Capítulo 1 Sombras en el recuerdo

El olor a café de la oficina del cuartel policial siempre me recordaba lo mismo: que la justicia, a veces, tiene un sabor amargo. Miré el reloj de pared. Las 3:00 a.m. Mis ojos ardían, pero mi mente estaba en otra parte. Estaba en un patio trasero lleno de girasoles marchitos, escuchando la risa estridente de Roger.

—¡Emily, no seas aguafiestas! —gritó Roger, mi hermano mayor, mientras intentaba convencerme de que una mantis religiosa era un aperitivo gourmet. Tenía quince años, una mancha de grasa en la camiseta y esa sonrisa que contagiaba a cualquiera.

—Deja de intentar comerte el bicho, Roger, te va a salir una pata por la oreja —le grité yo, siendo apenas una niña de diez años que lo miraba con una mezcla de horror y fascinación.

Él se echó a reír, esa carcajada sincera que los disparos de una esquina maldita se encargaron de silenciar para siempre solo dos años después. Roger no era un delincuente; era un chico curioso que, en el lugar equivocado y en el momento exacto, tomó una decisión equivocada. Las drogas fueron el cebo y un ajuste de cuentas, el final. Aquella noche, el mundo perdió a un futuro biólogo, y yo perdí a mi protector, a mi mejor amigo, al único que sabía exactamente cómo hacerme reír cuando el mundo se sentía gris. Juré que no dejaría que otros sufrieran lo mismo.

—Emily, deja de mirar el vacío. El papeleo no se va a llenar solo —la voz de Lester me sacó de mi trance.

Lester era mi ancla. Un hombre con la cara marcada por los años de servicio, casado con una mujer que le preparaba los sándwiches más deliciosos de la ciudad y padre de dos niñas que, según él, lo tenían vuelto loco. Era el único que sabía que mi dureza en la calle era, en realidad, una armadura de cristal.

—No es el papeleo, Lester. Es el aniversario. Hace diez años —respondí, girando mi silla para enfrentarlo.

Él dejó su café sobre el escritorio y me miró con esa mezcla de cansancio y compasión que odiaba. Sabía lo que venía.

—Lo sé. Pero recuerda que no podemos salvarlos a todos si tú terminas destruyéndote primero. El caso Rinaldi es el más grande de nuestra carrera, Emily. Necesitamos tu mejor versión, no a la niña que todavía espera que su hermano vuelva a casa para cenar.

Antonio Rinaldi. El nombre pesaba. Llevábamos meses tras su rastro. No era el típico capo de película con puros y guardaespaldas gritones; era un hombre de negocios, alguien que movía hilos desde un despacho minimalista en el centro financiero. Traficaba con vidas, con el mismo veneno que se llevó a Roger.

—Mañana empiezo la infiltración —dije, cambiando el tono a uno más cortante. Tenía que volver a mi papel—. Seré "Elena Varga", una contadora con habilidades para blanquear lo que haga falta. Me han dado un perfil de mujer fría, ambiciosa, sin lazos familiares directos. Perfecto para alguien que, técnicamente, no existe.

—Ten cuidado —Lester se acercó, bajando la voz—. Rinaldi no es un tonto. He visto su historial. Es meticuloso, casi quirúrgico. Si descubre que eres policía, no te llevará a la corte.

—Lo sé —le dediqué una sonrisa torcida—. Por eso no voy a dejar que lo descubra. Ya tengo mi historia de cobertura: una consultora financiera que decidió dejar su trabajo anterior por un "pequeño escándalo ético" que, en realidad, fue mi negativa a aceptar un soborno demasiado bajo. Lo suficientemente real como para que él se sienta atraído por mi falta de moralidad.

Salí del edificio sintiendo el aire frío de la madrugada. Mañana, mi vida dejaría de pertenecerme. Me convertiría en alguien que, irónicamente, Roger habría detestado. Pero era un precio necesario. Si para destruir el imperio de Rinaldi tenía que ensuciarme las manos con la tinta de sus libros contables, lo haría.

Ya en mi apartamento, un estudio pequeño y funcional, me puse frente al espejo. Practiqué la mirada. Despacio, quité la calidez de mis ojos, endurecí la mandíbula y dejé que la "Elena" que ellos querían viera, saliera a la superficie. Era una máscara, sí, pero una que empezaba a ajustarse peligrosamente bien.

No sabía entonces que el mayor peligro no era que él descubriera mi placa, sino que lograra ver, debajo de esa armadura, a la mujer que todavía buscaba girasoles en un campo de cenizas. Miré una última vez la foto de Roger en mi billetera.

—Por ti, hermano —susurré al vacío.

Era hora de jugar a ser la villana para poder ser la heroína de alguien que ya no estaba.

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