Capítulo 4 4
―No voy a firmar una regla que suena como amenaza.
Dorian seguía frente a mí, demasiado cerca para alguien que acababa de proponer límites.
―No es una amenaza.
―“No provocar algo que ninguno piensa llevar más allá del verano” tiene energía de contrato redactado por un abogado triste.
Su boca se movió.
―No tengo abogado.
―Se nota.
Dorian miró hacia la puerta del aula donde Lía seguía dibujando.
―Solo intento evitar complicaciones.
―Curioso. La gente que intenta evitar complicaciones suele generarlas con excelente eficiencia.
―Salomé.
―¿Qué?
―No estoy buscando una relación.
―Yo tampoco.
―Bien.
―Pero si tienes que repetirlo cada vez que me miras la boca, quizá el problema no soy yo.
Silencio.
Uno breve.
Peligroso.
Dorian bajó la vista otra vez.
―Eso fue provocación.
―Eso fue observación.
―Peor.
Vera apareció al fondo del pasillo con una caja de témperas.
―¿Interrumpo algo?
―No ―dijimos al mismo tiempo.
Ella sonrió.
―Perfecto. Entonces puedo pedirle a Dorian que ayude a mover unas mesas.
Él cerró los ojos un segundo.
―Claro.
Yo disfruté demasiado verlo cargar muebles después de intentar ponerle fecha de caducidad a una tensión que apenas estaba empezando.
A las seis regresamos a casa.
Lía hablaba sin respirar sobre un dragón submarino que quería dibujar al día siguiente.
Dorian conducía.
Yo miraba por la ventana.
No pensaba en su boca.
Absolutamente no.
―¿Estás enfadada? ―preguntó.
―Estoy contemplando árboles.
―Llevas diez minutos contemplando el mismo retrovisor.
Maldición.
―Es un retrovisor interesante.
Lía intervino desde atrás.
―Salomé está enfadada.
―Gracias por el diagnóstico.
―Papá también.
―Excelente. Ya somos una familia funcional.
Dorian me miró.
No debí usar esa palabra.
Su expresión cambió apenas.
―Era una broma ―dije.
―Lo sé.
Pero el ambiente quedó torcido.
Cuando llegamos, Lía corrió a buscar a Gerardo.
Yo fui directo a mi habitación.
Necesitaba distancia.
Cinco minutos después alguien tocó.
―¿Sí?
Dorian abrió apenas.
―¿Puedo pasar?
―Depende. ¿Vienes con nuevas reglas?
―No.
―Entonces sí.
Entró.
Había cambiado la camiseta negra por una gris.
Qué considerado.
Mi concentración siguió igual de inútil.
―Lo de antes ―dijo―. No quería sonar...
―¿Hostil?
―Controlador.
―Peor.
―Lo sé.
Me senté en la cama.
―No necesitas disculparte por no querer una relación.
―No es eso.
―Dorian, literalmente dijiste que no piensas llevar nada más allá del verano.
―Porque tú te vas.
―Mi apartamento se repara. No estoy muriendo.
Se quedó quieto.
El error cayó entre nosotros.
Mi estómago se hundió.
―Perdón.
Dorian apartó la mirada.
―No tienes por qué saber qué palabras evitar.
―Aun así.
―Está bien.
No lo estaba.
Lo vi en su mandíbula.
―¿Quieres que cambie de tema?
―Sí.
―Perfecto. Tu hija quiere un dragón submarino con seis brazos y problemas de autoestima.
Dorian soltó aire por la nariz.
―Eso sí es culpa tuya.
―Estoy ampliando su mundo interior.
―Está bastante ampliado.
―Heredado, probablemente.
Su expresión se suavizó.
―De Aurelia.
No pregunté.
Esperé.
Él lo notó.
―Dibujaba fatal ―dijo.
―Eso no coincide con el aura de princesa perfecta de las fotos.
―No era perfecta.
―Bien.
―¿Por qué bien?
―Porque las personas perfectas son insoportables y además suelen estar mal escritas.
Dorian sonrió.
Esta vez sin resistencia.
―Aurelia cantaba horrible.
―Me cae mejor.
―Dejaba vasos por toda la casa.
―Excelente.
―Y una vez quiso arreglar una tubería con cinta adhesiva.
―Eso es liderazgo.
Él rio.
Fue la primera vez que lo escuché reír de verdad.
Algo en mí se aflojó.
―Gracias ―dijo.
―¿Por qué?
―Por no poner cara rara cuando hablo de ella.
―¿Qué cara debería poner?
―La mayoría se incomoda.
―La mayoría es tonta.
Nos quedamos mirándonos.
Otra vez.
Demasiado.
Yo bajé la vista primero.
―Deberíamos cenar.
―Sí.
―Y no incendiar nada.
―Una vez.
―Llevamos dos días.
―Cruel.
En la cocina descubrimos que Lía había decidido alimentar a Gerardo con galletas.
―No come ―dije.
―Tiene hambre ―insistió.
Dorian tomó una galleta del suelo.
―Gerardo no tiene estómago.
―Tú tampoco tienes imaginación.
―Eso dolió.
―Era la verdad.
Preparé pasta.
Dorian cortó verduras.
―Cortas cebolla como si te hubiera traicionado.
―Me irrita llorar por vegetales.
―Qué masculino.
―Qué prejuiciosa.
Lía levantó la mano.
―Yo quiero cortar.
―No ―dijimos ambos.
Ella suspiró.
―Siempre dicen lo mismo.
Cenamos sin incendios.
Después Lía pidió película.
Elegimos una animación sobre una princesa que rechazaba casarse.
―Esta sí me gusta ―dije.
Dorian se sentó al otro extremo del sofá.
Lía se instaló en medio.
Veinte minutos después, la niña dormía sobre mi hombro.
Dorian la miró.
Yo también.
―¿La llevo? ―susurré.
―Yo puedo.
Intentó levantarla.
Lía se aferró a mi camiseta.
―No.
Dorian se quedó quieto.
―Parece que votó.
―Tiene tendencias autoritarias.
―También heredadas.
La cargué con cuidado.
Dorian caminó delante hasta su habitación.
Cuando la acostamos, Lía abrió los ojos apenas.
―Salomé.
―¿Sí?
―No te vayas mañana.
Mi pecho se apretó.
―Mañana no.
―Promesa.
Miré a Dorian.
Él también estaba esperando.
―Promesa.
Lía cerró los ojos.
Salimos.
Dorian cerró la puerta.
―Eso es exactamente lo que me preocupa.
Me volví.
―¿Que le diga que estaré mañana?
―Que empiece a necesitar que estés.
―No puedo impedirle encariñarse.
―Puedes mantener cierta distancia.
La irritación regresó.
―¿Quieres que deje de cenar con ustedes?
―No dije eso.
―¿Que no vea películas?
―Salomé.
―¿Que no la abrace cuando ella me abraza?
Dorian pasó una mano por su rostro.
―No sé.
―Entonces averígualo antes de convertir cada gesto mío en peligro.
―Tienes razón.
La rapidez de la respuesta me frenó.
―Eso fue sospechosamente sensato.
―Estoy aprendiendo.
―Lento, pero algo es algo.
Él sonrió.
El pasillo estaba oscuro.
Solo entraba luz desde la sala.
Dorian dio un paso.
No hacia mí exactamente.
Lo suficiente.
―Hay otra cosa.
―¿Qué?
―Lo de antes.
―¿La regla ridícula?
―Sí.
―¿Qué pasa?
Su mirada bajó.
Otra vez.
Mi boca.
Esta vez no aparté la vista.
―No puedo prometer que no voy a provocarte sin querer ―dije.
―Ese no es el problema.
―¿Entonces?
Dorian se acercó un poco más.
Mi espalda tocó la pared.
No estaba atrapada.
Podía moverme.
No lo hice.
―El problema ―dijo― es que empiezo a sospechar que voy a saber perfectamente cuándo lo hagas a propósito.
Mi pulso saltó.
―¿Y qué harías?
Su mano se apoyó en la pared junto a mi cabeza.
No me tocó.
Peor.
―Nada.
―Cobarde.
Sus ojos se oscurecieron.
―Prudente.
―No es lo mismo.
―Para mí sí.
Me incliné apenas hacia él.
―Entonces demuestra que eres prudente.
Dorian respiró más lento.
―Salomé.
―¿Qué?
―No juegues conmigo.
La frase me molestó.
―No estoy jugando.
―Entonces deja de acercarte.
No me moví.
―Puedes hacerlo tú.
Sus ojos bajaron a mi boca una última vez.
Después retrocedió.
El espacio entre nosotros volvió.
Frío.
Ridículamente frío.
Me quedé inmóvil, molesta conmigo misma por notar su ausencia. Hacía tres días ni siquiera sabía cómo sonaba su risa y mi cuerpo parecía llevar un inventario: sus manos, su voz cuando bajaba el tono, la forma en que preguntaba antes de acercarse. Aquello no era amor. Ni confianza. Era atracción. Y ocho semanas podían sobrevivirse a base de sentido común.
Dorian metió las manos en los bolsillos.
―Buenas noches.
―Buenas noches.
Di dos pasos hacia mi habitación.
―Salomé.
Me giré.
Él seguía en el pasillo.
―¿Sí?
Su voz salió baja.
―La próxima vez que me pidas que demuestre cuánto autocontrol tengo, asegúrate de que realmente quieras conocer la respuesta.
