Capítulo 4 CAPÍTULO 4 Entre dos mundos
Presente
El vals apenas terminó y ya sentía que me ahogaba.
Me aparté de la pista de baile con el corazón latiendo en la garganta, huyendo de la fría mano de Alexander y de las miradas curiosas de los invitados que no imaginaban el infierno que ardía dentro de mí. Necesitaba aire. Necesitaba olvidar que acababa de prometerle lealtad a un hombre mientras el cuerpo de otro aún latía entre mis piernas.
Caminé hacia la barra con pasos temblorosos, apoyando las manos sobre el mármol frío como si fuera lo único que podía sostenerme. Entonces lo sentí.
Primero fue un calor familiar que subió por mi espalda, lento, intenso, envolviéndome sin tocarme. Después llegó su olor: ese aroma oscuro, amaderado, pecaminoso, que aún estaba impregnado en mi piel, en mi cuello, entre mis muslos, marcándome como suya. Mi cuerpo entero se erizó. Mi alma lo reconoció antes que mis ojos.
Rafael. ¡Siempre Rafael!
Mi pecho se contrajo con tanta fuerza que creí que me rompería. Cerré los ojos un segundo, intentando recuperar el aliento, fingiendo que solo buscaba un vaso de agua cuando en realidad estaba luchando por no derrumbarme allí mismo.
—No deberías estar aquí —susurré sin girarme, con la voz rota.
—Tampoco tú deberías haber dicho “acepto” —respondió él, tan cerca que su aliento cálido rozó mi nuca, enviando descargas de deseo y culpa por todo mi cuerpo.
Tragué saliva, luchando contra las lágrimas que amenazaban con traicionarme, y me obligué a darme la vuelta.
Allí estaba.
Alto, imponente, devastadoramente hermoso. La camisa aún llevaba las arrugas de mis manos desesperadas de horas antes. El cuello abierto revelaba ese tatuaje que serpenteaba por su piel, esa marca que deseaba recorrer con mis dedos, con mis labios, con mi lengua. Sus ojos color miel me atraparon, llenos de un dolor tan profundo, tan crudo, que sentí que me desgarraba por dentro. Me miraba como si yo fuera su paraíso y su condena al mismo tiempo.
—Déjame en paz… —supliqué, aunque mi voz sonó más como una rendición que como una orden.
Rafael dio un paso más, acortando la distancia hasta que el calor de su cuerpo envolvió el mío sin llegar a tocarlo.
—No puedo —confesó con la voz quebrada, cargada de rabia, amor y desesperación—. No después de haberte sentido temblar debajo de mí. Y escuchar tus gemidos mientras te hacía mía.
Un gemido ahogado escapó de mis labios. El recuerdo me golpeó con brutalidad: sus embestidas profundas, su boca devorándome, su semen caliente llenándome mientras yo gritaba de placer prohibido. Mis piernas flaquearon. Mi vientre se contrajo con un deseo traicionero.
—Te casaste con mi hermano —murmuró, y cada palabra pareció arrancada de su alma. —Y te juro que estoy a punto de matarlo, aquí, delante de todos, explotarle su maldita cabeza por haberse quedado con mi mujer.
Lo que dijo me causó escalofríos. Rafael, realmente era oscuro, era dominante, y asesino… mafioso… aunque lo negara, sabía que él había llevado a mi padre a cometer esos delitos.
—Lo hice para salvar a mi padre… —respondí, aunque sabía que esa verdad ya no importaba.
—Para destruirme —susurró él, acercándose tanto que podía sentir el latido de su corazón—. Porque tú sabes lo que dejamos en esa habitación, Valeria. Sabes que aún me llevas dentro de ti.
Las lágrimas rodaron por mis mejillas sin permiso. Mi cuerpo entero temblaba, dividido entre el deseo ardiente y la culpa que me consumía.
—Rafael… por favor… —supliqué, con la voz rota.
—No digas mi nombre así —pidió él, y su tono desgarrado me partió el alma en dos—. Me estás matando, amor mío.
Nuestras miradas se quedaron atrapadas. Sus labios tan cerca de los míos. El mundo desapareció. Solo existíamos nosotros dos, al borde de cometer el mismo pecado otra vez.
Y entonces una mano fría, posesiva, se cerró alrededor de mi cintura como un grillete.
Alexander.
Mi cuerpo se tensó violentamente, como si me hubieran arrancado de un sueño para lanzarme al abismo. Su agarre era firme, calculador, una clara advertencia.
—¿Todo bien, cariño? —preguntó con esa sonrisa perfecta y vacía que nunca alcanzaba sus ojos.
Rafael se irguió al instante, su expresión se transformó en puro acero. La tensión entre los dos hermanos era tan densa, tan peligrosa, que el aire parecía a punto de incendiarse.
—Perfectamente —respondí, aunque mi voz apenas era un hilo frágil.
Alexander me atrajo con más fuerza contra su cuerpo, marcando territorio.
—La suite nupcial está lista —anunció, pero sus ojos azules se clavaron en Rafael con desafío—. Es hora de que mi esposa cumpla con sus deberes.
Rafael dio un paso adelante, con los puños apretados, su mirada ardía.
—No la lastimes —advirtió con voz baja y letal, que me erizó cada centímetro de la piel. —Si llegas a causarle un minuto de dolor, te juro que te arranco el cuello.
Alexander sonrió con sarcasmo.
—Ella es mi esposa ahora —respondió con frialdad—. Y yo decido qué hacer con lo que es mío.
Mi corazón golpeaba con tanta fuerza que dolía. Estaba atrapada entre ellos: entre el fuego salvaje y prohibido de Rafael, y el hielo calculador y posesivo de Alexander. Dos hombres poderosos. Dos obsesiones peligrosas. Dos mundos que amenazaban con destruirme.
Y arriba, la noche de bodas me esperaba como una sentencia. Una noche en la que ninguno de los dos parecía dispuesto a perderme.
