Capítulo 6 CAPÍTULO 6 La Obsesión

Apenas Rafael cerró la puerta del auto con un golpe seco, el conductor arrancó sin una palabra, el vidrio separador se oscureció ante mis ojos, dejándonos en un espacio privado que nos separaba de aquel hombre musculoso que manejaba el gran Audi de mi secuestrador. Mis manos, frías como hielo, se aferraban al borde del vestido, arrugándolo sin piedad.

Rafael se giró hacia mí, su presencia llenó mi espacio como una tormenta inminente. Tomó mi rostro con una mano, sus dedos ásperos pero cálidos envolvieron mi mentón, obligándome a mirarlo. Sus ojos color miel ardían con una intensidad que me aterrorizaba y excitaba a partes iguales.

—No me hagas daño, Rafael, te lo pido —susurré, con voz quebrada, un hilo de súplica que se perdía en el rugido bajo del motor.

Él no respondió con palabras. En cambio, me atrajo con una furia loca, sus labios chocaron contra los míos en un beso que era puro incendio. Su lengua irrumpió en mi boca, invasora, exigente, explorando cada rincón con una pasión que me dejó sin aliento. La saboreó profunda, enredándose con la mía en un baile salvaje, húmedo, donde el sabor de su deseo —salado, urgente— se mezclaba con el mío.

Jadeé contra él, dejando escapar un sonido ahogado que vibró en mi pecho, mientras intentaba apartarme, mis palmas presionaban su torso ancho. Pero era inútil. Mi cuerpo, traidor como siempre, se rendía: un calor líquido se acumulaba entre mis muslos, humedeciéndome de una forma que me avergonzaba y encendía al mismo tiempo.

Emocionalmente, era un torbellino. Odiaba esta química sexual que nos unía como un imán irresistible, un lazo que me hacía sentir viva por primera vez en meses, pero también prisionera. Con Alexander, todo era deber, frialdad calculada; con Rafael, era fuego puro, un deseo que me consumía desde adentro, borrando el miedo al embarazo, al escándalo, a la ruina.

Me hacía sentir deseada, no poseída por conveniencia. Y eso me aterrorizaba, porque cada roce suyo avivaba una llama que no podía apagar, un anhelo que me hacía cuestionar todo: mi matrimonio falso, mi lealtad fingida, el futuro que había vendido por salvar a mi padre.

Rafael lo sintió. Su nariz rozó mi cuello, inhalando profundo, y un gruñido bajo escapó de su garganta.

—Hueles a mí —murmuró contra mi piel —. A nosotros. Estás empapada, Valeria, estas empapada y necesitas de mí.

—¡NO! —grité llamando la atención del chofer y casi frena de golpe. —No Rafael, no estoy empapada por ti. —mentí, consumida completamente por el miedo. —Quiero que me dejes ir en este momento.

La expresión de Rafael cambió de inmediato, y se apartó unos centímetros de mi. Sus ojos miel se oscurecieron y su entrecejo se frunció tanto que parecía haber envejecido.

—¿Por qué mierdas eres tan obstinada Valeria?

—¿Obstinada? El obstinado eres tú que te apareciste de repente otra vez, lo haces cuando quieres, cuando se te da la gana. Necesito que me dejes seguir con mi vida y con mi matrimonio. —traté de sonar firme, pero mi voz temblaba apenas. Sabía la magnitud del secreto que cargaba en mi pecho, que si él sabía de este embarazo, todo podría ser un caos.

—Dime ¿ese maldito infeliz ya liberó a tu padre de todos sus problemas legales? Ha pasado mucho tiempo, y él sigue con una investigación en su contra.

El cambio de tema me hizo estremecer.

—Supongo que ya lo hizo, pero a ti que te importa, si tú fuiste quien orquestó todo. ¡lo engañaste! Engañaste a mi padre, por eso lo buscan ahora, no solamente la maldita policía, tambien los mafiosos que andan contigo.

Rafael deslizó su mano por su cabello y me miró fijamente a los ojos.

—Necesitamos aclarar ese tema, no fui yo quien hizo que tu padre tomara esas decisiones, entiéndelo Valeria.

—Explícamelo entonces. —le pedí, y en ese preciso momento, sonó mi telefono, insistente, controlador. Alexander.

Las manos me temblaron, Rafael se quedó viendome, y señaló el telefono con desdén.

—Contéstale, quiero ver cómo es que le hablas a tu marido. —apretó los dientes y yo deslice el botón.

—¿Hola?

—Mi amor, ¿ya vienes en camino? Tenemos una cena con un diputado y mi primera dama debe estar presente.

¿Mi amor? ¿Mi primera dama? Él jamás me trataba así.

Rafael se tensó, se acercó a mí, me tomó del rostro y apretó mi mandíbula con su mano, me besó con furia, mientras rozaba su miembro contra mis piernas, y me hacía estremecer.

—Escúchame Valeria. —me dijo contra mi boca. —Voy a volver por ti, voy a resolver todos mis asuntos pendientes, y regresaré por ti, te arrancare de los brazos de ese maldito político corrupto, y cuando eso suceda, no podrás negarte.

Me soltó la mejilla, y ordenó a su chofer que parara, luego, con frialdad me ordenó a mi que me bajara del auto, en medio de la autopista, con sus labios marcados sobre los míos y la vulva palpitando a flor de piel.


Al llegar a casa, me acerque al despacho, escuche dos voces, una era de Alexander, apenas se reía. Me quede escuchando un poco al lado de la puerta…

—Mi querido doctor Dumar, inmediatamente entregue a Rafael, podremos hacer negocios sin ningun tipo de interrupciones, usted y yo nos quedaremos con todo el poder.

Di dos pasos atrás, ¿entregar a Rafael a dónde? ¿A que poder se refería mi marido? Un escalofrío me recorrió la piel.

—Señorita, ¿Cómo le fue en el doctor?

Greicy me hizo saltar.

—Me asustaste. —le dije llevándome una mano al pecho. —me fue bien.

—Señora, le recomiendo que no escuche detrás de las puertas, al señor no le gustaría enterarse que usted escucha sus conversaciones.

Asentí con la cabeza y di dos golpes en la puerta. No deje de pensar ni un solo segundo, preguntándome que carajos tenía que ver Rafael con los negocios de Alexander, si es que ellos dos, eran dos polos completamente opuestos.

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