Capítulo 7 7
—Eso depende de cuánto autocontrol quieras que pierda esta noche.
Miré a Dorian.
Luego a Lía, que seguía comiendo su sándwich con la concentración de quien todavía no entendía que su padre acababa de incendiarme el sistema nervioso.
—Qué frase tan apropiada para decir delante de una niña de seis años.
Dorian tomó un vaso.
—Ella no sabe de qué hablamos.
Lía levantó la vista.
—Sí sé.
Los dos nos quedamos inmóviles.
—¿Ah, sí? —preguntó Dorian.
—Hablan de la exposición.
Respiré.
—Exactamente.
—Y papá quiere que te quedes aquí.
Dorian bebió agua.
Yo miré al techo.
—También exactamente.
Lía dio otro mordisco.
—Entonces quédate.
—Come —dijo Dorian.
—Estoy comiendo.
—Más rápido.
—Eso no tiene sentido.
Me tapé la boca para que no se me escapara la risa.
Dorian me lanzó una mirada.
—Ni una palabra.
—Ni una.
Mentira.
Cinco minutos después estaba ayudando a Lía a limpiar pintura seca de Gerardo mientras Dorian recogía la cocina. Mi teléfono vibró en el bolsillo.
Ciro.
“Entonces mañana a las ocho. Paso por ti.”
Leí el mensaje dos veces.
Dorian apareció con un paño en la mano.
—¿Él?
—¿Quién?
—Salomé.
—Podría ser Hacienda.
—No pones esa cara por Hacienda.
—Con Hacienda pongo peor.
Guardé el teléfono.
—Sí. Es Ciro.
Su mandíbula se endureció apenas.
—¿Qué dijo?
—Que pasa por mí mañana.
—Entiendo.
—Otra vez esa palabra.
—Es una palabra normal.
—En tu boca suena a sentencia.
Lía levantó a Gerardo.
—Ya está limpio.
—Perfecto —dije.
—¿Puedo llevarlo a mi cuarto?
Dorian y yo respondimos al mismo tiempo.
—No.
Lía resopló.
—Qué equipo tan aburrido.
Subió las escaleras abrazando al dragón.
Esperamos hasta oír su puerta.
Entonces Dorian dejó el paño sobre la encimera.
—¿Vas a decirle que sí?
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque me estás mirando y mi respuesta parece capaz de cambiarte la presión arterial.
Dorian se acercó.
—Puede que sí.
—Muy sano.
—Salomé.
—¿Qué quieres que haga?
Él abrió la boca.
La cerró.
—Exacto.
Me giré para guardar un plato.
Su mano me rodeó la muñeca.
Suave.
Me detuve.
—No hagas eso si después vas a decirme que salga con otro porque no tienes derecho a pedir nada.
—No iba a decir eso.
—Entonces dilo bien.
Dorian soltó mi muñeca.
—Quiero que te quedes conmigo mañana.
Mi pecho reaccionó antes que mi cabeza.
—¿Para qué?
—No lo sé todavía.
—Muy seductor.
—Cena.
—Eso sí existe.
—Cenamos aquí.
—Vivimos aquí. Eso no es una cita.
Dorian sonrió de lado.
—¿Necesitas que sea una cita?
—Necesito saber qué demonios estás proponiendo.
Se quedó callado.
La sonrisa desapareció.
Ahí estaba el problema.
Dorian podía besarme contra una encimera. Podía admitir que le molestaba Ciro. Podía mirarme y dejar bastante claro qué quería hacer conmigo.
Ponerle nombre a algo le costaba mucho más.
—Olvídalo —dije.
—No.
—Dorian.
—Quédate mañana. Cancela con Ciro. Sal conmigo.
Lo miré.
—¿Una cita?
—Sí.
—¿Con intención romántica?
—Salomé.
—Pregunta importante.
Dorian respiró despacio.
—Sí.
Mi sonrisa apareció sola.
—Mira qué progreso.
—No lo arruines.
—No prometo nada.
Él dio un paso.
—¿Entonces?
—Entonces voy a pensarlo.
—Eso es crueldad.
—Eso es consecuencia.
Dorian me siguió cuando salí de la cocina.
—Ya sabes que quieres.
—Qué seguridad.
—Me besaste primero.
—Después de días de provocaciones tuyas.
—Tú tampoco has ayudado.
—Jamás dije que fuera inocente.
Llegué a las escaleras.
Él me alcanzó.
—Salomé.
—¿Sí?
Me agarró por la cintura y me giró.
Mi espalda chocó suavemente contra la pared.
—Te encanta hacerme trabajar por cada respuesta.
—Te hace bien.
—Eso está por comprobarse.
Su boca rozó la mía.
Una vez.
Breve.
Cuando intenté acercarme, retrocedió medio centímetro.
—Eso es trampa.
—Aprendo rápido.
—Odio cuando usas mis técnicas.
—Mientes mal.
Le mordí el labio inferior.
Dorian soltó aire.
Su mano se cerró en mi cintura.
—No hagas eso.
—¿Por qué?
—Porque Lía está arriba y yo todavía tengo algo de sentido común.
—¿Todavía?
—Muy poco.
Volví a besarlo.
Esta vez me respondió de inmediato.
Su mano subió por mi espalda y terminó debajo de mi cabello. La otra se apoyó en mi cadera. Yo agarré su camiseta y lo acerqué más.
El beso cambió.
Perdió la paciencia.
También yo.
Sentí sus dedos deslizarse por el borde de mi camiseta, apenas debajo, piel contra piel.
Se me cortó la respiración.
Dorian se separó.
—Dime si paro.
—Si paras ahora te golpeo.
Se rio contra mi cuello.
—Qué romántica.
Su boca bajó hasta el punto bajo mi oreja.
Cerré los ojos.
—Eso sí es trampa.
—Aprendo rápido.
—Idiota.
—Otra vez.
Me besó ahí.
Mis dedos apretaron sus hombros.
Un crujido arriba nos congeló.
Dorian levantó la cabeza.
—Papá —gritó Lía—. ¡Gerardo perdió una pata!
Nos separamos.
Yo apoyé la frente contra la pared.
Dorian miró hacia las escaleras.
—Voy.
—¿Puedes arreglarla?
—Sí.
—¡Rápido!
Dorian cerró los ojos.
Yo empecé a reír.
—No es gracioso.
—Muchísimo.
—Esto queda pendiente.
—¿La pata?
Me miró.
—Tú sabes qué.
Subió.
Yo tardé dos minutos en recuperar una cara presentable.
Mi teléfono seguía sobre la mesa.
Abrí el mensaje de Ciro.
Escribí: “Mañana no puedo. Te debo una.”
Lo envié.
La respuesta llegó casi de inmediato.
“¿El propietario hostil?”
Sonreí.
“Algo así.”
Guardé el teléfono.
Dorian bajó quince minutos después con una tira de cinta adhesiva pegada al antebrazo.
—Gerardo sobrevivirá.
—Héroe nacional.
—¿Ya decidiste?
Le mostré el teléfono.
—Cancelé.
Sus ojos bajaron a la pantalla y después volvieron a mí.
—¿Por mí?
—No te emociones.
—Eso es un sí.
—Eso es una oportunidad para que no arruines mañana.
Dorian miró el teléfono otra vez.
—¿Qué le dijiste?
—Que no podía ir.
—¿Nada más?
—¿Querías que adjuntara un informe?
—No.
—Tienes cara de querer un informe.
Se pasó la mano por la nuca.
—¿Ciro sabe que nos besamos?
Parpadeé.
—¿Piensas anunciarlo en el centro cultural?
—Estoy preguntando.
—Todavía no sabe nada.
Dorian asintió, aunque aquello claramente no le bastaba.
—¿Te molesta?
—Preferiría que supiera que no estoy preguntando por él porque sí.
—Eso suena peligrosamente parecido a querer marcar territorio.
—Suena a que acabo de pedirte una cita.
—Hace veinte minutos decías que no tenías derechos.
—Sigo sin tenerlos.
—Bien.
—Pero quiero dejar de actuar como si besarte fuera un accidente que tenemos que esconder.
Eso me hizo callar.
Dorian se acercó.
—¿Y esta noche?
—Lía duerme arriba.
—Lo sé.
—Las paredes no parecen muy gruesas.
—También lo sé.
—Entonces compórtate.
Él sonrió.
—No garantizo nada.
Subí un escalón.
—Buenas noches, Dorian.
—Salomé.
Me giré.
Su expresión había cambiado.
Más seria.
—¿Qué?
—Mañana no quiero fingir que esto es solo una convivencia.
Se me apretó el estómago.
—Entonces no finjas.
Dorian sostuvo mi mirada.
—Quiero que sea nuestra primera cita de verdad.
—¿Y después?
El silencio duró apenas un segundo.
—Mientras estés aquí, quiero averiguarlo contigo.
Apreté los dedos sobre la barandilla.
—¿Solo mientras esté aquí?
Dorian no bajó la mirada.
—Eso es lo único que puedo prometerte.
