Capítulo 28 Dos tintas

El alba olía a orujo frío y a cuero mojado.

No desayunamos. El estómago se me había hecho un nudo contra la marca. Kael me tapó el cuello con una tira de lana áspera, no para esconder: para que el pueblo comprara letra y no diente. La lana me raspaba el pulso. Cada trago de saliva me recordaba ...

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