Capítulo 6 La trampa invisible

La confrontación con Marcus Baker había dejado una herida abierta en la estructura de Rinaldi Group. No era solo la amenaza física; era la desconfianza que se había creado. Antonio pasaba más tiempo en su despacho, las puertas estaban cerradas y el personal se movía con el sigilo de quien sabe que un error significa la desaparición.

Esa noche, el aire en el piso 20 era irrespirable. La lluvia golpeaba con violencia, mientras yo me quedaba sola, supuestamente terminando la auditoría de los últimos trimestres. Mi verdadera intención, sin embargo, era otra. Necesitaba respuestas que Lester se negaba a darme.

El mensaje que recibí en mi terminal cifrada esa mañana seguía quemándome en la retina: “No te preocupes por Baker. Concéntrate en el libro mayor. Tenemos razones para creer que hay corrupción local. Ignora cualquier sospecha sobre Baker”.

Aquello no tenía sentido. Baker no era una sospecha; era una bala perdida que había amenazado mi vida y la operación. Si la policía quería que ignorara a un criminal violento, era porque Baker estaba protegido por alguien dentro de nuestras propias filas. Necesitaba saber por qué. Con dedos temblorosos, introduje el código de acceso de alto nivel que Antonio me había confiado tras el incidente.

El servidor central de Rinaldi no solo albergaba registros financieros. Descubrí una partición oculta, una base de datos de "Activos y Contactos" que no aparecía en los informes convencionales. No busqué rutas de droga ni cuentas en paraísos fiscales. Busqué un nombre que me perseguía en cada pesadilla: Roger Miller. Mi hermano.

Lo que encontré me cortó el aliento. En un archivo etiquetado como "Colaboradores 2024", aparecía una fotografía de Roger, pero no estaba solo. Estaba sentado en un restaurante, aparentemente casual, con Lawson, el mentor de mi unidad policial. El archivo detallaba una transferencia bancaria, una reunión en un hangar privado y, finalmente, un documento de "Eliminación de Activo". Mi hermano no había muerto en un operativo fallido. Había sido ejecutado tras ser traicionado por su propio mentor.

El sonido metálico de la cerradura de la puerta principal girando me devolvió a la realidad. Cerré la sesión con un golpe seco justo cuando la luz inundó la oficina. Antonio entró, con la chaqueta sobre el hombro y una expresión de fatiga que rara vez permitía ver.

—Sigues aquí, Elena —dijo, cerrando la puerta tras de sí con una calma que me tensó cada músculo—. Es tarde. Incluso para una contadora tan dedicada.

No me acerqué. Mantuve la distancia, el corazón martilleando contra mis costillas. Si Antonio sospechaba que había estado hurgando en su servidor, no habría una segunda advertencia.

—Los números no se equilibran solos, señor Rinaldi —respondí, intentando controlar el timbre de mi voz.

Antonio caminó hacia el escritorio. Se apoyó contra el borde, bloqueando cualquier salida. Su mirada, oscura y penetrante, parecía capaz de leer las mentiras escritas en mi frente.

—Baker ha estado hurgando en mis asuntos privados —dijo, ignorando mi comentario—. Cree que tengo un topo. Alguien que vende información a su facción. Me ha sugerido que limpie la casa, empezando por los que tienen acceso a los servidores.

El silencio que siguió fue insoportable. Él estaba jugando conmigo. Me estaba obligando a hablar, a confesar o a defenderme.

—¿Y qué le ha dicho usted al respecto? —pregunté, forzando una calma que me costaba mantener.

—Le he dicho que mis activos son elegidos con precisión —respondió Antonio, acercándose un paso más—. Pero Baker insiste. Dice que la gente cambia cuando se ve acorralada. Dice que, bajo la presión adecuada, hasta la persona más leal comete errores que revelan su verdadera naturaleza.

Antonio se inclinó sobre el escritorio. Su perfume me envolvió.

—¿Crees que el traidor merece una segunda oportunidad, Elena? ¿O crees que la justicia, en este tipo de negocios, debe ser absoluta y sin contemplaciones?

Aquella era una pregunta sobre mí. Sabía que Lawson, mi jefe, estaba involucrado en la muerte de Roger. Sabía que la policía me había enviado allí con una mentira. Pero Antonio no lo sabía... ¿o sí?

—La justicia absoluta es un privilegio de quienes no tienen las manos sucias, señor Rinaldi —dije, sosteniéndole la mirada—. En el mundo real, los traidores a menudo son solo el reflejo de los errores de quienes los lideran. Quizás, si no hubiera tanta corrupción en los niveles superiores, nadie sentiría la necesidad de cambiar de bando.

Antonio se quedó en silencio, procesando mis palabras. Podía ver cómo sus ojos cambiaban de una sospecha a una extraña chispa de interés. Se acercó tanto que nuestras respiraciones se mezclaron.

—Me gusta cómo piensas —murmuró, su voz bajando a un tono peligroso—. Tienes una perspectiva única sobre el poder y la traición. Pero ten cuidado. El juego en el que estamos metidos no admite errores de cálculo. Si descubro que alguien en esta oficina está jugando para dos bandos, no habrá interrogatorios. Solo consecuencias.

Se apartó de golpe, rompiendo la tensión.

—Mañana te daré acceso a los archivos de cuentas de proyectos especiales. Es un área que solo un puñado de personas conocen. Si realmente eres quien dices ser, me lo demostrarás manejando esa información mejor que nadie. Si no... bueno, espero que tu lealtad sea tan fuerte como tus argumentos.

Salió del despacho, dejándome sola en la penumbra. Me dejé caer en la silla, temblando. Había sobrevivido, pero el juego había cambiado de nivel. Antonio me estaba dando las llaves de su reino, no por confianza, sino para que me perdiera en el laberinto de sus secretos.

La información que encontré sobre Lawson confirmaba mis peores temores. La policía no solo estaba vigilando a Rinaldi; estaban eliminando a cualquiera que supiera la verdad sobre sus propios enredos. Y ahora, yo era la única persona que conocía la conexión.

El peligro real ya no era solo la organización de Rinaldi. El peligro real era el hombre que me había enviado allí, el hombre que me pagaba un sueldo a cambio de mi silencio mientras conspiraba para enterrar la verdad sobre mi hermano.

Me levanté y miré mi reflejo en el cristal de la ventana. Ya no era Elena Varga, la contadora. Era una mujer en medio de un incendio. Si quería justicia, tendría que convertir a Antonio Rinaldi en mi aliado contra la policía. Era una locura. Era suicida. Pero, mirando los documentos que había copiado en una unidad encriptada, supe que era la única forma de sobrevivir.

El plan estaba claro: debía descubrir qué quería Lawson realmente de Rinaldi. Si podía encontrar la razón de esa reunión con mi hermano, tendría el arma necesaria para destruir a Lawson, incluso si eso significaba aliarse con el diablo para salir viva de este infierno.

La noche se hizo más profunda. Afuera, la ciudad seguía ignorante de la guerra que se estaba librando en las sombras de ese piso 20. Mañana comenzaría el verdadero juego, y esta vez, no jugaría según las reglas de nadie. Ni de la policía, ni de Antonio. Jugaba por Roger. Y esa era una apuesta que estaba dispuesta a ganar, sin importar quién tuviera que caer primero.

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