Capítulo 1 CAPÍTULO 1 El beso que me robó el alma
Me quedé frente al espejo de marco dorado, observando a una novia que no parecía yo. El velo blanco rozaba mis hombros como una sentencia, el corsé me oprimía el pecho, pero el verdadero dolor no provenía de la tela. Era el peso del anillo en mi dedo, el contrato que había firmado con el alma rota.
Esa misma tarde me convertiría en la señora Voss… no por amor, sino por salvar a mi padre de una cárcel que lo consumiría hasta matarlo.
Pasé el dedo por mis labios corrigiendo una mancha visible de labial…
—Solo unas horas más —susurré a mi reflejo—. Y todo habrá valido la pena.
Un clic suave rompió el silencio. La puerta de la suite se abrió.
Me giré con el corazón en la garganta, el olor de su perfume para mi era lo más conocido.
Era él.
Rafael Voss.
El medio hermano de mi prometido. La sombra peligrosa y elegante que siempre aparecía en las fotos familiares como un secreto que nadie se atrevía a mencionar. Alto, de hombros anchos, traje negro impecable y esa camisa abierta lo justo para dejar ver el inicio de un tatuaje que serpenteaba por su cuello. Sus ojos color miel ardían con una intensidad que me desarmaba.
—Rafael… —susurré, retrocediendo hasta chocar contra el tocador—. No deberías estar aquí. —temblé al verlo. La última vez que lo vi fue cuando supe que era el hermano de Alexander, y desde ese día, nada fue igual. Tenerlo frente a mi era un completo caos.
Pero él, no respondió. Cerró la puerta con el talón y avanzó hacia mí con pasos deliberados, como un depredador que ya había decidido su presa.
Su mano se enredó en mi nuca con firmeza, sus dedos se hundieron en mi cabello y me atrajo hacia él sin darme oportunidad de escapar.
El beso fue devastador.
Sus labios se apoderaron de los míos con una urgencia salvaje, como si llevara años conteniéndose. Gemí contra su boca, sorprendida, intentando resistirme, pero mi cuerpo traidor se derritió contra el suyo. Su lengua invadió la mía, saboreándome con hambre profunda, y el mundo entero desapareció.
—Esto está mal… —jadeé, apenas separándome un segundo. —Tu hermano… tu hermano me está esperando…
—Shh… —susurró contra mis labios, mordiendo el inferior con posesión—. Déjame amarte antes de que te pierda para siempre.
Sus manos bajaron por mi espalda, apretándome contra su cuerpo. Sentí su erección, dura y caliente, presionando contra mi vientre. Un fuego prohibido se extendió entre mis piernas.
—No… —intenté protestar, pero su boca volvió a devorarme, más intensa, su lengua me invadió profundamente, ni siquiera podía respirar. —¡Para! — faltaban pocos minutos para mi matrimonio, debía asistir, tenía un compromiso, ¡Un maldito contrato que no podía romper!
Sus dedos subieron por mis muslos, se colaron bajo el vestido de novia y rozaron mi centro. Estaba empapada. Traicioneramente mojada. Un gemido vergonzoso escapó de mi garganta cuando un dedo se deslizó dentro de mí, lento y profundo.
—Rafael… —gemí, arqueando la espalda.
Me folló con los dedos sin piedad, añadiendo otro, y luego otro, mientras su boca marcaba mi cuello con besos húmedos y mordidas. Mis caderas se movían solas, buscando más de ese placer prohibido que nunca había sentido.
—Eres mía —gruñó contra mi piel—. Aunque mañana digas lo contrario. Aunque me hayas dejado hace tres años, aunque me hayas hecho buscarte por cielo y tierra solo para enterarme que serás la esposa de mi hermano.
Me levantó como si no pesara nada y me sentó en el borde del tocador. El espejo crujió bajo mi peso. Abrió mis piernas, arrugó el vestido de novia alrededor de mi cintura y, de un solo empujón brutal, entró en mí.
Grité.
No de dolor, aunque era virgen. Grité de un placer tan intenso y crudo que me rompió por dentro. Me llenó por completo, estirándome, marcándome. Sus embestidas fueron salvajes, profundas, desesperadas. Nuestros cuerpos chocaban rompiendo el silencio de la habitación. Trataba de controlar mis gemidos, pero era imposible, él ya me tenía consumida por completo.
—Rafael… ¡Dios! —sollocé, lágrimas rodaban por mis mejillas mientras el placer me consumía.
—Dilo —ordenó, sujetando mi rostro con una mano mientras me follaba sin descanso—. Dime que me quieres. Dime que soy el hombre que amas Valeria ¡dilo!
—No… —mentí entre gemidos, pero mi cuerpo lo traicionaba, contrayéndose alrededor de él.
Recordé la expresión de Alexander, su rostro rígido, su formalidad al tratarme y el miedo me invadió por completo, pero mi cuerpo traidor ya estaba sucumbiendo.
El orgasmo me atravesó como un rayo. Mi interior se apretó con fuerza a su alrededor, y grité su nombre mientras el placer me destrozaba. Rafael gruñó, se hundió hasta el fondo y se derramó dentro de mí, caliente y abundante, marcándome como suya.
Se quedó unos segundos dentro, respirando agitado contra mi cuello, besando mi piel con una ternura que contrastaba con la brutalidad de antes. Luego se retiró, se arregló la ropa y me miró con una expresión que me desarmó: ya no era solo deseo, era algo mucho más profundo.
Quitó un mechón de cabello de mi rostro y besó mi frente con devoción.
—Te amo —susurró—. Y lo haré aunque me odies después.
—¿Qué me hiciste? —pregunté con la voz rota, temblando. Me sentía una cualquiera, pues mi cuerpo estaba destinado para mi futuro esposo. Ahora, conservaba en mi interior el semen de otro hombre, y ese hombre era su propio hermano.
¡Que despreciable era!
Él sonrió con esa sonrisa traviesa y peligrosa.
—Él nunca va a amarte como yo te amo, Valeria. Y aunque tú lo elegiste a él, siempre estaré en tu corazón y en tu memoria, te lo juro.
—Él… va a sacar a mi padre del problema en el que tú lo metiste. Eres un maf…
—Sí. Un maldito mafioso. Lo sé. Pero yo no fui quien involucro a tu padre en todo esto. Tú, solamente lo elegiste a él.
Su expresión se oscureció. Mi corazón latía desbocado, lleno de culpa, placer y terror. Justo en ese momento, dos golpes suaves sonaron en la puerta.
—¿Valeria? —llamó la asistente de mi prometido—. ¿Estás ahí? Ya debes salir. El novio está esperando.
Me quedé congelada en el tocador, con el vestido arrugado, mientras que el semen de Rafael resbalaba por mis muslos y mi corazón latía salvajemente por el hombre equivocado…
Sin embargo caminaba hacia un matrimonio que ya estaba condenado desde antes de comenzar.
