Capítulo 3 3

―No hace falta que me recuerdes cada diez minutos que voy a irme.

Dorian seguía frente a mí, en el pasillo, con esa expresión controlada que empezaba a irritarme más de lo razonable.

―No lo hice cada diez minutos.

―Perfecto. Entonces llevamos una excelente media de una vez por hora.

―Salomé.

―Dorian.

Nos quedamos mirándonos.

Lía apareció detrás de él con el unicornio zombi bajo el brazo.

―¿Están peleando?

―No ―dijimos al mismo tiempo.

La niña nos observó.

―Parece que sí.

―Estamos aclarando cosas ―dije.

―Los adultos dicen eso cuando pelean.

Dorian suspiró.

―A la cama.

―¿Y Salomé?

―También necesita dormir.

Lía me miró.

―¿Papá te regañó?

―Intentó.

―No funciona mucho.

Dorian cerró los ojos.

Yo mordí una sonrisa.

―Buenas noches, Lía.

La niña se fue arrastrando los pies.

Cuando desapareció, volví a mirarlo.

―Entiendo que quieras protegerla.

―Bien.

―No significa que tengas que tratarme como si estuviera planeando instalar mi apellido en el buzón.

Su mandíbula se tensó.

―No dije eso.

―Dijiste exactamente cuándo tengo que desaparecer.

―Dije lo que acordamos.

―Y yo recuerdo el acuerdo.

Silencio.

Dorian bajó la voz.

―No era personal.

―Eso lo hace todavía más encantador.

Entré en mi habitación y cerré la puerta antes de seguir discutiendo.

Dormí mal.

A las seis y veinte desperté con la sensación de haber olvidado algo importante.

Tardé tres segundos en recordar que estaba en casa de un viudo atractivo que había establecido mi fecha de caducidad antes de que yo terminara de desempacar.

Fantástico.

Me puse shorts, una camiseta vieja y bajé por café.

Encontré a Dorian en la cocina.

Sin camiseta.

Me detuve.

Él estaba de espaldas, buscando algo en un gabinete.

Había músculos.

Demasiados.

Y una cicatriz delgada cerca de las costillas.

Retrocedí.

La tabla del suelo crujió.

Dorian giró.

―Buenos días.

Mi cerebro abandonó el edificio.

―No.

Frunció el ceño.

―¿No qué?

―No puedes andar así.

Miró su pecho.

―¿Así cómo?

―Semidesnudo.

―Es mi casa.

―Precisamente. Necesitamos reglas nuevas.

La sonrisa apareció esta vez completa.

Peligrosa.

―Anoche decías que ya conocías el acuerdo.

―El acuerdo no menciona abdominales.

Dorian soltó una risa.

Maldito fuera.

Era peor cuando sonreía.

―¿Te incomodan?

―Me distraen.

La palabra salió antes de que pudiera detenerla.

Dorian arqueó una ceja.

―Qué honesta.

―Es temprano. Mi filtro todavía duerme.

Agarré una taza.

―Ponte algo.

―Estoy preparando café.

―Puedes hacerlo vestido.

―Lía todavía duerme.

―Yo no.

Él se apoyó en la encimera.

―Eso ya lo noté.

Su mirada bajó a mis piernas.

Un segundo.

Nada más.

Suficiente.

―¿Acabas de mirarme?

―Tú empezaste.

―Tengo derecho. Entré y había un torso inesperado.

―Yo entré en mi propia cocina.

―Detalles.

Dorian tomó una camiseta del respaldo de una silla y se la puso.

Inexplicablemente, aquello me decepcionó.

Me odié un poco.

―¿Contenta?

―Muchísimo.

―Mientes mal.

―Tú también.

Nos miramos otra vez.

El aire se volvió extraño.

No romántico.

Tampoco inocente.

Dorian rompió primero el contacto.

―Tengo una sesión a las nueve. Lía entra al centro a las diez.

―La llevo.

―No tienes que empezar hoy.

―El acuerdo empezó ayer.

―Después de que casi te echara.

―Me gusta cumplir contratos incluso con hombres antipáticos.

―Yo no soy antipático.

―Ayer dijiste “no” antes de preguntarme si quería agua.

―Traías un dragón gigante.

―Gerardo tiene sentimientos.

―Gerardo es cartón.

―No delante de Lía.

Dorian negó con la cabeza.

Preparé café.

―¿Azúcar?

―Negro.

―Claro.

―¿Qué significa eso?

―Nada. Combina con tu personalidad.

Dorian tomó la taza.

―¿Siempre hablas tanto por la mañana?

―Solo cuando estoy incómoda.

Su expresión cambió.

―¿Te incomodo?

Demasiado.

―A veces.

―¿Por lo de anoche?

―Entre otras cosas.

Se quedó quieto.

―No quería hacerte sentir indeseada aquí.

―Buena elección de palabra.

―Sabes a qué me refiero.

―Sí.

Dorian apoyó la taza.

―Lía se encariña rápido. Después de Aurelia, hubo personas que llegaron, prometieron quedarse cerca y desaparecieron.

Mi humor bajó de golpe.

―¿Familia?

―Amigos. Una niñera. Gente que decía que siempre estaría disponible.

―Y no estuvo.

―No.

Asentí.

―Eso sí lo entiendo.

―Por eso necesito límites.

―Perfecto. Pero pon límites conmigo, no por mí.

Su mirada se quedó en la mía.

―¿Cuál es la diferencia?

―Que puedes decirme qué necesitas. No puedes decidir qué voy a sentir o cómo voy a comportarme para evitarte problemas.

Dorian guardó silencio.

―Justo.

La respuesta me sorprendió.

―¿Eso fue una disculpa?

―No abuses.

―Voy a anotarlo.

Lía entró arrastrando una manta.

―Tengo hambre.

―Tu padre cocina fatal ―dije.

―Lo sé.

Dorian me miró.

―Dos contra uno.

―Democracia.

Desayunamos pan, fruta y huevos porque Dorian me prohibió acercarme a la sartén después de mi comentario.

A las diez llevé a Lía al centro cultural.

En cuanto entramos, mi jefa, Vera, apareció con una carpeta.

―Llegas con refuerzo.

―Mi nueva compañera de casa.

Lía sonrió.

―Papá dice que es temporal.

Cerré los ojos.

Vera levantó una ceja.

―¿Papá?

―Su padre.

―¿El fotógrafo?

―Sí.

―¿Dorian Serra?

―¿Por qué todo el mundo sabe quién es menos yo?

Vera sonrió.

―Porque fotografió la campaña del centro el año pasado.

Lía tiró de mi mano.

―También sale guapo en fotos.

―Lía.

―¿Qué?

Vera soltó una carcajada.

―Este verano va a ser interesante.

―No empieces.

Pasamos la mañana preparando materiales.

Lía dibujó una casa con cinco ventanas, un árbol torcido y tres personas.

Reconocí a Dorian.

A ella.

Y a una figura con cabello amarillo.

―¿Quién es?

―Mamá.

Mi pecho se apretó.

―Es bonita.

―Sí.

Añadió una cuarta figura.

Cabello oscuro.

Vestido rojo.

―¿Y esa?

―Tú.

Me quedé inmóvil.

―Lía, apenas me conoces.

―Pero vives ahí.

No supe qué decir.

A las cuatro, Dorian llegó antes de tiempo.

Traía la cámara colgada al hombro.

Lía corrió hacia él.

―Mira mi dibujo.

Dorian lo tomó.

Vi el instante exacto en que encontró mi figura.

Su expresión se cerró.

No dijo nada delante de ella.

―Está precioso.

Después levantó los ojos hacia mí.

―¿Podemos hablar?

―Claro.

Salimos al pasillo.

―No le pedí que me dibujara.

―Lo sé.

―Entonces no pongas esa cara.

―¿Qué cara?

―La de “esto es exactamente lo que temía”.

Dorian pasó una mano por su nuca.

―Salomé.

―No voy a pedirle que me borre.

―No te lo pediría.

―Bien.

―Pero esto confirma que se está encariñando.

―Es una niña. Hoy también declaró amor eterno a un marcador morado.

Dorian casi sonrió.

―No es lo mismo.

―No. Pero tampoco significa que esté buscando una nueva madre.

Su expresión se endureció.

―Nunca dije eso.

―Todavía.

El silencio cayó entre nosotros.

Dorian dio un paso.

―No quiero que pienses que te considero un problema.

―Entonces deja de hablarme como uno.

Estábamos demasiado cerca otra vez.

La cámara rozó mi brazo.

Su mirada bajó a mi boca.

Esta vez no fue imaginación.

Mi respiración cambió.

La de él también.

―Dorian.

―¿Qué?

―Estás mirando.

Sus ojos volvieron a los míos.

―Lo sé.

El corazón me golpeó una vez, fuerte.

Por un instante pensé en responder con una broma, pero tenía la boca seca y él seguía demasiado cerca. El pasillo estaba vacío. Nadie podía confundir aquello con convivencia práctica ni con simple cortesía.

―Eso no estaba en las reglas.

Dorian se inclinó apenas, suficiente para alterar todo.

―Tal vez necesitamos una nueva.

―¿Cuál?

Su voz salió baja.

―No provocar algo que ninguno de los dos piensa llevar más allá del verano.

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