Capítulo 1 1

―Si usted es Dorian Serra, necesito advertirle que su hermana me prometió una habitación antes de contarle que existo.

El hombre frente a mí no respondió.

Miró mis tres maletas.

Luego la caja de pinturas.

Después el dragón de cartón de metro y medio que sobresalía del asiento trasero de mi coche.

Volvió a mirarme.

―No.

―También me alegra conocerte.

―No vas a vivir aquí.

―Eso complica bastante mi plan de no dormir dentro del automóvil.

Dorian cruzó los brazos.

Mala idea.

Llevaba una camiseta negra sencilla y tenía antebrazos que parecían diseñados específicamente para distraer a mujeres que necesitaban techo con urgencia.

Yo, por supuesto, era una profesional.

Miré su cara.

Mucho peor.

―Mi hermana no puede instalar desconocidos en mi casa.

―Técnicamente nos conocemos desde hace cuarenta y cinco segundos.

―Salomé.

―Excelente. Ya aprendiste mi nombre.

Su mandíbula se tensó.

Yo sujeté mejor la carpeta bajo el brazo.

No era la presentación que había imaginado, aunque mi semana tampoco estaba siguiendo una estructura particularmente elegante.

El martes, una tubería del apartamento superior había decidido convertir mi techo en catarata.

El miércoles, el propietario anunció que las reparaciones tardarían entre seis y ocho semanas.

El jueves, mi amiga Inés me dijo que conocía a alguien con una habitación libre.

El viernes, yo estaba plantada frente a una casa preciosa, discutiendo con un viudo desconocido que todavía no sabía que era viudo.

Eso último lo descubriría después.

Por ahora, solo sabía que Dorian Serra era irritantemente atractivo y claramente contrario a mi existencia.

―Inés me aseguró que habías aceptado ―dije.

―Inés es mi hermana.

―Eso explicaría el apellido.

―También explicaría por qué hizo esto sin preguntarme.

―Me enseñó mensajes.

―¿Qué mensajes?

Saqué el teléfono.

Busqué la conversación.

―Aquí. “Dorian necesita ayuda con Lía algunas tardes. Tú necesitas alojamiento. Tiene una habitación independiente. Es perfecto.”

―Eso no es una aceptación.

―Debajo escribiste “haz lo que quieras”.

Dorian cerró los ojos.

―Se lo dije respecto a una cena familiar.

―Tu hermana tiene creatividad contractual.

La puerta se abrió detrás de él.

Una niña de cabello oscuro apareció con un calcetín puesto y otro en la mano.

―¿Quién es?

Dorian giró.

Su expresión cambió por completo.

La dureza desapareció.

―Lía, vuelve adentro. Hace calor.

La niña me observó.

Después observó el dragón.

―¿Eso es tuyo?

―Temporalmente.

―¿Cómo se llama?

―Gerardo.

Dorian me miró.

―¿Tu dragón se llama Gerardo?

―No todos pueden llamarse Fuego Sangriento.

Lía salió al porche.

―Me gusta Gerardo.

―Tiene buen criterio.

―¿Vas a vivir aquí?

―Eso estamos negociando.

Lía miró a su padre.

―Di que sí.

―No funciona así.

―Inés dijo que necesitabas ayuda.

Dorian respiró despacio.

―Inés habla demasiado.

―También dijo que Salomé dibuja monstruos.

―Criaturas fantásticas ―corregí.

―¿Con dientes?

―Muchísimos.

Lía sonrió.

―Entonces puede quedarse.

Dorian me miró como si yo hubiera sobornado a la juez principal.

―Cinco minutos ―dijo―. Entramos, llamo a mi hermana y aclaramos esto.

―Acepto la audiencia.

Tomé una maleta.

Él agarró las otras dos antes de que pudiera protestar.

―No hace falta.

―Lo sé.

―Entonces...

―Están pesadas.

―Tengo libros.

―¿De plomo?

―De arte.

Entramos.

La casa tenía ventanas enormes, paredes claras y fotografías arquitectónicas enmarcadas. Había algo preciso en cada objeto, como si alguien hubiera pensado dónde debía respirar cada silla.

Yo llegué con Gerardo.

Era un acto de vandalismo visual.

Lía caminó a mi lado.

―Papá fotografía casas.

―Eso explica por qué esta parece esperar una revista.

―No le gusta que muevan cosas.

―Información útil.

Dorian dejó mis maletas junto a la escalera.

―Voy a llamar a Inés.

―Puedes gritarle de mi parte solo después de confirmar que no tengo dónde ir.

―No voy a gritar.

Su teléfono ya estaba en su mano.

―Qué decepción.

Se alejó hacia la cocina.

Lía señaló mi caja.

―¿Puedes dibujar un unicornio zombi?

―Puedo dibujar cualquier cosa si aceptas las consecuencias.

―¿Qué consecuencias?

―Que quizá quede precioso.

La niña me tomó de la muñeca y me llevó hacia una mesa.

―Aquí.

―Lía ―llamó Dorian.

―Estoy ocupada.

Escuché un resoplido masculino.

Me senté.

Lía me pasó una hoja.

Mientras dibujaba, oí fragmentos de la llamada.

―No, Inés.

Pausa.

―Eso no significa que puedas decidir por mí.

Otra pausa.

―Tengo trabajo.

Otra.

―No estoy diciendo que ella sea el problema.

Miré hacia la cocina.

Dorian estaba de espaldas.

La camiseta se ajustaba demasiado bien entre sus hombros.

Desvié la vista.

Criaturas fantásticas.

Concentración.

Profesionalismo.

―¿Te gusta mi papá?

El lápiz se me escapó.

―¿Qué?

Lía apoyó la barbilla en las manos.

―Lo estabas mirando.

―También miro edificios y no quiero casarme con ellos.

―Papá tampoco quiere casarse.

La frase sonó extrañamente adulta.

―Qué conveniente.

―Dice que una vez basta.

No supe qué responder.

Dorian regresó.

―Inés viene en veinte minutos.

―Y antes de que llegue, necesito entender qué te prometió exactamente.

―Habitación durante ocho semanas. Yo recojo a Lía del centro cultural tres tardes y me quedo con ella hasta que termines de trabajar.

―No necesito niñera.

―Perfecto, porque no soy niñera.

―Entonces estamos de acuerdo.

―Soy ilustradora. Este verano dirigiré el taller infantil del centro donde está Lía. Inés dijo que tus horarios se complicaron por un proyecto.

Dorian frunció el ceño.

―¿También te contó mi agenda?

―Tu hermana podría dirigir inteligencia nacional.

―Eso sí lo creo.

―Y, por cierto, no pretendo convertirme en una invasora doméstica. Tengo auriculares, sé cerrar puertas y puedo sobrevivir sin usar tu leche.

―Impresionante currículum.

―También cocino.

―Eso sí puede interesarme.

―Demasiado tarde. Acabas de rechazarme dos veces.

―Una.

―La segunda la vi en tu cara.

Esta vez sí sonrió.

Fue breve.

Y completamente inconveniente.

Por alguna razón, eso empeoró el problema de sus brazos, su voz y mi concentración.

―Perfecto.

―Mientras tanto puedes quedarte.

―Generoso.

Su mirada cayó sobre el dibujo.

―¿Qué es eso?

―Un unicornio zombi.

―Por supuesto.

Lía levantó la hoja orgullosa.

―Tiene intestinos de arcoíris.

Dorian me miró.

―Llevas doce minutos aquí.

―Soy eficiente.

Su boca hizo un movimiento sospechoso.

Casi sonrisa.

Interesante.

Lía salió corriendo para buscar colores.

Yo me levanté.

―Escucha, no quiero imponerte nada. Si esto no funciona, buscaré hotel.

―Ocho semanas de hotel son caras.

―Sí.

―¿Y tu apartamento?

―Inhabitable hasta que terminen reparaciones.

―¿Familia?

―Lejos.

―¿Pareja?

―Qué interrogatorio tan progresivo.

―Era una pregunta práctica.

―No tengo.

Sus ojos se quedaron en los míos un segundo más.

Demasiado.

―Bien ―dijo.

Bien.

¿Por qué sonó así?

Me giré hacia una estantería para esconder que aquello me había afectado.

Entonces vi la fotografía.

Una mujer de cabello corto sonreía a la cámara desde un mirador. Dorian estaba detrás de ella, abrazándola. Parecía más joven.

Feliz.

Muy feliz.

Lía estaba entre ambos, bebé todavía.

Se me heló el estómago.

Giré lentamente.

―Tu hermana olvidó mencionar algo importante.

Dorian siguió mi mirada.

―¿Qué cosa?

Señalé la foto.

―Que tienes esposa.

Su rostro cambió.

Toda la poca ligereza desapareció.

―Salomé...

―No pienso instalarme ocho semanas en casa de un hombre casado mientras su mujer está fuera. Eso no estaba en el acuerdo.

Tomé mi bolso.

Dorian no se movió.

―No está fuera.

―Entonces esto es peor.

―No.

―Dorian, hay una foto familiar en tu sala.

Él miró la imagen.

Cuando habló, su voz ya no tenía irritación.

Solo algo mucho más quieto.

―Mi esposa murió hace cinco años.

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