Capítulo 5 El precio de la confianza

La mañana en Rinaldi Group comenzó con un clima denso. Antonio no había salido de su despacho desde el lunes, y el personal se movía con la cautela de quien sabe que una tormenta se está gestando. Yo me encontraba en mi cubículo, rodeada de pantallas que mostraban flujos de capital, tratando de mantener mi pulso firme mientras mis ojos escaneaban cada correo electrónico entrante en busca de una brecha en la seguridad del sistema.

Mi verdadera labor, aquella que mi placa me exigía, era silenciosa y peligrosa: encontrar la llave que abriera la puerta de Rinaldi. Sin embargo, ese miércoles, el sistema se volvió irrelevante cuando la puerta principal se abrió de golpe.

Marcus Baker, un socio de Rinaldi conocido en los archivos policiales por su brutalidad y su falta de tacto, irrumpió en el piso 20 con dos hombres armados a sus espaldas. Sus botas resonaban contra el mármol como disparos.

—¡Rinaldi, sal de ahí! —bramó Baker, ignorando a la recepcionista, que retrocedía aterrorizada—. ¡Ya me cansé de jugar a las escondidas!

Antonio abrió la puerta de su despacho con una calma que me puso los nervios de punta. No parecía alterado; parecía un depredador observando a un intruso descuidado.

—Estás en mi casa, Marcus. Baja el tono o perderás el privilegio de volver a entrar —dijo Antonio. Su voz era grave, desprovista de cualquier miedo.

Baker se acercó, invadiendo el espacio personal de Antonio. Comenzó a registrar el escritorio del jefe con desprecio, buscando algo concreto: un archivo sobre una nueva ruta de distribución que yo misma había procesado la noche anterior. Entonces, sus ojos, inyectados en sangre, se clavaron en mí.

—¿Quién es esta? ¿La nueva contadora? —preguntó Baker, señalándome con un dedo enguantado mientras se acercaba a mi escritorio—. ¿Es ella la que sabe dónde está el archivo?

El aire en la oficina se volvió irrespirable. Mi corazón latía contra mis costillas, pero mi rostro permaneció como una máscara de hielo. Si Antonio negaba mi conocimiento, Baker podría decidir que yo era un testigo molesto. Si confirmaba que sabía, me expondría a un interrogatorio que no terminaría bien.

Antonio dio un paso adelante, colocándose entre Baker y yo. Su cuerpo bloqueó mi visión del arma del intruso.

—Ella es solo quien organiza los números, Marcus. Y los números dicen que tú me debes cinco millones de dólares de la última entrega —respondió Antonio, manteniendo su voz baja y letal—. Si buscas problemas, ya tienes uno. No arrastres a mis empleados a tus juegos de poder.

Baker soltó una carcajada estridente, carente de humor. —No me fío de ella, Antonio. Demasiado tranquila para alguien que trabaja en este pozo.

—Esa es su mayor cualidad —replicó Rinaldi, cuya mirada se volvió oscura, casi inhumana—. Si vuelves a señalarla, consideraré que estás atacando mis activos personales. Y ya sabes cómo manejo eso.

Baker retrocedió, sopesando si valía la pena una guerra abierta en ese momento. Escupió una maldición al suelo antes de darse la vuelta y salir, seguido por sus hombres.

El silencio posterior fue tan pesado que parecía una presencia física. Antonio se giró hacia mí. Su expresión era ilegible, pero sus ojos estaban fijos en los míos, como si intentara buscar en mi mirada el miedo que Baker no pudo encontrar.

—¿Estás bien? —preguntó. No era una pregunta de cortesía. Era una evaluación táctica.

—He trabajado con hombres peores que el señor Baker —respondí, forzando una sonrisa gélida—. Solo me interesan los balances, señor. Las amenazas son ruido de fondo.

Antonio me sostuvo la mirada durante varios segundos. Sentí que estaba diseccionándome, buscando grietas en mi armadura. Pero no encontró nada. Asintió levemente, satisfecho, y regresó a su despacho, cerrando la puerta tras de sí.

Cuando estuve sola, mis manos, por fin, comenzaron a temblar bajo la mesa. Había sobrevivido al primer gran desafío, pero el precio era alto: Antonio había arriesgado su posición para defenderme. La gratitud que brotó en mi pecho se sintió como una traición. Mi mente racional gritaba que él solo protegía su operación, pero mi corazón, cansado de la lucha, empezaba a sentir el peso de ese vínculo.

Al llegar a mi coche esa noche, escribí el mensaje de rigor para Lester: "Incidente con socio. Rinaldi me defendió. Estoy dentro, pero las cosas se vuelven peligrosas. Necesito más información sobre Baker".

Miré la ciudad a través del parabrisas. La cacería continuaba, pero el cazador empezaba a sentir el peso de su propia presa. Estaba infiltrada, pero el hombre al que buscaba destruir me estaba obligando a verlo como un ser humano, y esa era la grieta más peligrosa de todas.

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