Capítulo 9 9

—Cuando lleguemos, quiero que cierres con llave tu habitación.

Dorian me miró desde el otro lado del coche.

—Eso sí puedo prometerlo.

El trayecto de regreso duró diecisiete minutos.

Los conté.

No porque fuera una enferma del control. Porque Dorian conducía con una mano sobre el volante y la otra descansando cerca de la palanca, y yo llevaba todo el camino pensando en esa mano.

Cuando estacionó, ninguno salió de inmediato.

—Inés sigue dentro —dije.

—Sí.

—Lía probablemente duerme.

—Probablemente.

—No pareces muy preocupado por comprobarlo.

Dorian giró la cabeza.

—Estoy intentando no besarte dentro del coche.

—Qué disciplina tan admirable.

—No ayuda que hables.

—Ya habíamos establecido eso.

Me incliné.

Él llegó primero.

El beso fue corto porque una luz se encendió en el porche.

Nos separamos.

Inés abrió la puerta principal con los brazos cruzados.

—Son las once y veintisiete.

Bajé del coche.

—Buenas noches, mamá.

—Lía lleva dormida desde las nueve. Yo llevo despierta porque soy una santa.

Dorian pasó junto a ella.

—Gracias por quedarte.

—¿La pasaron bien?

—Sí —respondimos al mismo tiempo.

Inés miró mi boca.

Luego la de Dorian.

—Qué discreción.

—Vete a tu casa —dijo él.

—Encantada. Antes, aviso importante: Lía se despertó una vez buscando agua. Si vuelve a levantarse, la puerta de su cuarto hace ruido.

Me atraganté con mi propia saliva.

Dorian cerró los ojos.

—Inés.

—Yo solo informo sobre infraestructura.

Agarró su bolso.

Al pasar junto a mí, murmuró:

—Suerte con la cerámica.

La fulminé.

Ella sonrió y salió.

Dorian cerró la puerta.

El clic de la cerradura sonó demasiado fuerte.

—Tu hermana es insoportable.

—Muchísimo.

—La quiero.

—Yo también.

Nos quedamos frente a frente.

La casa estaba en silencio.

Dorian miró hacia las escaleras.

—Primero voy a comprobar que Lía esté bien.

—Claro.

Subió.

Yo me quedé abajo intentando parecer una mujer adulta que no estaba considerando seriamente saltarse tres escalones de una vez cuando regresara.

Tardó menos de cinco minutos.

Bajó sin zapatos.

—Duerme.

—Bien.

—Salomé.

—¿Qué?

Se acercó.

—Todavía puedes cambiar de opinión.

—También tú.

—No voy a hacerlo.

—Yo tampoco.

Me besó.

Esta vez sin interrupciones.

Su mano fue a mi cintura. La mía a su nuca. El beso empezó lento y duró poco así.

Dorian me empujó con cuidado contra la pared del pasillo.

—¿Aquí otra vez? —murmuré.

—Tenemos una historia con esta pared.

—Romántico.

—Cállate.

—Oblígame.

Lo hizo.

Su boca bajó a mi cuello. Sentí sus dedos debajo del borde de mi camiseta y tuve que morderme el labio para no hacer ruido.

—Eso —susurró— va a ser un problema.

—Tú eres el problema.

—También.

Le desabroché dos botones de la camisa.

Dorian me miró las manos.

—Muy decidida.

—Llevas días presumiendo de autocontrol. Tengo curiosidad científica.

—La ciencia requiere paciencia.

—Qué pena.

Seguí con el tercer botón.

Él me agarró por las muñecas.

—Salomé.

—¿Qué?

—Arriba.

La palabra me recorrió entera.

Subimos en silencio.

A mitad de las escaleras, me giré.

—Tu cuarto está al otro lado.

—Lo sé.

—Vas en dirección contraria.

—Estoy intentando pensar.

—No hagas eso ahora.

Se rio bajo.

—Eres peligrosa.

—Lento de reflejos.

Llegamos a su habitación.

Dorian abrió la puerta.

Entré.

Era más sencilla de lo que esperaba. Cama grande, dos lámparas, libros apilados en una silla, una cámara antigua sobre una cómoda.

No había fotografías de Aurelia.

Me sorprendió notar eso.

Dorian cerró la puerta.

Giró la llave.

El sonido me devolvió al presente.

—Ven aquí —dije.

No hizo falta repetirlo.

Me besó mientras me quitaba la camiseta. La dejó caer en el suelo.

Su mirada recorrió mi cuerpo.

—No mires tanto.

—Llevo cuatro días intentando no hacerlo.

—Pésimo trabajo.

—Lo sé.

Me desabrochó el sujetador con torpeza.

Lo miré.

—Fotógrafo. Dedos hábiles. Gran fraude.

—Estoy nervioso.

Eso me frenó.

—¿Tú?

—Sí.

Su honestidad me aflojó algo dentro.

Le toqué la mandíbula.

—Yo también.

Dorian me besó la palma.

Después volvió a besarme.

Más despacio.

Me quitó el sujetador y apoyó la frente contra la mía.

—¿Bien?

—Sí.

Su mano bajó por mi espalda.

Me estremecí.

Dorian sonrió contra mi boca.

—Eso me gusta.

—No te emociones.

—Demasiado tarde.

Me quitó el resto de la ropa sin prisa.

Yo hice lo mismo con él.

Hubo un momento torpe con su cinturón.

Otro con mi tobillo atrapado en el pantalón.

Me reí.

—Esto no está saliendo muy cinematográfico.

—Gracias a Dios.

—¿Por qué?

—Porque prefiero que seas tú.

La frase me calló.

Dorian me miró.

—¿Qué?

—Nada.

—Mientes fatal.

—Luego.

Me llevó hasta la cama.

El colchón se hundió bajo mi espalda.

Su boca recorrió mi cuello, mi clavícula, bajó más.

Apreté los dedos en sus hombros.

—Dorian.

—¿Sí?

—Sigue.

Lo hizo.

El calor me subió hasta las orejas.

Tuve que taparme la boca con una mano.

Él me la apartó.

—No quiero que te calles.

—Tu hija está al otro lado del pasillo.

—Entonces muérdeme.

Lo miré.

—Eso ha sido imprudente.

—Me estoy adaptando.

Lo mordí en el hombro.

Su respiración cambió.

—Salomé.

—Tú lo pediste.

—Voy a arrepentirme.

—Mañana.

Dorian abrió el cajón de la mesita.

Sacó un preservativo.

Me miró antes de abrirlo.

—Última vez que pregunto. ¿Seguro?

—Sí.

—Dilo bien.

Le agarré la nuca y lo acerqué.

—Sí, Dorian. Quiero estar contigo.

Me besó.

Cuando entró en mí, lo hizo despacio.

Se detuvo.

Esperó.

Yo respiré contra su cuello.

—Estoy bien.

—¿Seguro?

—Muévete antes de que cambie de opinión por aburrimiento.

Soltó una risa ahogada.

—Imposible contigo.

El ritmo cambió poco a poco.

Mis dedos se cerraron sobre su espalda.

Dorian hundió la cara en mi cuello para contener un sonido.

Yo lo sentí sonreír.

—¿De qué te ríes?

—De nada.

—Mentiroso.

—Estás intentando discutir conmigo ahora.

—Tal vez.

—Te odio un poco.

—Mientes peor que yo.

Me besó para callarme.

Esta vez funcionó.

Después solo quedaron respiraciones bajas, sábanas moviéndose y el esfuerzo absurdo de recordar que había una niña durmiendo cerca.

Cuando terminamos, Dorian cayó a mi lado.

Nos quedamos mirando el techo.

—Bueno —dije.

—No.

Giré la cabeza.

—¿No qué?

—No vas a convertir esto en una broma para salir corriendo.

Fruncí el ceño.

—No estaba saliendo corriendo.

—Todavía.

Me incorporé sobre un codo.

—¿Qué quieres que diga?

Dorian me miró.

—Que te quedas esta noche.

—¿Eso es una orden?

—Una petición.

Lo estudié.

—¿Y mañana?

Su expresión cambió apenas.

Ahí estaba otra vez.

El verano.

El límite.

Dorian extendió la mano y me apartó el cabello de la cara.

—Mañana quiero despertarme contigo.

—Eso no responde lo demás.

—Lo sé.

Me quedé callada.

Él también.

Entonces tiró de mí hasta pegarme a su pecho.

—Salomé.

—¿Qué?

Su voz salió baja.

—No me pidas agosto cuando apenas estoy aprendiendo a darte julio.

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