Capítulo 3 Capítulo sin título

Daniela

Me levanté de la alfombra. Había sido una estúpida por creer que podía solucionar algo. El corazón me dolía, tenía el alma en pedazos.

Tomé una decisión.

Agarré una bolsa de viaje y empaqué algunas prendas de ropa. Busqué mi cartera, guardé las tarjetas de crédito y el poco efectivo que tenía y salí del dormitorio.

Hubiera deseado ser más fuerte y no temblar de pies a cabeza. Una neblina enturbiaba mi mente, no podía pensar con claridad. Toqué la puerta del cuarto de Lía.

—¿Cami, estás bien? —Karina se me acercó con la angustia pintada en el rostro—. Escuché los gritos. No sabía si salir. No quería empeorar las cosas.

No pude mirarla a la cara. La vergüenza no me lo permitía. Otra vez lo mismo. ¿Cuántas peleas había presenciado Karina? Yo seguía siendo la estúpida de siempre y ella lo sabía, todos a mi alrededor lo hacían.

Observé a Lía entre las lágrimas que me empañaban la visión. Tenía que ser fuerte por ella.

—¿A dónde irás? —me preguntó Karina.

—No lo sé. No sé qué hacer. —Me quebré—. ¡Oh, Karina! ¡Soy tan estúpida!

No podía controlar mi llanto, las lágrimas salían desbordadas,

—No lo eres, Daniela. Estás dando un paso importante hoy. ¿Quieres quedarte en mi casa? No es mucho, pero tengo un sofácama que puedo ofrecerles a ti y a Lía.

Me separé de su abrazo y la miré conmovida, con la más triste de las sonrisas en mis labios.

—No quiero ser una molestia —dije en medio de sollozos—. Puedo ir a casa de mis padres.

—Muy bien —contestó ella con la firmeza que yo no tenía y cargó a Lía—. Vamos, entonces.

Karina condujo mi auto hasta su casa dando tiempo a que me serenara y dejara de llorar. Una vez allí nos despedimos con un abrazo y yo me hice cargo del volante hasta que media hora después llegué a la casa de mis padres.

Mis padres eran muy conservadores y las luces apagadas indicaban que dormían.

Exhalé un par de veces dándome ánimo, no sería fácil estar frente a ellos y decirles que acababa de abandonar a mi marido, a quienes ellos consideraban el esposo perfecto. Suspiré una última vez y toqué el timbre.

Después del segundo toque, escuché pasos adentro, la luz del vestíbulo se encendió. Abracé a Lía, su calor me daba fuerza.

—¡Daniela! ¿Qué hacen aquí tan tarde? —Mi madre en bata de dormir me miró sorprendida. Por encima de mi hombro escudriñó hacia la calle oscura en dirección al auto estacionado—. ¿Y Augusto?

—No vendrá. ¿Nos dejas entrar, por favor? Está helado y no quiero que Lía se resfríe.

Ella se apartó del umbral y nos permitió el paso.

—¿Sucedió algo, Daniela? —preguntó mi mamá detrás de mí mientras yo caminaba hacia las habitaciones—. ¿Por qué Augusto no está con ustedes?

Abrí la puerta de mi antiguo dormitorio. Los muebles seguían tal cual los dejé cinco años atrás. Aparté la colcha y acomodé a Lía en mi cama de soltera. Mi niña me miró con sus ojitos cafés interrogativos.

—Dormirás en la cama de cuando yo era niña. —Le sonreí y peiné su flequillo castaño a un lado de su frente.

—¿Tú domías aquí, mami?

—Así es, cuando vivía en esta casa con los abuelos. Ahora tú tendrás hermosos sueños como yo los tuve. —Besé su frente y mantuve la sonrisa cunado por dentro estaba quebrada—. Vendré en un momento, ¿sí? Dormiremos juntas, el Señor Lolo te cuidará mientras vuelvo.

Lía asintió y cerró los ojos, abrazada a su gato de peluche. Me levanté y me giré. Mi madre nos observaba desde el umbral. Pasé junto a ella y sentí su mirada inquisitiva.

—¿Podría preparar un té en la cocina? —pregunté. Mi madre dudó y giró la cabeza en dirección a la puerta entreabierta de su dormitorio. No era necesario que lo dijera, ella temía que papá se levantara enojado—. Te contaré lo que pasó, no haremos mucho ruido.

Mamá aceptó con un suspiro. Yo caminé a la cocina mientras ella iba al vestíbulo y apagaba la luz para que la casa estuviera lo más oscura posible y papá no se despertara.

—¿Qué pasó, Dani? —preguntó mamá cuando entró a la cocina.

—Augusto volvió a hacerme daño. —Me aparté los mechones castaños y le mostré las marcas que sus dedos dejaron en mi cuello—. Ya no lo soporto más.

Mi madre me atrajo hacia ella en un abrazo ceñido. Sentir la calidez de su cuerpo hizo que me desbordara de nuevo. Terminé aferrándola con fuerza mientras ella me acariciaba el pelo y yo lloraba.

—Ssh, ya. Tranquila. Son solo unas marcas, casi ni se notan.

Me separé de su abrazo y la miré confundida.

—¿Solo unas marcas? ¡Mamá, Augusto me estaba asfixiando! ¡Trató de matarme!

—¡Daniela, por Dios! ¡No seas exagerada! Algo debiste hacer para enojarlo.

Sus palabras fueron como un balde de agua fría.

—¡Dios! —Me aparté del todo de ella y me acaricié la frente.

—Los hombres no son como nosotras, no saben controlar sus emociones o su fuerza. Estoy segura de que él no quería hacerlo.

—¡Él nunca quiere hacerlo, mamá!

—¡¿Lo ves?!

—¡Pero lo hace! ¡Y ya estoy cansada de sus celos… de que me prometa que las cosas van a cambiar y nada lo haga! —dije derrotada.

—Ay, Dani. —Mi madre volvió a abrazarme—. Que la vida en pareja funcione depende de nosotras, de que ellos se sientan amados y seguros. Si lo logras, ellos te amarán de vuelta.

—¿Cómo papá te ama de vuelta?

Me arrepentí en cuanto las palabras salieron de mi boca, el rostro de mi madre se ensombreció.

—Disculpa. Venir acá fue una mala idea. —dije—. Solo estaremos unos días mientras consigo otro sitio donde vivir.

—¿Qué estás diciendo, Daniela? ¿De verdad piensas abandonarlo? Cometes un error, seguro que él a esta hora está muy arrepentido.

—Ya no me importa si se arrepiente. —Terminé la discusión. No quería volver a herirla—. Hablamos mañana mejor. Estoy cansada, mamá.

—Daniela, por favor, piensa bien las cosas.

—Sí, eso intento. —Sonreí sin ganas—. Hasta mañana.


La luz mañanera atravesaba la delgada cortina blanca. Me moví y aparté los pequeños pies de mi hija incrustados en mi costado.

La noche fue un largo rosario de despertares. Cada vez que lograba dormirme una pesadilla me hacía levantar. Pero ya el sol salía y debía ponerme en marcha.

Pasé la mañana buscando departamentos en donde mudarme con Lía y esquivando la retahíla de mi madre, quien trataba de convencerme de que volver con Augusto era lo correcto.

Luego de la cena, el timbre sonó, mi madre fue a abrir y una voz conocida hizo que la sangre se me fuera a los pies. Era Augusto y le pedía a mi madre que me llamara.

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