Capítulo 7 Sin tiempo
El sonido de mis propios pasos me pareció ensordecedor cuando me alejé de la puerta del despacho. Las palabras de Alexander y del doctor Dumar aún flotaban en el aire, como un gas invisible que amenazaba con asfixiarme.
Entregar a Rafael. Esas tres palabras se repetían en mi mente con el ritmo constante y macabro de una sentencia de muerte.
Greicy me observaba con una mezcla de lástima y advertencia en los ojos, recordándome que las paredes de esa mansión tenían oídos y que mi esposo no toleraba los cabos sueltos.
Asentí rígidamente, tratando de recomponer una máscara de serenidad que amenazaba con romperse en mil pedazos.
Me fuí a mi habitación para arreglarme porque tenía una cena con Alexander más tarde. Tratar de camuflar mi malestar por el embarazo y por las mentiras que rondaban en la casa era una tarea muy difícil, pero necesaria si quería seguir siendo la esposa de este hombre y de ese modo mantener el contrato.
Luego de maquillarme y ponerme aún más bella de lo que estaba, baje al comedor, que estaba iluminado por un candelabro de cristal que arrojaba destellos fríos sobre la mesa de mármol, dándome un reflejo exacto del hombre que se sentaba frente a mí.
—Mujer, tienes que ser más puntual con las reuniones que se te asignan, recuerda que tu buen comportamiento habla muy bien sobre mis decisiones que tomo, así que no me hagas quedar mal. —Me dice Alexander que cortaba la carne con mucha elegancia.
—Yo lo entiendo...solo que esta vez quería verme fabulosa para tí. — Le digo a Alexander con un tono frágil, aunque por dentro me sentía como una tonta.
—Es lo mínimo que tendrías que hacer...así que no me hagas perder el tiempo —. Me dice Alexander con agresividad.
Alexander cortaba la carne con una precisión quirúrgica, sin que un solo rasgo de su rostro delatara la conspiración que acababa de pactar a unos pocos metros de allí. Luego comenzó a hablar sobre las encuestas presidenciales, los discursos de campaña y la necesidad imperiosa de proyectar la imagen de una familia perfecta y bendecida.
Yo mientras tanto, me sentía mal e incómoda. No quería saber nada.
—Estás muy silenciosa esta noche, Valeria —comentó de pronto, clavando sus ojos azules en los míos—. ¿Cómo te fue con el médico? Greicy me mencionó que no te has sentido bien.
El corazón me dio un vuelco salvaje, pero me obligué a sostenerle la mirada. La sola idea de que descubriera el embarazo en este momento, cuando ni siquiera yo sabía si el niño era de él o del hermano que planeaba destruir, me provocaba un terror paralizante.
—Solo es un bajón de presión debido al estrés acumulado por la boda y los compromisos —mentí, forzando una sonrisa que me quemó los labios—. El doctor dijo que solo necesito descansar un poco.
Alexander asintió, aparentemente conforme, y extendió su mano sobre la mesa para tomar la mía. Su tacto era frío, era el agarre de un dueño asegurando su propiedad.
Recorrió el dorso de mis dedos con el pulgar, y sentí un deseo de apartarme, una náusea psicológica que me revolvió las entrañas al recordar cómo esa misma mano firmaba contratos políticos mientras planeaba la caída de Rafael.
Cada segundo a su lado se sentía como una traición a mí misma, pero sabía que debía resistir.
La cena terminó y él me dijo que debía hablar con unos diligentes, así que yo no debía esperarlo en la cama. Pero yo al escuchar eso, entendí que era mi oportunidad para avisarle a Rafael sobre el plan para destruirlo.
En cuanto la mansión quedó en relativo silencio, el pánico se transformó en una adrenalina pura y desesperada. No podía quedarme de brazos cruzados esperando a que Alexander y Dumar ejecutaran a Rafael.
Subí a mi habitación con las piernas temblando, me cambié el vestido por ropa más discreta y tomé mi teléfono. Sabía que llamar a Rafael directamente era un suicidio porque Alexander probablemente tenía mi línea intervenida. Mi única opción era Antonia.
Cerré los ojos, respirando profundamente para controlar el mareo que me asaltó de repente.
Marqué el número de mi amiga desde una aplicación encriptada que Rafael me había obligado a instalar tres años atrás, en los días en que aún intentaba protegerme de su mundo oscuro.
Cuando Antonia respondió, apenas pude articular las palabras debido al nudo de mi garganta. Le pedí que me encontrara a unas pocas calles de la mansión, lejos de la vista de los guardaespaldas que custodiaban la entrada principal.
Burlar la seguridad no fue fácil, pero utilicé la salida de servicio que daba a los jardines traseros, alegando ante uno de los empleados que quería caminar un poco para respirar aire fresco debido a mis náuseas.
Corrí por los callejones adoquinados de la zona residencial hasta que vi el auto de Antonia estacionado junto a un parque. Me deslicé en el asiento del copiloto, jadeando, con el rostro pálido y las manos sudorosas. Antonia me miró horrorizada, notando de inmediato el estado de histeria en el que me encontraba.
—Valeria, estás loca, ¿qué estás haciendo? Si Alexander se entera de que escapaste... —comenzó a decir, pero la interrumpí colocándole una mano temblorosa en el brazo.
—Tienen una trampa para Rafael, Antonia —sollocé, y las lágrimas que había contenido durante toda la noche finalmente rodaron por mis mejillas—. Alexander y un médico llamado Dumar van a entregarlo. No sé cuándo, no sé cómo, pero van a matarlo o a encerrarlo para quedarse con todo el poder. Tengo que ir a buscarlo. Tengo que advertirle.
Antonia intentó hacerme entrar en razón, recordándome el peligro que corría y el riesgo que corría el bebé, pero mi determinación era absoluta.
Mi amiga suspiró con resignación y aceleró el vehículo, conduciendo a través del tráfico de la ciudad hacia la zona industrial, el territorio controlado por la facción de la mafia que respondía ante el menor de los hermanos Voss.
Cada patrulla de policía que cruzábamos me parecía un enviado de Alexander, y cada auto negro detrás del nuestro me hacía pensar que nos estaban siguiendo. El dolor sordo en mi vientre bajo iba y venía, recordándome la vulnerabilidad de mi situación.
Cuando finalmente nos detuvimos frente a un enorme almacén de fachada oscura y música muy alta, supe que había cruzado la línea de no retorno. Le pedí a Antonia que regresara y que no se involucrara más, ya había hecho demasiado por mí.
