Capítulo 4 Capítulo sin título
Daniela
Augusto estaba en el umbral, todavía con el uniforme del hospital, mirándome fijamente, ceñudo, mientras mi madre le explicaba la situación.
—Está completamente fuera de control —le dijo ella—. ¡Quiere abandonarte!
—Gracias por avisarme, Amada. Arreglaré las cosas.
Ella lo había llamado. Mi propia madre me había traicionado.
No sé cómo se despertó Lía, pero en cuanto escuchó la voz de su padre, corrió hacia él.
—¡Papi, papi!
No tuve tiempo de detenerla. Cuando salí a la sala, Augusto la cargaba en los brazos.
—¡Daniela, tenemos que hablar!
—¡No quiero hablar contigo! ¡Ahora dame a Lía!
—Estás haciendo un berrrinche, Daniela. Deja esto ya y volvamos a casa. —Augusto miró a la pequeña en sus brazos—. ¿Quieres ir a casa, verdad mi amor?
—Shi —contentó Lía, mirando a su padre—. Quelo panquecash.
—¿Lo ves? Nuestra hija quiere regresar a casa, así que vamos.
Apreté los dientes y crucé los brazos sobre mi pecho, no podía flaquear ahora.
—No voy a volver, así que dame a Lía.
La mirada de Augusto se tiñó de odio y tuve miedo de él. Con horror lo vi darse la vuelta y caminar hacia la puerta con mi hija en sus brazos.
—¡¿Qué estás haciendo?! ¡Entrégame a Lía!
—Lárgate si quieres, pero Lía se queda conmigo.
Augusto caminó de prisa, yo corrí detrás de él, pero por más que me apuré, no llegué a tiempo. Subió a su coche y se la llevó.
Subí a mi auto. No permitiría que me la quitara, Lía era todo lo que tenía.
Conduje lo más rápido que pude, pero en el tráfico de la avenida lo perdí. En medio de la desesperación que sentía fui a nuestra casa pensando que él estaría ahí con nuestra hija, pero la casa estaba a oscuras. Augusto no estaba allí y el alma se me fue a los pies.
Volví al auto, llamé a su celular una y otra vez temblando, con la desesperación asfixiándome. Cuando ya me daba por vencida, él respondió.
—¡Augusto, devuélveme a Lía! —exigí llorando.
—Somos una familia, Daniela. La única forma de que estés con ella es que regreses a casa, conmigo.
—¿Por qué me haces esto? —Mi voz temblaba debido al llanto—. Tú no me amas.
—¿Cómo puedes decir eso? Las amo más que a nada, pero tú te volviste loca. ¡Piénsalo! ¿Qué clase de vida vas a ofrecerle a nuestra hija? No tienes empleo.
—¡Voy, voy a trabajar!
—¿Ah, sí? ¿Y quién la cuidará mientras lo haces? No voy a darte dinero para que extraños cuiden a mi pequeña. Vuelve a casa y tendrás todo de vuelta.
Las manos con las que sostenía el teléfono me temblaban. ¿Era eso lo que debía hacer? ¿Resignarme?
Era cierto, no podía ofrecerle nada a mi pequeña. Pero tampoco le daría una vida donde tuviera que ver a su madre humillada una y otra vez. No permitiría que viviera con miedo como lo hice yo cada vez que mi padre le gritaba o golpeaba a mi madre.
—No voy a volver, Augusto.
—Entonces, Lía se queda conmigo.
Cerró la llamada y el mundo se me vino encima. La voz se me quebró en un grito ahogado. Lloré frente a nuestra casa hasta que las lágrimas se agotaron y solo quedó el vacío en mi pecho.
Como una muerta en vida encendí de nuevo el motor del auto y manejé sin rumbo durante un tiempo indefinido hasta que las luces de neón de un bar de moda llamaron mi atención.
No tenía a donde ir.
Quería entrar allí y ahogar mi dolor en el licor. Llorar mi fracaso. Mañana me levantaría, pero esa noche solo quería derrumbarme.
Bajé del auto y me acerqué a la puerta del local. Era un sportbar, la música de moda sonaba afuera desde el interior.
Salí de casa persiguiendo a Augusto con la ropa que usaba durante la cena en casa de mis padres: pantalón deportivo negro, camiseta de tirantes gris y pantuflas. El vigilante de la puerta me miró de pies a cabeza, debía lucir lamentable.
—Voy a buscar a alguien —dije con una falsa sonrisa—. No tardaré.
Él me miró, no muy convencido, pero me dejó entrar.
El bar estaba bastante lleno. En el fondo, una pantalla de cincuenta y seis pulgadas transmitía un juego del Barcelona contra el Real Madrid. Todas las mesas las ocupaban fanáticos que aupaban a sus equipos.
Me senté en la barra, donde sonaba música pop, lejos del alboroto de los jóvenes que miraban el juego y pedí un gin-tonic.
No dejaba de pensar en Lía y, a pesar de mi decisión de dejar a Augusto, me asaltaba la duda de si era capaz de continuar sola. Quizá debía intentar una vez más salvar mi matrimonio.
Una lágrima se deslizó por mi mejilla cuando recordé las palabras de Augusto: si volvía lo tendría todo de vuelto, incluyendo a mi hija.
Terminé el primer trago y pedí otro. No acostumbraba a consumir alcohol, excepto una copa de vino acompañando alguna cena especial, lo cual no ocurría con frecuencia. Después de ese segundo trago, todo comenzó a darme vueltas.
—¿Por qué llora? —preguntó el hombre sentado en el asiento de al lado.
—Seguro por un imbécil que no sabe tratar a una dama tan bonita. —Otro hombre se acercó.
Los dos caballeros parecían conocerse.
—Dejé a mi esposo.
—Apuesto que se lo merecía —dijo el primero.
—Sí, pero se llevó a mi niña. —Dos lágrimas rodaron por mi cara.
—Oh, pobrecita. Soy experto en rupturas, ¿sabe? No hay nada como el alcohol para olvidar las penas. —El hombre miró al camarero—. Otro más para la señorita.
—No creo que sea buena idea. Todo me da vueltas.
—No se preocupe. Uno más y se sentirá mejor.
—No, gracias.
Traté de levantarme para irme, pero el hombre que estaba de pie no me lo permitió. Se acercó más y con su mano en mi espalda me forzó a seguir sentada.
—Acéptenos un trago más, por favor —dijo.
No podía enfocar bien la vista, cada vez más las personas y los objetos en mi campo de visión giraban.
El que se sentaba a mi lado acercó la bebida a mi boca.
—No quiero —dije—. Estoy mareada.
—Anda, uno más.
El hombre puso el vaso en mis labios, aparté el rostro. No quería.
—La señorita dijo que no.
La voz grave y potente de otro hombre irrumpió en la conversación. Traté de mirarlo, pero los rasgos de su cara eran borrosos.
—¿Y tú quién
eres? —preguntó uno de los hombres.
—Soy su esposo.
—¡¿Augusto?!
