Capítulo 3 CAPÍTULO 3: Tres años atrás
Tres años. El tiempo que había transcurrido desde que mi mundo se rompió en pedazos, desde que el destino me arrancó de los brazos del único hombre que me había hecho sentir viva….
Flashback
Valeria Montenegro caminaba por los jardines de la universidad con los libros apretados contra el pecho. Faltaban solo unas semanas para graduarse en Administración, y el futuro se sentía como un lienzo en blanco. O al menos eso creía ella.
Un auto oscuro, elegante y desafiante, aparcó frente al jardín principal. El motor se apagó con un ronroneo grave. La puerta del conductor se abrió y de él descendió un hombre que parecía sacado de una fantasía peligrosa. Alto, de hombros anchos, traje negro impecable que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel. Su cabello oscuro estaba ligeramente revuelto, y una sombra de barba acentuaba la línea fuerte de su mandíbula. Rafael Voss.
Buscaba a uno de sus amigos, Eder. Marcó en su teléfono con el ceño ligeramente fruncido, pero sus ojos color miel, intensos y penetrantes, se desviaron de inmediato. Se posaron en ella. Fue un flechazo. Un reconocimiento visceral, como si el universo entero hubiera conspirado para ese preciso momento.
—Valeria, mira —susurró Antonia, su mejor amiga, dándole un codazo—. Ese hombre no te quita los ojos de encima. ¡Dios santo, qué espécimen!
Valeria sintió que el calor subía por sus mejillas. Giró la cabeza y sus miradas se encontraron. El corazón le dio un vuelco traicionero.
—Tiene pinta de delincuente —murmuró ella, intentando sonar indiferente, aunque su voz tembló ligeramente. Se sonrojó aún más al darse cuenta de que no podía apartar la vista.
Antonia soltó una risa baja.
—Pero qué delincuente tan varonil, cielito. Ese hombre parece capaz de pecar y hacerte rogar por más.
Rafael guardó el teléfono y se acercó con pasos seguros, arrogantes, sabiendo exactamente el efecto que causaba. Arqueó una ceja oscura, y una sonrisa peligrosa y encantadora curvó sus labios.
—Disculpen, señoritas —dijo con esa voz grave, ronca, que parecía acariciar el aire—. ¿Conocen a Eder Martens? Tenía que reunirme con él aquí.
Ambas negaron con la cabeza. Valeria apenas pudo articular palabra. Sentía la mirada de él recorriéndola, deteniéndose en sus labios, en el pulso acelerado de su cuello. Y Rafael… él tampoco podía disimular. Aquellos ojos miel ardían con una intensidad que la desnudaba sin tocarla.
Desde ese día, todo cambió.
Rafael la cortejó como solo un hombre como él podía hacerlo. Flores entregadas en mano al salir de clases, mensajes a medianoche que la hacían sonreír en la oscuridad de su habitación, cenas en restaurantes discretos donde hablaba de sus negocios con una pasión contenida, sin revelar demasiado. Paseos por la ciudad, besos robados bajo la lluvia, noches en las que sus manos exploraban su cuerpo con una reverencia que contrastaba con la urgencia de su deseo.
—Eres diferente a todas, Valeria —le susurró una noche, mientras la besaba contra la puerta de su apartamento—. Me vuelves loco. Quiero protegerte de todo este mundo oscuro en el que vivo.
Ella se enamoró. Profunda, irrevocablemente. Rafael era fuego, peligro y ternura al mismo tiempo. Le hacía sentir que el mundo podía ser conquistado.
Pero en la oficina de su padre, las sombras se cernían.
Alexander Voss, el hermano mayor de Rafael, el político ambicioso y frío, estaba sentado frente al escritorio del señor Montenegro. Su sonrisa era calculadora, sus ojos azules como hielo.
—Lanzaré mi campaña presidencial en las próximas elecciones —anunció Alexander con voz autoritaria—. Necesito una esposa. Una primera dama perfecta. Joven, hermosa, de buena familia. Alguien que complete mi imagen de hombre de familia.
El padre de Valeria arqueó una ceja, incómodo.
—¿Y en qué puedo ayudarle yo, señor Voss?
Alexander sacó una carpeta gruesa y la deslizó sobre la mesa. Documentos. Pruebas. Acusaciones devastadoras: testaferro en operaciones de lavado de dinero, evasión fiscal millonaria, nexos con redes de corrupción que involucraban contratos públicos fraudulentos. Delitos suficientes para hundirlo de por vida.
—Sé que tiene una hija —continuó Alexander, imperturbable—. La he estudiado. Valeria Montenegro. Perfecta. Educada, bella, con un apellido respetable. Sería la primera dama ideal. A cambio, estos documentos… desaparecen. Su libertad a cambio de su mano.
El padre palideció. Quiso negarse, gritar, golpear la mesa. Pero el peso de la evidencia lo aplastó. Esa noche llegó a casa destruido.
Valeria estaba en la sala, esperando noticias de Rafael para su próxima cita. Su padre la miró con lágrimas en los ojos.
—Debes aceptar, hija. Es un contrato. Alexander Voss te quiere como esposa. Si no… iré a la cárcel. Y tu madre… está enferma en el sanatorio. Sin mí, nadie pagará los tratamientos. Nadie cuidará de ella. Morirá sola.
Valeria sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Las lágrimas brotaron sin control.
—¡No! Papá, por favor… Yo amo a Rafael. No puedo dejarlo. No puedo casarme con un extraño por esto. ¡Es injusto!
Su padre la tomó de los hombros, con la voz rota por el dolor y la desesperación.
—Es la única forma de salvarnos a todos. A mí. A tu madre. A ti. Desaparece de su radar, Valeria. No contestes sus llamadas. No lo busques. Es por tu bien. Por nuestra familia.
Ella lloró durante horas, acurrucada en su cama, con el corazón hecho trizas. Rafael la llamó esa noche. Y la siguiente. Hubo decenas de mensajes desesperados: “¿Dónde estás, amor? ¿Qué pasa?”
Pero ella no respondió. Desapareció. Cortó todo contacto con el hombre que le había robado el alma, obligada por el peso de un sacrificio que la condenaría para siempre.
Tres años después, el fantasma de ese amor seguía latiendo en cada mirada prohibida, en cada roce robado, en cada gemido que escapaba de sus labios cuando Rafael la tocaba.
Porque aunque el destino la había entregado a Alexander, su corazón… su cuerpo… siempre pertenecerían a Rafael Voss.
