La danza del deseo
Capítulo 2: El Baile del Deseo
Pasan sus mañanas explorando los rincones ocultos de la ciudad, desde las tranquilas librerías del Barrio Latino hasta los vibrantes mercados de Le Marais. Cada nuevo lugar trae consigo un sentido de aventura y emoción, sus risas y secretos compartidos tejiendo un tapiz de recuerdos que durarán toda la vida.
Una tarde, mientras pasean por los exuberantes jardines de Luxemburgo, Amélie sugiere que visiten su café favorito. Es un pequeño lugar acogedor escondido en una calle lateral, con una terraza invitadora cubierta de hiedra y flores en flor. Se acomodan en una mesa de esquina, disfrutando de un rico y aterciopelado chocolate caliente mientras observan el mundo pasar.
—Hay algo que quiero mostrarte— dice Amélie, con los ojos brillando de travesura. —Es un lugar muy especial para mí.
Intrigado, Alexander la sigue por las calles sinuosas hasta que llegan a un antiguo y majestuoso teatro. La fachada está adornada con intrincadas tallas y detalles ornamentales, un testimonio de la rica historia cultural de la ciudad.
—Aquí es donde me enamoré del arte por primera vez— explica Amélie, con la voz llena de reverencia. —Mis padres solían traerme aquí para ver el ballet. Era como entrar en otro mundo, uno lleno de belleza y gracia.
Alexander puede ver la pasión en sus ojos, la forma en que se iluminan mientras habla de sus recuerdos. —Puedo ver por qué este lugar es tan especial para ti— dice, tomando su mano. —Gracias por compartirlo conmigo.
Pasan la noche viendo una actuación hipnotizante, los bailarines moviéndose con una elegancia que les quita el aliento. Cuando las notas finales de la música se desvanecen, Alexander se inclina para susurrar al oído de Amélie. —Eres mi musa, Amélie. Me inspiras cada día.
Ella sonríe, su corazón hinchado de amor. —Y tú, Alexander, eres mi ancla. Me das fuerza y coraje.
Una noche, mientras caminan por los Campos Elíseos, Alexander se detiene frente a una lujosa boutique. —Tengo una sorpresa para ti— dice, con los ojos brillando de emoción.
Amélie lo mira con curiosidad. —¿Qué es?
—Ven conmigo— dice, llevándola adentro.
La tienda está llena de la lencería más exquisita que ella haya visto, cada pieza una obra de arte. Alexander elige un delicado conjunto de encaje en un profundo tono rojo, sosteniéndolo para que ella lo vea. —Quiero que tengas esto— dice, con la voz llena de deseo. —Para esta noche.
Sonrojada, Amélie toma la lencería de sus manos, su corazón acelerado. —Siempre sabes cómo sorprenderme— dice, con la voz temblando de emoción.
Esa noche, de vuelta en su apartamento, se pone la lujosa lencería, sintiendo la delicada tela contra su piel. Cuando entra en el dormitorio, la respiración de Alexander se detiene.
—Te ves increíble— dice, con la voz ronca de deseo.
Amélie camina hacia él, sus movimientos gráciles y seductores. —¿Te gusta lo que ves?— pregunta, con los ojos fijos en los de él.
—Me encanta— responde, extendiendo la mano para atraerla a sus brazos. —Eres una visión.
Sus labios se encuentran en un beso ardiente, sus cuerpos presionados juntos. Las manos de Alexander recorren sus curvas, la delicada tela de la lencería aumentando su excitación.
—Joder, Amélie— gime, con la voz gruesa de necesidad. —No puedo tener suficiente de ti.
—Entonces tómame— susurra ella, sus dedos recorriendo su pecho. —Hazme tuya.
La levanta sobre la cama, sus manos deslizándose bajo el encaje para explorar su suave piel. —Eres tan hermosa— murmura, sus labios dejando besos por su cuello.
Amélie gime, arqueándose hacia su toque. —Sí, Alexander, por favor.
Con un gruñido, él le quita la lencería, sus ojos oscureciéndose de deseo al contemplar su forma desnuda. —Eres perfecta— dice, su voz llena de reverencia.
Se posiciona sobre ella, su mirada encontrándose con la de ella. Al entrar en ella, un jadeo escapa de sus labios, sus ojos cerrándose de éxtasis.
—Alexander— gime ella, sus uñas clavándose en su espalda. —Oh, Dios, sí.
Él se mueve dentro de ella, sus cuerpos moviéndose juntos en una danza de pasión y deseo. —Joder, Amélie— gime, acelerando el ritmo. —Te sientes tan jodidamente bien.
—No pares— grita ella, sus caderas encontrándose con sus embestidas. —Por favor, no pares.
Hacen el amor intensamente, sus cuerpos entrelazados en una sinfonía de placer. Cada toque, cada beso, cada palabra susurrada los acerca más al borde. Finalmente, se rompen juntos, sus gritos de placer resonando en la habitación.
Mientras yacen entrelazados en los brazos del otro, sus corazones aún latiendo con fuerza, Alexander presiona un suave beso en su frente. —Te amo, Amélie— susurra, su voz llena de emoción.
—Yo también te amo, Alexander— responde ella, sus ojos brillando con lágrimas de alegría. —Eres mi todo.
Los días se convierten en semanas, su amor creciendo más fuerte con cada momento que pasa. Continúan explorando la ciudad, cada nueva aventura acercándolos más. Comparten sus sueños y miedos, sus esperanzas y deseos, su vínculo inquebrantable.
Una noche, mientras están sentados en el balcón del apartamento de Amélie, la Torre Eiffel brillando a lo lejos, Alexander toma su mano. —Hay algo que necesito decirte— dice, su voz seria.
—¿Qué es?— pregunta Amélie, su corazón latiendo con fuerza.
—Me han ofrecido una oportunidad de negocio en Nueva York— dice, sus ojos buscando los de ella. —Es una oportunidad única en la vida, pero significa que tendría que dejar París.
El corazón de Amélie se hunde. —¿Cuándo tendrías que irte?
—En un mes— responde, su voz llena de pesar. —Pero no quiero dejarte, Amélie. No puedo imaginar mi vida sin ti.
Las lágrimas llenan sus ojos. —Yo tampoco quiero que te vayas, Alexander. Pero tampoco quiero retenerte.
Él toma su rostro entre sus manos, sus ojos llenos de amor. —No me estás reteniendo. Eres mi razón para todo. Quiero que vengas conmigo.
Su corazón se llena de esperanza. —¿Quieres que vaya a Nueva York contigo?
—Sí— dice, su voz firme. —No puedo hacer esto sin ti, Amélie. Podemos empezar una nueva vida juntos, construir nuestros sueños lado a lado.
Ella mira en sus ojos, viendo la profundidad de su amor y compromiso. —Iré a cualquier parte contigo, Alexander. Mientras estemos juntos, podemos enfrentar cualquier cosa.
Él la besa, sus labios encontrándose en una promesa apasionada. —Enfrentaremos esto juntos— dice, su voz llena de determinación. —Nuestro amor es lo suficientemente fuerte para superar cualquier cosa.
Mientras están sentados en el balcón, la ciudad de París extendiéndose ante ellos, saben que su viaje apenas comienza. Su historia de amor, llena de pasión y deseo prohibido, está destinada a continuar, sin importar a dónde los lleve el camino.
Juntos, conquistarán el mundo, sus corazones y almas para siempre entrelazados en el baile del deseo.
