Capítulo 2 2
―Entonces no era una amante escondida.
Dorian me miró.
―No.
―Bien.
Silencio.
―Quiero decir, no bien que haya muerto. Bien que yo no esté a punto de convertirme en una delincuente sentimental.
No fue una sonrisa.
Pero casi.
―Eres muy buena arreglando frases.
―Es un talento que todavía no monetizo.
La mujer sonreía con una serenidad luminosa. Tenía una mano apoyada sobre el pecho de Dorian y la otra sujetaba a Lía, que apenas tendría un año.
De pronto la casa me pareció distinta.
No triste.
Solo llena de una historia que había empezado mucho antes de que yo llegara con tres maletas y un dragón llamado Gerardo.
―Lo siento ―dije.
Esta vez sin bromear.
Dorian asintió.
―Gracias.
Lía regresó corriendo con una caja de colores.
―¿Ya decidiste que se queda?
Dorian respiró.
―Todavía no.
―Pero mamá está muerta, así que no puede molestarse.
Me quedé inmóvil.
Dorian cerró los ojos.
―Lía.
―¿Qué?
―Hay cosas que no necesitas explicar así.
―Pero ella pensó que estabas casado.
Quise evaporarme.
―Tiene razón ―dije―. La culpa fue mía.
Lía se sentó.
―Mamá se llamaba Aurelia.
―Es un nombre precioso.
―Papá dice que yo tengo sus ojos.
Dorian la miró.
―Los tienes.
La niña sonrió y volvió al unicornio zombi.
No había dramatismo en su voz.
Solo normalidad.
Aquello me gustó.
Inés llegó quince minutos después hablando antes de cruzar la puerta.
―Antes de que me mates, escucha.
Dorian señaló mis maletas.
―¿Qué parte de “haz lo que quieras” entendiste como “instala una mujer en mi casa”?
Inés me miró.
―La parte donde necesitabas ayuda y no ibas a admitirlo.
Era rubia, rápida y tenía la misma mirada oscura de Dorian.
Me estrechó la mano.
―Salomé, perdón por mi hermano.
―Yo pensaba cobrarte por daños emocionales.
―Justo.
Dorian apoyó las manos en la cintura.
―No necesito ayuda.
Lía levantó un color.
―Ayer cenamos cereal.
Inés sonrió.
Yo tosí.
Dorian miró a su hija.
―Tú pediste cereal.
―Porque quemaste la pasta.
―La salsa.
―Todo olía feo.
Inés se volvió hacia mí.
―Caso cerrado.
―No acepté nada todavía.
Dorian caminó hacia la cocina.
―Ocho semanas es demasiado.
Lo seguí.
―Puedo quedarme cuatro.
―Tu apartamento tardará ocho.
―Puedo encontrar otra cosa.
―Y yo puedo hacerme cargo de Lía.
―Entonces hazlo.
Dorian se giró.
Quedamos demasiado cerca.
Yo casi choqué con su pecho.
Mala idea.
De cerca, la línea de su mandíbula era absurda.
Peor todavía, olía a café.
Había algo profundamente injusto en discutir con alguien que parecía diseñado para volver estúpida a la gente.
―No necesito que me salves ―dije.
―No estaba intentando salvarte.
―Perfecto.
―Solo digo que cuatro semanas no resuelven tu problema.
―Y ocho parecen resolver el tuyo.
Sus ojos bajaron un segundo.
A mi boca.
Tal vez imaginé aquello.
Ojalá.
―¿Cuál es exactamente mi problema? ―preguntó.
―Que trabajas demasiado, quemas pasta y tu hija acaba de contratarme sin autoridad legal.
La comisura de su boca se movió.
―Eso último sí es preocupante.
Inés apareció en la puerta.
―Salomé recoge a Lía tres tardes. Tú llegas antes de las siete. Ella usa la habitación del fondo. No pagará alquiler. Y todos sobreviven.
―¿Y si no funciona?
―Entonces lo terminan.
Yo levanté una mano.
―Eso me sirve.
Dorian me miró.
―¿Reglas?
―Me encantan.
―No tocar mi estudio.
―Bien.
―No publicar fotos de Lía.
―Nunca lo haría sin permiso.
Eso pareció gustarle.
―Si vas a llegar tarde, avisas.
―Si tú vas a llegar tarde, también.
―No soy quien necesita alojamiento.
―Y yo no soy empleada interna.
Inés sonrió.
―Qué bonito. Ya discuten como matrimonio.
Dorian y yo hablamos al mismo tiempo.
―No.
Inés soltó una carcajada.
―Ocho semanas serán divertidas.
Dorian la fulminó.
―Para ti.
Media hora después, mis maletas estaban oficialmente dentro.
La habitación era más grande que mi apartamento.
Tenía baño propio y una puerta al jardín.
―Esto es demasiado ―dije.
Dorian dejó una caja sobre la cama.
―La habitación estaba vacía.
―¿Era de alguien?
La pregunta escapó.
Él entendió inmediatamente.
―No.
Asentí.
―Bien.
―Puedes preguntar por Aurelia.
Lo miré.
―No tengo derecho.
―Vas a vivir aquí. Encontrarás fotografías.
―Entonces esperaré a que tú quieras hablar.
Algo pasó en su expresión.
Pequeño.
Casi imperceptible.
―Gracias.
Lía apareció abrazando a Gerardo.
―Va a dormir conmigo.
―No ―dijimos Dorian y yo.
La niña frunció el ceño.
―¿Por qué?
―Porque tiene pintura fresca ―expliqué.
Dorian miró el dragón.
―Porque mide más que tú.
―Eso no importa.
―Importa si cae sobre tu cabeza.
―Papá siempre piensa que las cosas van a caer.
―Es parte de ser padre.
Lía suspiró como una mujer agotada de cuarenta años.
―Qué aburrido.
Yo me reí.
Dorian me miró.
Otra vez ese casi gesto.
Después se fue.
Al anochecer, Inés ya se había marchado y yo había desempacado la mitad de mi vida.
Bajé buscando agua.
Encontré a Dorian cocinando.
O intentando.
Había una sartén en llamas.
―¿Eso forma parte del acuerdo?
Dorian apagó el fuego.
―No pasó nada.
―La cocina acaba de ver a Dios.
―Fue aceite.
―Fue una despedida.
Lía apareció con platos.
―Te dije que cocina mal.
―Traición ―dijo Dorian.
Abrí el refrigerador.
―¿Tienes huevos?
―Sí.
―Tomates.
―Sí.
―Queso.
―También.
―Apártate.
Dorian levantó una ceja.
―Esta es mi cocina.
―Y estás perdiendo contra ella.
Quince minutos después había tortillas, ensalada y pan caliente.
Lía comía feliz.
Dorian me observaba desde el otro lado de la mesa.
―¿Qué?
―Nada.
―Mientes mal.
―Solo intento entender cómo alguien que llegó con un dragón de cartón cocina así.
―Mi abuela decía que una persona debe saber alimentarse antes de enamorarse.
Silencio.
Demasiado largo.
―No te preocupes ―añadí―. No estoy intentando enamorar a nadie.
Los ojos de Dorian se encontraron con los míos.
―Mejor.
La respuesta me molestó más de lo razonable.
―Relájate. Ni siquiera eres mi tipo.
―¿Cuál es tu tipo?
―Hombres que sonríen.
Lía soltó una carcajada.
Dorian apoyó el tenedor.
―Sonrío.
―He visto eclipses más frecuentes.
―Llevas unas horas aquí.
―Y ya tengo datos.
―Peligrosa.
―Observadora.
Después de cenar, Lía quiso enseñarme su habitación.
Tenía estrellas pegadas al techo y libros por todas partes.
En la mesita había otra fotografía de Aurelia.
Esta vez estaba sin cabello.
Mucho más delgada.
Pero sonriendo.
Me quedé quieta.
Lía siguió mi mirada.
―Estaba enferma.
―Ya veo.
―Papá la conoció en un hospital.
Mi pecho se apretó.
―¿Sí?
―Dice que ella era muy ruidosa.
Desde la puerta llegó la voz de Dorian.
―No dije ruidosa.
Nos giramos.
Estaba apoyado en el marco.
―Dijiste que hablaba todo el tiempo ―protestó Lía.
―Eso es distinto.
―No mucho.
Yo sonreí.
Dorian entró y acomodó una manta sobre la cama.
La ternura de sus manos me desconcertó.
Después miró la fotografía.
―Era mi esposa.
No la mujer de una imagen.
No un recuerdo incómodo.
Su esposa.
Me levanté.
―Buenas noches, Lía.
La niña me abrazó sin aviso.
―Buenas noches.
Me quedé rígida un segundo.
Luego la abracé.
Al salir, Dorian me siguió hasta el pasillo.
―No tienes que hacer eso.
―¿Qué?
―Tratarla como si ya la conocieras.
Lo miré.
―No estaba actuando.
―Lía se encariña rápido.
Ahí estaba.
La advertencia.
―¿Y eso te preocupa?
―Sí.
―Solo son ocho semanas.
Dorian sostuvo mi mirada.
Su voz bajó.
―Exactamente. Por eso necesito que recuerdes que, cuando termine el verano, tú te vas.
