Capítulo 5 5

―¿Dormiste pensando en mi autocontrol?

Casi escupí el café.

Dorian estaba apoyado en la puerta de la cocina, vestido para trabajar, con la cámara colgada al hombro y una expresión demasiado tranquila para un hombre que había pasado la noche anterior amenazando mi estabilidad hormonal.

―Dormí pensando en métodos legales para expulsarte de tu propia casa.

―Eso suena poco agradecido.

―Tú empezaste.

―Tú me provocaste.

―Existir no cuenta como provocación.

―Anoche sí.

Lo miré por encima de la taza.

―Buenos días para ti también.

Lía apareció con el cabello revuelto y una corona de papel.

―¿Otra vez están peleando?

―No ―dije.

―Sí ―dijo Dorian.

Lo fulminé.

La niña subió a una silla.

―Entonces quiero panqueques.

―¿Qué relación tiene eso?

―Cuando ustedes pelean, yo merezco compensación.

Dorian me miró.

―Esto es culpa tuya.

―Llevo tres días aquí.

―Han sido intensos.

Preparé panqueques mientras él revisaba mensajes. Lía dibujaba estrellas sobre una servilleta.

Mi teléfono vibró.

Era el propietario.

“Las reparaciones podrían tardar diez semanas. Te confirmo el lunes.”

Mi estómago se hundió.

Ocho semanas ya parecían una invasión. Diez convertían mi problema en otro animal.

Bloqueé la pantalla.

Dorian lo notó.

Naturalmente.

―¿Malas noticias?

―El techo sigue creyendo que es piscina.

―¿Más tiempo?

―Tal vez.

Su expresión se cerró.

No dijo nada.

Eso fue peor.

―No te preocupes. El acuerdo sigue siendo de ocho semanas.

―No he dicho que me preocupe.

―Tu cara acaba de convocar una reunión de emergencia.

―Estoy pensando.

―Eso también me preocupa.

Lía levantó la mano.

―Yo voto que se quede diez.

―No estamos votando ―dijo Dorian.

―Entonces tu sistema de gobierno es horrible.

Me reí.

Dorian intentó no hacerlo.

Perdió.

Después del desayuno llevé a Lía al centro cultural. Mi primer taller formal empezaba a las once y tenía dieciséis niños, seis cajas de pintura y una confianza completamente injustificada.

El tema era “monstruos domésticos”.

―Hoy vamos a dibujar criaturas que viven en lugares normales ―expliqué―. Debajo de camas, dentro de refrigeradores, en autobuses...

Un niño levantó la mano.

―¿En baños?

―Especialmente en baños.

Lía añadió:

―Mi papá vive en la cocina.

―Tu papá no es un monstruo.

―A veces.

Los niños rieron.

Yo también.

A las doce y veinte apareció Dorian.

No esperaba verlo.

Traía una bolsa de papel y mi cartera.

―Olvidaste esto.

Me quedé mirando la cartera.

―No.

―Estaba junto a la cafetera.

―Eso no demuestra nada.

―También olvidaste tu almuerzo.

Levantó la bolsa.

―Eso sí demuestra algo.

―Que tengo demasiadas cosas en la cabeza.

―¿Como mi autocontrol?

Lo dijo bajo.

Muy bajo.

El calor me subió al cuello.

―Hay niños.

―No dije nada inapropiado.

―Tu cara sí.

―Eso suena familiar.

Le quité la bolsa.

Nuestros dedos se rozaron.

Demasiado breve para importar.

Mi cuerpo decidió discrepar.

Dorian bajó los ojos hacia nuestras manos.

Después a mí.

―Gracias ―dije.

―De nada.

Lía apareció cubierta de pintura verde.

―Papá.

Dorian parpadeó.

―¿Qué te pasó?

―Soy un ogro.

―Lo veo.

―Salomé dijo que los monstruos pueden ser bonitos.

―Salomé dice muchas cosas.

―Y casi siempre tengo razón.

Dorian miró mi delantal, también cubierto de pintura.

―Casi.

Lía volvió con los otros niños.

Dorian se quedó.

―¿No trabajabas?

―Cancelaron una sesión.

―Entonces eres libre.

―Durante una hora.

―Qué lujo.

Señaló un dibujo pegado a la pared.

Era una criatura enorme con corbata, cámara y cejas oscuras.

Debajo, Lía había escrito PAPÁ CUANDO NO DUERME.

Dorian cerró los ojos.

―Voy a demandar este centro.

―La artista está protegida.

―¿Quién le enseñó a dibujarme así?

―La genética.

Me miró.

―Estás disfrutando demasiado.

―Muchísimo.

Un grupo de padres comenzó a entrar para recoger a los niños del turno corto.

Entre ellos apareció un hombre alto, de cabello rizado y camisa estampada.

―Salomé Aranda.

Reconocí la voz antes de verle bien la cara.

―Ciro.

Me abrazó.

―Pensé que estabas viviendo bajo un puente.

―Casi.

―Inés dijo que conseguiste alojamiento.

―Conseguí una casa y un propietario hostil.

Ciro miró a Dorian.

―¿Él?

―Él.

Dorian extendió la mano.

―Dorian Serra.

―Ciro Mena.

Se estrecharon la mano.

Algo mínimo cambió en Dorian.

No sabía qué.

Ciro miró mi delantal.

―Sigues haciendo que pintar parezca actividad de guerra.

―Es mi marca.

―¿Vas mañana a la exposición?

―No sé.

―Ven. Hace meses que no sales.

Dorian guardó silencio.

Yo lo noté.

Y, por alguna razón estúpida, quise saber qué pensaba.

―Quizá vaya.

Ciro sonrió.

―Te escribo.

Se despidió con otro abrazo.

Cuando se fue, Dorian miró hacia la puerta.

―¿Amigo?

―Sí.

―Parece cercano.

―Lo es.

―Entiendo.

―¿Qué entiendes?

―Nada.

―Mentiroso.

Dorian tomó la correa de su cámara.

―No es asunto mío.

―Correcto.

La respuesta salió más afilada de lo necesario.

Sus ojos volvieron a mí.

―¿Te molestó?

―¿Qué?

―Que dijera que no es asunto mío.

―No.

―Salomé.

―No uses ese tono.

―¿Cuál?

―El de hombre que sabe que estoy mintiendo.

Se acercó apenas.

―Mientes mal.

―Tú peor.

―No estoy mintiendo.

―Entonces dime por qué preguntaste por Ciro.

Dorian se quedó quieto.

―Curiosidad.

―¿Y por qué te importa si salgo mañana?

―No dije que me importara.

―Otra mentira.

Su mandíbula se marcó.

Me gustó demasiado.

Eso era un problema.

―No empieces ―dijo.

―¿Qué cosa?

―A empujar.

―Tú viniste a mi trabajo.

―A traerte la cartera.

―Y sigues aquí.

Dorian miró mi boca.

Otra vez.

Mi respiración cambió.

―Porque todavía tengo quince minutos.

―¿Y qué piensas hacer con ellos?

Su mirada se volvió más oscura.

―Definitivamente no lo que acabas de insinuar.

―No insinué nada.

―Tu cara sí.

Sonreí.

―Eso también suena familiar.

Una niña pasó corriendo entre nosotros y rompió el momento.

Dorian retrocedió.

Yo odié la sensación de alivio y decepción al mismo tiempo.

―Nos vemos en casa ―dijo.

―Sí.

―¿Vas a salir con Ciro?

―Tal vez.

Se quedó esperando.

―¿Qué?

―Nada.

―Pareces querer decir algo.

―No tengo derecho.

Aquello me sorprendió.

―Correcto.

Asintió.

Pero antes de irse se inclinó hacia mí lo suficiente para que solo yo pudiera oírlo.

―Eso no significa que me guste imaginarte saliendo con él.

Mi corazón golpeó fuerte.

―Dorian.

Él se apartó.

―Te dije que no tengo derecho.

Lo vi caminar hacia la puerta.

―Entonces deja de comportarte como si lo tuvieras.

Se detuvo.

Giró lentamente.

La gente seguía moviéndose alrededor, recogiendo dibujos y mochilas.

Dorian volvió hasta mí.

No demasiado cerca.

Suficiente.

No respondí enseguida.

No porque no supiera qué decir, sino porque por primera vez desde que había llegado él no estaba escondiendo la atracción detrás de una advertencia. Tampoco la estaba convirtiendo en una promesa. Solo la dejaba allí, incómoda y viva, entre los dos.

Miré alrededor.

Vera organizaba pinceles. Lía discutía con un niño sobre si los ogros podían usar zapatos. Nadie nos prestaba atención.

―Esto es una pésima idea.

―Probablemente.

―Y tú dijiste que querías evitar complicaciones.

―Sigo queriendo.

―No parece.

Dorian exhaló despacio.

―Querer algo y conseguirlo no siempre son la misma cosa.

Aquello me golpeó.

Pensé en Aurelia. En la fotografía. En ocho semanas. En la manera obsesiva en que él trazaba límites antes de que existiera algo que limitar.

―Tienes razón.

―Qué milagro.

―Pero tú también tienes que decidir algo.

―¿Qué?

Sus ojos bajaron a mi boca y regresaron.

―Si realmente quieres que deje de mirarte como una mujer que me atrae, deja de pedirme que finja que no lo haces.

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