Capítulo 5 CAPITULO 5
Capítulo 5: El castigo de la cercanía y la falsa verdad
El castigo por el intento de huida no fue la violencia física, sino la absolución de la distancia. Ian cumplió su palabra: la frágil libertad que me había ganado se desvaneció en un abrir y cerrar de ojos.
Volví a estar encerrada en mi habitación durante días. La carpeta de la patente me fue retirada temporalmente, y con ella, mi único propósito para mantener la mente ocupada. Karen aprovechó mi caída en desgracia para rondar por el pasillo, lanzándome miradas victoriosas y comentarios venenosos cada vez que uno de los guardias me abría la puerta solo para entregarme una bandeja de comida fría. De Sofía no sabía nada; el silencio en la planta alta era absoluto, un vacío sofocante que me carcomía las entrañas por la culpa.
Al cuarto día de aislamiento, la puerta de mi habitación se abrió de par en par.
Ian estaba en el umbral. No llevaba la bata de seda ni la ropa táctica de las noches de guardia; vestía una camisa negra de mangas enrolladas hasta los codos que dejaba al descubierto sus antebrazos marcados. Su rostro volvía a ser esa máscara impenetrable, salvo por la intensidad de su mirada, que parecía escudriñar cada rincón de mi cansancio.
—Abajo —dijo simplemente, haciéndose a un lado para dejarme pasar.
Lo seguí en silencio, sintiendo mis piernas pesadas. En la isla de la cocina, la carpeta de piel negra me esperaba abierta en la página donde me había quedado, junto a una taza de té caliente que soltaba vapor en el aire.
—Tienes que recuperar el tiempo perdido, Abril —habló Ian, apoyando ambas manos sobre el granito, rodeándome prácticamente sin llegar a tocarme—. Tus días de andar paseando por la casa se terminaron. Vas a trabajar aquí, bajo mi supervisión directa.
—¿Y Sofía? —pregunté con la voz rasposa por la falta de uso—. Necesito saber cómo está. Por favor.
Ian se inclinó levemente hacia mí. El olor a su loción, una mezcla de madera y especias, borró al instante cualquier rastro del perfume de Karen de mi memoria.
—Tu amiga sigue pagando el precio de su estupidez. Está encerrada y sin privilegios. Si quieres que vuelva a comer algo decente o que le retiremos las precintas, vas a tener que ganártelo folio por folio.
El chantaje era directo, sin adornos, pero el tono de su voz contenía una promesa implícita: él tenía el control de su dolor, pero también de su alivio.
Me senté en la barra y tomé el bolígrafo. Durante las siguientes horas, el único sonido en la cocina fue el rasgar del papel y el murmullo de mi respiración. Ian no se alejó en ningún momento. Se mantuvo a mi lado, a veces de pie tras de mí, a veces sentado en el taburete contiguo, observando minuciosamente cómo mi mano trazaba las equivalencias del algoritmo.
La cercanía era una tortura calculada. Cada vez que él se inclinaba sobre mi hombro para revisar una línea terminada, el calor de su cuerpo traspasaba mi ropa. La memoria de la noche del escape —de su mano apretándome el cuello y la firmeza incuestionable de su cuerpo contra el mío— se proyectaba en mi mente con una claridad vergonzosa. Mi piel reaccionaba antes de que mi juicio pudiera detenerla; un hormigueo sutil me recorría los brazos y mi respiración se volvía superficial cada vez que su sombra me cubría.
En un momento, mientras pasaba una hoja, el borde del papel me hizo un corte fino en el dedo índice. Solté un pequeño ahogo por el ardor repentino y una gota de sangre brotó de la piel.
Antes de que pudiera reaccionar, la mano de Ian rodeó mi muñeca. Su agarre no era violento, pero sí firme. Levantó mi mano a la altura de su rostro, observando la pequeña herida. Sin decir una sola palabra, se llevó mi dedo a la boca y limpió la gota de sangre con la punta de la lengua, manteniendo sus ojos fijos en los míos todo el tiempo.
El choque eléctrico que atravesó mi espina dorsal fue tan violento que se me fue el aire. Mis pupilas se dilataron y un temblor involuntario me sacudió los hombros. Él sostendría mi dedo entre sus labios un segundo más, saboreando la traición explícita de mi cuerpo, disfrutando del dominio absoluto que ejercía sobre mis sentidos.
Cuando me soltó la mano, lo hizo despacio, rozando la yema de sus dedos contra mi palma.
—Cuidado —murmuró con una voz tan grave que pareció retumbar en el piso de la cocina—. No quiero que manches los documentos.
De repente, una luz roja y azul comenzó a parpadear sutilmente a través de las persianas de la estancia, acompañada por el sonido de un vehículo deteniéndose en la entrada. Uno de los hombres de Ian bajó las escaleras a toda prisa, con el rostro desencajado.
—Es la patrulla local —susurró el hombre, llevando la mano a la culata de su arma—. Un control de rutina o una denuncia por ruido. Están en el portón.
Ian no se inmutó. Con una calma pasmosa, le hizo una seña a su subordinado para que subiera a esconder a Karen y a Sofía a la planta alta. Luego se giró hacia mí. La frialdad de su mirada dio paso a una intensidad posesiva y peligrosa.
—Escúchame muy bien, Abril —dijo en un susurro rápido, tomándome con firmeza de la cintura y pegándome a su cuerpo de golpe—. Si dices una sola palabra, si pestañeas mal, la vida de tu amiga se termina antes de que ese oficial abra la boca. Vas a ser mi esposa. Vas a actuar como si este lugar fuera nuestro nido de amor.
El timbre sonó.
Ian no esperó a que yo procesara la orden. Abrió la puerta principal sosteniéndome pegada a su costado, rodeándome los hombros con un brazo pesado y protector. En el umbral apareció un oficial de policía, con la mano apoyada preventivamente en la funda de su arma y una libreta en la otra.
—Buenas noches —dijo el oficial, observándonos con suspicacia—. Recibimos un reporte de actividad inusual en esta propiedad. La Sra. Wilson no ha respondido las llamadas de su oficina en días y...
—Buenas noches, oficial —interrumpió Ian, con una sonrisa serena y perfecta, la voz cargada de un encanto natural que me congeló la sangre—. Disculpe las molestias. Abril y yo nos aislamos el fin de semana. Desconectamos los teléfonos para tener algo de intimidad.
El policía entornó los ojos, dirigiendo su mirada hacia mí.
—Señorita Wilson, ¿se encuentra bien? Necesito que me confirme si todo está en orden.
Sentí la presión de los dedos de Ian dirigiéndose con más fuerza sobre mi cadera. La amenaza implícita sobre la vida de Sofía vibraba en el aire. Tenía a la autoridad a menos de un metro; bastaba un grito, una mirada de auxilio para intentar terminar con la pesadilla. Pero el miedo, sumado a la retorcida dependencia que se había tejido en mi mente, me paralizó el cuello.
Antes de que pudiera emitir un sonido, Ian me giró hacia él. Tomó mi rostro con ambas manos, acunándome con una ternura falsa pero tan convincente que me hizo temblar.
Se inclinó y me besó.
No fue un beso tímido. Fue un beso profundo, dominante y apasionado que reclamó mis labios frente al oficial. Sentí el calor de su boca, el sabor metálico de mi propia sangre aún en sus labios y la posesión absoluta de su cuerpo presionando el mío. Para mi propio horror, en lugar de apartarme, mis manos buscaron instintivamente su pecho, sujetándome de su camisa mientras dejaba que me robara el aliento. Mi cuerpo volvió a traicionarme, cediendo a su toque de una forma tan real que la actuación se borró por completo.
Cuando finalmente nos separó, me dejó sin aire, con los labios enrojecidos y la mirada perdida. Ian me miró con unos ojos oscuros llenos de un triunfo silencioso y volvió la cara hacia el oficial.
—Como puede ver, oficial... estamos perfectamente bien —dijo Ian, deslizando su pulgar por mi labio inferior para limpiar la humedad del beso.
El policía pareció dudar un segundo, pero al ver la escena de supuesta pasión y mi absoluta falta de resistencia, relajó la postura.
—De acuerdo. Disculpen la interrupción. Les sugiero que respondan a su equipo mañana para evitar más alarmas. Buenas noches.
El oficial se dio la vuelta y comenzó a caminar a paso lento de regreso hacia la patrulla.
Sin soltarme de la cintura, Ian retrocedió un paso llevándome con él hacia el interior del recibidor y empujó la puerta de madera, dejándola entornada apenas a un par de centímetros de la cerradura. En cuanto estuvimos dentro de la penumbra de la casa, me acorraló de inmediato contra la pared adyacente a la entrada.
Sin darme tiempo a reaccionar, volvió a atrapar mis labios en un beso aún más agresivo, caliente y exigente que el anterior. Sus manos se encajaron en mis caderas con una fuerza brutal, aplastando mi cuerpo contra el suyo en la oscuridad. Ya no había un oficial mirando directamente, pero la descarga de adrenalina y el dominio de su toque me hicieron perder el piso por completo. Solté un jadeo ahogado contra su boca mientras mis dedos se enredaban en la tela de su camisa, incapaz de defender me de la mezcla de terror y deseo que me destruía por dentro.
Transcurrieron varios segundos sofocantes de besos y roces desesperados antes de que Ian se separara bruscamente de mí. Su respiración era agitada y pesada contra mi cuello; sus ojos brillaban con un fuego oscuro y calculador en medio de la penumbra.
Mantuvo una de sus manos pesadas presionando mi cadera firmemente contra la pared para inmovilizarme, mientras inclinaba la cabeza apenas un centímetro hacia la rendija de la puerta entornada, mirando hacia el exterior.
—Aún sigue viendo hacia nosotros —murmuró en un susurro grave y helado contra mi oído, con los labios rozando mi piel enrojecida—. El policía no ha encendido el motor... sigue observando la casa desde el auto.
El aire se congeló en mis pulmones. Inmóvil bajo su agarre, sentí cómo su mano descendía lentamente por mi pierna, manteniendo la farsa y el control absoluto sobr
e mí mientras la patrulla aguardaba afuera.
