.

—Llévense a la amiga arriba y encierren a esta en su habitación —ordenó Ian con voz de mando, ajustándose la bata con frialdad—. Y si alguna de las dos vuelve a tocar una cerradura, les juro que no habrá patente que las salve.

Me arrastré hasta mi cama en la penumbra, tocándome el cuello donde aún sentía la marca de sus dedos. El miedo me hacía temblar, pero la confusión en mi pecho era aún peor: la huida había fracasado, mi libertad había vuelto a ser destruida, pero la chispa oscura que se había encendido entre él y yo acababa de cambiar las reglas d

el juego para siempre.

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