Capítulo 6 6

—Si realmente quieres que deje de mirarte como una mujer que me atrae, deja de pedirme que finja que no lo haces.

Me quedé quieta.

Dorian también.

A nuestro alrededor seguían pasando padres, niños y mochilas con brillantina. Una madre discutía con Vera porque su hijo había metido plastilina dentro de una botella. Lía perseguía a otro niño con las manos verdes.

Y yo solo podía pensar en la boca de Dorian.

—Eso ha sonado bastante peor de lo que crees —dije.

—Lo sé.

—¿Y aun así lo dijiste?

—También lo sé.

Me crucé de brazos.

—Qué valiente.

—Estoy intentando ser honesto.

—Llegas tarde.

Su ceja subió.

—¿Tarde?

—Llevas tres días poniendo límites y después mirándome como si quisieras romperlos tú primero.

Dorian bajó la voz.

—Quizá por eso los pongo.

Aquello me calló dos segundos.

Dos. No más.

—Pues están funcionando fatal.

—Salomé.

—¿Qué?

Se acercó apenas.

—Ciro sigue siendo una pésima idea.

Sonreí.

—Mira quién empezó a reclamar territorio sin tener escrituras.

—No estoy reclamando nada.

—Entonces te da igual que vaya con él mañana.

La mandíbula se le marcó otra vez.

—No.

—¿No qué?

—No me da igual.

El calor me subió por el cuello.

Antes de responder, Lía apareció entre nosotros con una hoja enorme.

—Papá, mira.

Dorian retrocedió.

Cobarde con excelente timing.

Lía había dibujado un monstruo azul con seis brazos y una falda rosa.

—Se llama Ramona —anunció.

—Es preciosa —dije.

—Se come a los hombres que mienten.

Miré a Dorian.

Él me sostuvo la mirada.

—Qué específica —murmuró.

—Los niños perciben cosas.

—Tú cállate.

Lía frunció el ceño.

—No le digas cállate.

—Gracias, abogada —dije.

—De nada.

Dorian tomó la mochila de su hija.

—Nos vamos.

—¿Me llevas? —pregunté.

—Vives en mi casa.

—Eso no responde.

—Sí.

Durante el trayecto, Lía habló de Ramona durante quince minutos. Yo agradecí cada palabra. Dorian conducía con una mano sobre el volante y la otra apoyada cerca de la palanca de cambios.

Demasiado cerca de mi rodilla.

Ridículo.

Una mano.

Eso era todo.

Cuando llegamos, Lía corrió al jardín para comprobar si Gerardo había sobrevivido sin ella.

Yo me bajé.

Dorian hizo lo mismo.

—¿Vas a seguir huyendo? —pregunté.

Cerró el coche.

—No estoy huyendo.

—Te fuiste del centro justo después de admitir que estás celoso.

—No dije celoso.

—Ramona tendría hambre contigo.

Dorian soltó una risa breve.

Entramos.

Dejé mi bolso sobre una silla y fui por agua. Él apareció detrás de mí en la cocina.

—¿Vas a ir a la exposición?

Abrí el refrigerador.

—Probablemente.

—¿Con Ciro?

—Probablemente.

—Esa palabra empieza a irritarme.

Saqué una botella.

—Eso suena personal.

Dorian se apoyó en la encimera.

—¿Quieres ir con él?

—Sí.

Su expresión cambió.

—Bien.

—También quiero saber por qué eso te molesta.

—Ya te lo dije.

—Me dijiste que te atraigo. No es lo mismo.

Él guardó silencio.

Bebí agua.

—¿Ves? Ahí desaparece toda esa valentía de hace veinte minutos.

—No quiero prometerte algo que no puedo darte.

—Y yo no te he pedido promesas.

—Todavía.

La palabra cayó mal.

Dejé la botella.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Inventarte una versión futura de mí para justificar lo que haces ahora.

Dorian apartó la mirada.

—Tienes razón.

—Otra vez. Esto se está volviendo preocupante.

—No te acostumbres.

Quise sonreír. No pude del todo.

Dorian se acercó.

—Lo que sí puedo decirte es que me molesta imaginarte con él.

—Eso ya lo sé.

—Y me molesta más de lo que debería.

—Eso también.

—Y cada vez que me respondes así…

—¿Qué?

Se quedó frente a mí.

—Quiero besarte para que dejes de hablar.

Mi pulso dio un salto.

—Qué método tan infantil.

—Funcionaría.

—Presuntuoso.

—¿Quieres comprobarlo?

Miré hacia la puerta.

—Lía está afuera.

—Lo sé.

—Puede entrar.

—También lo sé.

—Dorian.

—Dime que pare.

No lo dije.

Su mano se apoyó en mi cintura.

Despacio.

Sin apretarme.

El contacto bastó para que se me olvidara la mitad de mi vocabulario.

—Esto viola varias reglas —murmuré.

—Tú las odias.

—Correcto.

Su pulgar rozó mi camiseta.

—Salomé.

—¿Qué?

—Última oportunidad.

Lo agarré de la camiseta y tiré de él.

El beso fue menos elegante de lo que había imaginado.

Gracias a Dios.

Chocamos los dientes.

Me reí contra su boca.

Dorian también.

Luego volvió a besarme y ahí dejó de haber espacio para bromas.

Su mano subió por mi espalda. La mía terminó en su nuca. Me pegó a él con una firmeza que me hizo soltar el aire.

Su boca cambió el ritmo.

Más lento.

Peor para mi cordura.

Sentí el borde de la encimera contra la espalda.

Dorian se separó apenas.

—¿Bien?

—Si vuelves a preguntar voy a ofenderme.

—Necesito saberlo.

—Muy bien.

Lo besé otra vez.

Esta vez fui yo quien lo arrinconó contra la encimera.

Su risa quedó atrapada entre los dos.

—Tienes problemas con la autoridad —murmuró.

—Tú tienes demasiada.

Su mano bajó hasta mi cadera.

Mis dedos se metieron bajo el borde de su camiseta.

Piel caliente.

Dorian respiró hondo.

—Eso sí es provocación.

—Observación práctica.

—Mentirosa.

Volvió a besarme.

Más fuerte.

Mi cuerpo respondió antes que cualquier pensamiento sensato. Me acerqué hasta que ya no quedaba hueco entre nosotros.

Entonces la puerta del jardín se abrió.

Nos separamos de golpe.

Lía entró con Gerardo bajo un brazo.

—Tengo hambre.

Yo agarré la botella de agua.

Dorian se giró hacia el fregadero.

Muy discretos.

Absolutamente convincentes.

Lía nos miró.

—¿Qué hicieron?

—Nada —dije demasiado rápido.

Dorian tosió.

—Salomé tomó agua.

—¿Con la boca roja?

Cerré los ojos.

Dorian se mordió el interior de la mejilla.

—Comamos algo —dijo.

Lía dejó a Gerardo en una silla.

—Quiero queso.

—Te hago un sándwich.

Dorian abrió un cajón.

Yo me acerqué para ayudar.

Nuestros brazos se rozaron.

Los dos nos apartamos.

Lía nos observó.

—Ahora están raros.

—Siempre somos raros —dije.

—Más.

Dorian me lanzó una mirada.

Una de esas miradas.

La que ya conocía demasiado bien.

Preparó dos sándwiches y puso uno frente a Lía.

Ella dio un mordisco.

—¿Salomé va a ir mañana con Ciro?

Dorian se quedó quieto.

Yo casi me atraganté sin estar comiendo.

—¿Quién te dijo eso?

—Los escuché.

Por supuesto.

Dorian apoyó las manos en la encimera.

—Es su decisión.

Lía me miró.

—¿Vas a ir?

Miré a Dorian.

Él no apartó los ojos.

—No lo sé.

—Ve —dijo él.

La palabra me molestó.

—¿Eso quieres?

Su expresión se endureció.

—Quiero que hagas lo que quieras.

—Respuesta diplomática.

—Salomé.

—Dorian.

Lía mordió el sándwich otra vez.

—Están peleando.

—Todavía no —dije.

Dorian se acercó lo suficiente para bajar la voz.

—Si vas con él, no voy a impedírtelo.

—Ya sé.

—Pero tampoco voy a fingir que no quiero que te quedes aquí conmigo.

El corazón me golpeó fuerte.

Lía seguía comiendo.

Yo sostuve la mirada de Dorian.

—¿Y qué pasaría si me quedo?

Su boca se curvó apenas.

—Eso depende de cuánto autocontrol quieras que pierda esta noche.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo