Capítulo 4 La grieta en la piedra

La primera semana bajo el mando de Rinaldi fue un ejercicio de contención absoluta. Aprendí a moverme por la oficina sin llamar la atención, a teclear números que movían fortunas de origen dudoso y a mantener mi mirada fija en el monitor cuando las conversaciones se tornaban demasiado oscuras.

Cada noche, al llegar a mi apartamento, me lavaba las manos compulsivamente. Era una reacción física a la suciedad metafórica que sentía tras trabajar con el dinero de Antonio. Odiaba a ese hombre. Odiaba su eficiencia, su falta de empatía al amenazar familias y esa forma que tenía de tratar la vida humana como un simple activo financiero.

Sin embargo, el martes siguiente, la narrativa se quebró.

Estábamos revisando unos estados financieros del sector transporte cuando una mujer irrumpió en el piso 20. No era una empleada; parecía una civil, con los ojos hinchados de tanto llorar y un niño pequeño agarrado de su mano. Los guardias intentaron interceptarla, pero Antonio, desde su despacho, salió al escuchar el alboroto.

—¡Es el dinero de mi marido! —gritó la mujer, ignorando la frialdad del ambiente—. ¡Ustedes lo están obligando a trabajar horas extra, está enfermo, no ha vuelto a casa en tres días!

El silencio fue absoluto. Yo me quedé paralizada tras mi escritorio. La mayoría de los capos habrían hecho que sacaran a la mujer a golpes. Pero Antonio se acercó con una calma que me desconcertó. Se agachó para quedar a la altura del niño, que escondía la cara en la pierna de su madre.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Antonio, su voz despojada de cualquier tono de mando.

—Marcos —susurró el niño.

Antonio buscó en su bolsillo, sacó un pequeño bolígrafo de plata —un objeto que, por su diseño, valía más que mi sueldo mensual— y se lo entregó al pequeño. Luego, se levantó y miró a la mujer. No hubo amenazas. No hubo gritos.

—Su marido es un hombre valioso para nosotros, señora. No sabía que estaba enfermo. Se irá a casa ahora mismo con un bono extra por su dedicación, y tiene permiso para descansar el resto de la semana. Personalmente, me aseguraré de que reciba atención médica.

La mujer se quedó muda, confundida ante la falta de hostilidad. Antonio le hizo una señal a su asistente y, en cuestión de minutos, el marido fue escoltado fuera del edificio con un sobre en la mano.

Cuando Rinaldi regresó a su oficina, sus ojos se cruzaron con los míos. En ellos no había triunfo, sino una sombra de amargura.

—A veces, Elena —dijo, pasando junto a mi escritorio—, la gente confunde el orden con la crueldad. Este es un negocio, pero los hombres que trabajan para mí son mi responsabilidad. Si ellos caen, mi estructura se desmorona.

Se encerró en su oficina. Yo me quedé allí, con los dedos congelados sobre el teclado. Me sentía confundida, casi traicionada por mi propia percepción. ¿Era misericordia o era estrategia? Probablemente ambas. Pero, por primera vez, vi que en Antonio Rinaldi no solo había una máquina de hacer dinero sucio, sino un hombre que entendía el peso de las vidas que tenía bajo su mando.

Me obligué a recuperar mi postura. No te confundas, Emily, me advertí. Ese hombre es la razón por la que tu hermano está muerto. Su bondad es una herramienta más para mantener a sus peones bajo control.

Pero mientras intentaba concentrarme en las cifras, mis ojos volvieron a la puerta de su despacho. La rabia que sentía hacia él no había desaparecido, pero se había mezclado con una curiosidad insidiosa. Era como intentar mirar el sol directamente; sabía que me iba a quemar, pero no podía dejar de buscar la luz en medio de toda aquella oscuridad.

Por la noche, le envié un mensaje a Lester: El sujeto muestra patrones de comportamiento paternalistas con su personal. Es calculador, incluso en su generosidad. Sigo sin detectar debilidades operativas.

Mentí de nuevo. La debilidad que había encontrado no era operativa, era humana. Y era mucho más peligrosa de lo que me atrevía a escribir.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo