Revelando deseos

Capítulo 3: Revelando Deseos

Los días se convierten en semanas mientras el romance entre Alexander y Amélie florece en medio del encanto atemporal de París. Cada momento que pasan juntos profundiza su conexión, tejiendo un tapiz de pasión e intimidad.

Una tarde, Alexander sorprende a Amélie con entradas para una exposición privada en una prestigiosa galería de arte. La galería está ubicada en un edificio histórico con techos altos y grandes ventanas arqueadas que inundan el espacio con luz natural. Pasean por la exposición, tomados de la mano, maravillándose con la ecléctica mezcla de piezas de arte contemporáneo.

Los ojos de Amélie se iluminan al acercarse a una serie de pinturas abstractas, cada una un estallido de color y emoción. Se inclina hacia una pieza particularmente llamativa, con una expresión pensativa.

—¿Qué ves? —pregunta Alexander, en voz baja, como si temiera perturbar el reverente silencio de la galería.

Amélie se vuelve hacia él, suavizando su mirada—. Veo pasión —murmura, trazando las líneas de la pintura con los dedos—. Pasión cruda, indomable.

Él asiente, cautivado no solo por sus palabras, sino por la forma en que su rostro se ilumina cuando habla de arte—. Tu pasión es lo que me atrajo a ti, Amélie —admite, con tono sincero—. Tu arte me habla de maneras que no puedo explicar.

Ella sonríe, con un leve rubor en las mejillas—. Me alegra. El arte es mi forma de expresar lo que las palabras no pueden.

Se mueven por la galería, perdidos en su propio mundo de colores y texturas, cada pieza provocando una nueva conversación. Al llegar al final de la exposición, Alexander toma su mano una vez más, llevándola hacia un rincón apartado de la galería donde les espera una pequeña instalación íntima.

Es una colección de fotografías, imágenes en blanco y negro que capturan momentos de intensa intimidad y vulnerabilidad. Amélie jadea suavemente, llevándose la mano a la boca mientras contempla la belleza cruda de las imágenes.

—Son increíbles —susurra, con los ojos fijos en las fotografías—. Tan evocadoras.

Alexander asiente, con la mirada fija en ella—. Me recuerdan a nosotros —confiesa, con la voz cargada de emoción—. La forma en que me haces sentir, Amélie.

Ella se vuelve hacia él, con los ojos brillantes—. Dime —le insta, con la voz apenas audible.

Él da un paso más cerca, extendiendo la mano para apartar un mechón suelto de su rostro—. Me haces sentir vivo —comienza, sus palabras una suave caricia contra su piel—. Cuando estoy contigo, todo lo demás desaparece. Solo existe este momento, esta conexión entre nosotros.

La respiración de Amélie se entrecorta mientras escucha, su corazón latiendo con una mezcla de emoción y aprensión. Nunca se había sentido así antes, nunca se había permitido ser tan vulnerable con otra persona. Pero con Alexander, se siente diferente. Se siente correcto.

—Quiero mostrarte algo —dice de repente, con determinación en la voz. Sin esperar su respuesta, toma su mano y lo lleva fuera de la galería y hacia las bulliciosas calles de París.

Caminan en silencio por un rato, con la ciudad viva a su alrededor. Finalmente, llegan a un pequeño café escondido en un rincón tranquilo de Montmartre. Es un lugar acogedor, con luces tenues y música suave de fondo.

Al acomodarse en una mesa apartada, Amélie se inclina hacia adelante, con los ojos fijos en los de él.

—Quiero que me pintes —dice, con la voz firme a pesar del nervioso aleteo en su estómago.

Alexander parpadea, sorprendido por su petición.

—¿Pintarte? —repite, con la mente acelerada—. No estoy seguro de poder capturar tu esencia en un lienzo.

Ella sonríe, con un toque de travesura en los ojos.

—Capturaste mi atención —bromea, alcanzando a trazar círculos en el dorso de su mano—. Quiero ver cómo capturas mi alma.

Su corazón se salta un latido ante sus palabras.

—Lo haré —promete, con la voz llena de determinación tranquila—. Te pintaré, Amélie. Pintaré cada parte de ti.

Su conversación deriva de bromas ligeras a temas más profundos e íntimos mientras se demoran sobre el café y el postre. Hablan de sus sueños para el futuro, sus miedos, sus esperanzas. Y a medida que avanza la noche, su vínculo se fortalece, su conexión se profundiza con cada momento compartido.

Cuando finalmente salen del café, las calles de París están bañadas por el suave resplandor de las farolas. Caminan tomados de la mano, sus pasos lentos y deliberados. Amélie se detiene de repente, con la mirada fija en una pequeña tienda de suministros de arte escondida entre dos boutiques.

—Ven conmigo —dice suavemente, con la voz llena de determinación tranquila.

Alexander la sigue adentro, la campanilla sobre la puerta sonando suavemente al entrar. La tienda es un tesoro de pinturas, pinceles y lienzos, cada artículo susurrando posibilidades no contadas.

Recorren los pasillos juntos, Alexander observando con fascinación mientras Amélie selecciona colores que hablan a su alma. Ella duda por un momento antes de tomar un gran lienzo, sus dedos recorriendo la superficie lisa.

—Este es —declara, con la voz firme de resolución—. Este es el lienzo que usarás.

Él asiente, con el corazón latiendo con fuerza en el pecho.

—No te decepcionaré, Amélie —promete, con la voz llena de determinación tranquila—. Pintaré algo que capture la esencia de quién eres.

Ella sonríe, una radiante sonrisa que ilumina toda la tienda.

—Te creo —susurra, entrelazando sus dedos con los de él—. Creo en nosotros.

Mientras salen de la tienda y se dirigen de regreso al apartamento de Amélie, Alexander siente una oleada de emoción y anticipación. Pintar a Amélie se siente como un viaje a un territorio inexplorado, una oportunidad para explorar no solo su forma física, sino también las profundidades de su alma.

De vuelta en su apartamento, se paran juntos frente al lienzo en blanco, el aire cargado de anticipación.

—¿Estás lista? —pregunta suavemente, con la mirada fija en ella.

Ella asiente, con los ojos brillando con emociones no dichas.

—Estoy lista —responde, con la voz apenas audible.

Él da un paso adelante, extendiendo la mano para tomar un pincel. Y mientras lo sumerge en la pintura, sabe que este momento, esta pintura, cambiará para siempre el curso de su historia de amor.

En el corazón de París, en medio de la belleza y el romance de la ciudad, Alexander y Amélie emprenden un viaje de autodescubrimiento y deseo, cada trazo del pincel acercándolos más. Su historia de amor continúa desarrollándose, un cuento de pasión y anhelo prohibido que trasciende el tiempo y el espacio.

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