Capítulo 8 8

—Eso es lo único que puedo prometerte.

Lo miré desde el primer escalón.

—Qué manera tan bonita de vender una cita.

Dorian apoyó una mano en la barandilla.

—Prefiero decirte la verdad.

—La verdad también puede tener mejor presentación.

—¿Quieres que mienta?

—Quiero que dejes de hablar del final antes de que empiece algo.

Se quedó callado.

Esta vez no discutió.

—Mañana a las ocho —dijo.

—¿Eso significa que sigues invitándome?

—Sí.

—Entonces intenta no mencionar mi fecha de salida durante unas horas.

—Puedo intentarlo.

—Qué entusiasmo.

Subí dos escalones.

—Salomé.

Me giré.

—¿Qué?

—Ponte algo que puedas manchar.

—Eso suena peor que tu invitación anterior.

Dorian sonrió.

—Confía en mí.

—Llevamos cuatro días conociéndonos.

—Exacto. Ya sabes que cocino mal, así que mis secretos importantes están agotados.

No pude evitar reírme.

A la mañana siguiente, Dorian se fue temprano. Apenas lo vi durante el desayuno. Eso habría sido normal cualquier otro día. Después de besarlo contra la pared, me pareció sospechoso.

A las siete y media, Inés apareció con una bolsa de comida y una expresión insoportable.

—Así que tienes cita con mi hermano.

—Baja la voz.

—Lía está viendo dibujos.

—Las paredes existen.

Inés dejó la bolsa.

—¿Qué te vas a poner?

—Algo que pueda manchar.

Ella se quedó quieta.

—Perdón.

—Eso dijo él.

—Salomé, necesito contexto antes de empezar a respetarlo menos.

Me reí.

—No sé nada más.

—Eso es incluso peor.

Dorian bajó las escaleras en ese momento. Vaqueros oscuros, camisa blanca con las mangas dobladas y esa cara de hombre que sabía exactamente lo que acababa de provocar.

Inés lo señaló.

—Explícate.

—Buenas noches, Inés.

—Cobarde.

—Cuida a Lía.

—Lo haré mientras cuestiono tus decisiones.

Dorian tomó mis llaves de la mesa y me las entregó.

—¿Lista?

—Depende de si llevas una pala en el coche.

—Todavía no.

—Excelente.

La cita empezó veinte minutos después en un estudio de cerámica.

Lo miré.

Luego miré el torno.

Después volví a mirarlo.

—¿Esto es una venganza?

—Dijiste que querías una cita.

—Imaginé comida.

—Habrá comida.

—También dijiste que podía mancharme.

—Soy un hombre de palabra.

Nos dieron delantales y una mujer llamada Marta explicó cómo usar el torno. Dorian prestó atención. Yo observé sus manos.

Gran error.

—Deja de mirarme —murmuró.

—Estoy aprendiendo.

—Mentirosa.

Marta nos repartió arcilla.

Mi primer intento murió en menos de treinta segundos.

—Eso iba a ser un cuenco —dije.

Dorian miró la masa torcida.

—Podría ser un cenicero.

—No fumo.

—Entonces una tragedia decorativa.

Le lancé un pedazo diminuto de arcilla.

Le dio en la camisa.

Dorian bajó la vista.

—Acabas de ensuciarme.

—Tú elegiste el lugar.

Metió dos dedos en su recipiente de agua.

—Dorian.

Me salpicó.

—Infantil.

—Consecuencia.

Cinco minutos después Marta nos pidió que dejáramos de convertir su taller en zona de guerra.

Dorian hizo un cuenco razonable.

El mío parecía derretido.

—No lo mires así —dije.

—Estoy intentando encontrarle utilidad.

—Puede guardar tus límites absurdos.

Se rio.

—Eso necesitaría algo más grande.

La frase me tomó desprevenida.

Lo miré.

Dorian siguió trabajando, pero la sonrisa ya se le había ido.

—Prometiste unas horas sin hablar del final.

—Tienes razón.

—Hoy llevas muchas.

—Me preocupa.

—A mí también.

Terminamos cubiertos de arcilla. Dorian tenía una mancha en la mejilla.

—Espera.

Me acerqué y la limpié con el pulgar.

Él sujetó mi muñeca antes de que pudiera apartarme.

—¿Qué?

—Nada.

—Otra vez esa palabra.

Dorian besó la punta de mi pulgar.

Sentí el gesto en lugares bastante alejados de la mano.

—Eso ha sido innecesario.

—Sí.

—Hazlo otra vez.

Su sonrisa volvió.

—Luego.

La cena fue en un puesto pequeño cerca del río. Comimos de pie porque todas las mesas estaban ocupadas.

—Esto sí me gusta —dije.

—¿La comida?

—Que hayas elegido algo normal.

—¿Esperabas velas?

—Esperaba que intentaras impresionarme.

Dorian mordió su taco.

—Quería que te divirtieras.

Aquello me calló.

—Eso ha sido peligrosamente tierno.

—No lo repitas.

—Lo voy a tatuar.

Dorian limpió una gota de salsa con una servilleta.

—¿Te arrepientes de haber cancelado con Ciro?

—No.

—Respuesta rápida.

—¿Querías que dudara para alimentar tus celos?

—Preferiría fingir que ya se me pasaron.

—Te durarían poco. Ciro y yo somos amigos.

—Él te abraza mucho para ser amigo.

Solté una carcajada.

—¿Llevas horas guardándote eso?

—Puede.

—Nunca hemos salido. Nunca nos hemos besado. Y antes de que preguntes, tampoco existe una tragedia romántica pendiente.

Los hombros de Dorian bajaron apenas.

—Eso ha sido bastante información.

—Tu cara acaba de agradecer cada palabra.

—Mi cara no habla.

—Tu cara necesita aprender discreción.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Tienes alguna pregunta incómoda?

Pensé un segundo.

—Sí. ¿Has salido con alguien desde Aurelia?

Dorian dejó el vaso sobre la barra.

—Mañana te la respondo.

—Eso significa que la respuesta me va a molestar.

—Significa que hoy quiero seguir teniendo una buena cita.

—Cobarde.

—Prudente.

—Esa ya la usaste.

—Sigue funcionando.

—En la frente, por favor.

Después caminamos sin prisa. Hablamos de trabajos horribles, clientes insoportables y del primer dibujo que había cobrado. Le conté que fueron veinte euros por un gato con corona.

—Era un gato horrible.

—¿El dibujo?

—El gato. Mordía.

Dorian se rio.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Qué cosas?

—Tu tolerancia hacia criaturas hostiles.

—¿Te estás comparando con un gato?

—Me retracto.

Llegamos al coche poco después de las once.

Dorian abrió mi puerta.

—Qué caballeroso.

—No te acostumbres.

—Ya empezaba a emocionarme.

Antes de subir, me tomó por la cintura.

El beso llegó sin aviso.

Más lento que los anteriores.

Su mano se metió bajo el borde de mi camiseta, rozando mi espalda. Yo subí los brazos alrededor de su cuello.

Dorian me pegó al coche.

Su boca bajó a mi mandíbula.

—Aquí tampoco tenemos paredes delgadas —murmuré.

—Tenemos un estacionamiento.

—Detalles.

Me besó el cuello.

Se me escapó un suspiro.

—Eso no ayuda —dijo.

—¿A qué?

—A portarme bien.

—Nunca te pedí eso.

Le agarré la camisa y lo acerqué.

Dorian respondió con un beso que me dejó sin ganas de seguir haciendo bromas. Sus dedos apretaron mi cintura. Los míos terminaron dentro de su cabello.

Un coche pasó detrás de nosotros.

Las luces nos hicieron separarnos.

—Muy elegante —dije.

Dorian apoyó la frente contra la mía.

—Podemos volver a casa.

—Eso suele pasar después de una cita.

—Salomé.

Su tono cambió.

Lo miré.

—¿Qué?

—Si volvemos ahora, no quiero despedirme en la escalera.

El calor me subió directo al rostro.

—¿Qué estás diciendo?

Su pulgar rozó mi cintura.

—Que quiero seguir besándote.

—Eso ya quedó claro.

—En mi habitación.

Me quedé quieta.

Dorian esperó.

Sin acercarse más.

—¿Y mañana? —pregunté.

Su mandíbula se tensó apenas.

—Mañana seguimos siendo nosotros.

—Esa respuesta es vaga.

—Es la única que tengo.

Lo miré durante un momento.

Después abrí la puerta del coche.

Dorian frunció el ceño.

—¿Eso es un no?

Me senté y lo miré desde dentro.

—Eso es un “llévame a casa y deja de hablar”.

Él sonrió.

—¿Y cuando lleguemos?

Cerré la puerta.

—Cuando lleguemos, quiero que cierres con llave tu habitación.

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