Capítulo 2 CAPÍTULO 2 EL MATRIMONIO
Cinco minutos.
Solo cinco minutos más y me convertiría en la esposa de un hombre al que no amaba, mientras el semen de su hermano aún resbalaba caliente entre mis muslos.
Abrí la puerta solo un poco evitando que la mujer pudiera ver hacia dentro.
—Ya bajo en cinco minutos —le dije a la asistente, forzando una sonrisa que me supo a cenizas.
Ella me miró con una expresión de ternura y desconfianza, extendiéndome el ramo de novia. Mis manos temblaban tanto que las flores parecían vibrar entre mis dedos.
—¿Todo bien, señorita Valeria?
Asentí sin mirarla a los ojos. No podía. Porque si lo hacía, temía que viera la verdad escrita en mi rostro: que acababa de ser follada salvajemente por el hombre equivocado, minutos antes de caminar al altar.
—Todo perfecto —mentí, con la voz más serena que pude reunir—. Solo… son los nervios del matrimonio.
La asistente se retiró. En cuanto la puerta se cerró, el silencio cayó sobre la suite como una losa.
Rafael seguía allí, apoyado contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados y la camisa aún arrugada por mis manos desesperadas. Su mirada era oscura, posesiva, llena de un amor peligroso.
—Si te limpias —murmuró con voz baja y amenazante—, te juro que bajo ahora mismo al salón y les cuento a todos lo que acaba de pasar aquí.
Lo miré, y el aire se me atoró en el pecho. Sentía su esencia tibia deslizándose por mi piel, marcándome por dentro y por fuera. La vergüenza y el deseo se mezclaban en un nudo asfixiante. Quería odiarlo. Quería correr al baño y borrar cada rastro de él… pero una parte traicionera de mí no quería perder esa sensación de haber sido suya, aunque solo fuera por unos minutos robados.
Respiré profundamente, me acomodé el velo con dedos temblorosos y bajé el vestido arrugado. Cada paso hacia la salida era una tortura. El pecado pesaba en mi cuerpo, en mi alma, y sobre todo entre mis piernas.
Caminé por los pasillos del Four Seasons como una condenada rumbo al patíbulo. Cada latido de mi corazón repetía su nombre: “Rafael. Rafael. Rafael.”
El salón principal era un espectáculo de lujo y falsedad. Rosas blancas caían en cascadas desde el techo, candelabros de cristal que brillaban como diamantes, mesas impecables y un aroma a opulencia que me revolvió el estómago. Todo perfecto.
Alexander Voss me esperaba al final de la escalinata, imponente y frío como una estatua. El hombre que había prometido sacar a mi padre de la cárcel a cambio de mi mano.
Cuando me vio, curvó los labios en una sonrisa apenas con la comisura de los labios.
—Llegas tarde —susurró, colocando una mano posesiva en mi cintura. Su toque me heló la piel. Ni siquiera se sentía cálido, ni un poco como la mano de su hermano.
Mi padre, a su lado, me observaba con lágrimas de emoción, convencido de que este matrimonio era su salvación. Para él, yo no era una hija sacrificada, sino la heroína que había conseguido su libertad.
El juez comenzó la ceremonia. El mundo se volvió un rumor lejano.
—¿Valeria Montenegro, aceptas a Alexander Voss como tu esposo?
En mi mente no existía Alexander. Solo existía Rafael. Sus manos fuertes sujetándome, su voz ronca susurrando “te amo” mientras me penetraba hasta el fondo, su semen aún dentro de mí mientras yo pronunciaba los votos más grandes de mi vida.
Tragué saliva, luchando contra las lágrimas.
—Sí… acepto —susurré, y cada palabra se sintió como una traición a mi propio corazón.
Alexander aceptó también, con voz firme y satisfecha. El político había conseguido lo que quería: una esposa bonita que completara su imagen pública.
El beso fue un trámite frío. Sus labios se posaron sobre los míos sin pasión, sin fuego, sin alma. Un beso para las cámaras. Un beso que sellaba mi destino.
Los aplausos estallaron a nuestro alrededor. Flashes cegadores. Sonrisas falsas.
Y yo, convertida oficialmente en la señora Voss, solo podía sentir el rastro caliente de Rafael entre mis piernas y el peso aplastante de haber vendido mi alma al hombre equivocado.
Había salvado a mi padre.
Pero en ese preciso instante, supe que me había perdido a mí misma para siempre.
