Capítulo 5 Capítulo sin título

Leonardo

Cada vez que gritaban en el fondo del bar, los ojos de Samuel se deslizaban hacia la pantalla que transmitía el juego. Demoraba un rato tratando de ver si algún equipo había anotado y después volvía a mirarme.

—Ajá, entonces los viejos de la junta directiva de la revista quieren que te cases. —Mi hermano estalló en una carcajada y yo puse los ojos en blanco.

—No es gracioso —dije fastidiado.

—Claro que lo es. —Volvió a reír—. Aunque si lo piensas, tiene sentido. Sí el serio editor en jefe con pinta de estreñido está casado con una dulce mujer, mejoraría la percepción actual de la revista.

Achiqué los ojos mirándolo e hice un mohín gracias a su chistosito comentario.

—Es absurdo, Samuel. —Bebí un trago de mi cerveza—. Mi vida sentimental no tiene por qué afectar la credibilidad de la revista.

«Goooooool».

El bar entero pareció venirse abajo. Mi hermano olvidó nuestra conversación, se levantó y empezó a gritar como un loco. El Barsa había anotado.

Cinco minutos después recordó que estaba conmigo y que hablábamos.

—Ajá, entonces… ¿En qué estábamos? Ah, sí, tu matrimonio rosa cambiará la imagen nazi de la revista. Todo sería más fácil si Claudia no te hubiera dejado.

«Golpe bajo».

Bebí otro trago para pasar el mal sabor de que la mencionara.

—Ella no me dejó. —Lo fulminé con la mirada.

—No, claro. Se fue a cumplir sus sueños, lo cual es igual. ¿Sabes qué? Creo que sí te vendría bien una novia. ¿Desde cuándo no sales con nadie?

—No lo necesito, mi trabajo me hace feliz.

A mi alrededor decenas de fanáticos continuaban gritando. Ir ahí fue idea de Samuel, yo hubiese preferido un lugar más tranquilo.

—Trabajo que vas a perder si no consigues novia pronto. —Mi hermano bebió su cerveza directamente de la botella y luego me miró muy serio—. El celibato no es bueno, Leonardo. —Señaló con el índice mi entrepierna—. Si no lo utilizas, se te va a atrofiar. El mío siempre lo uso, por eso funciona a la perfección. Es como engrasar un mecanismo, ¿entiendes?

De pronto, todos en el bar volvieron a levantarse y se abrazaron entre sí. El partido había terminado con el Barsa como ganador. Samuel saltó unos dos minutos y se abrazó con unos desconocidos, entre ellos una chica con quien llevaba todo el rato coqueteando. Para mi sorpresa, ella lo besó en la boca en la efusividad de la celebración.

—¡Estoy enamorado! —Mi hermano se tiró en el asiento con la mano en el pecho cuando se separaron, fingiendo que se desmayaba.

—Acabas de conocerla —dije con voz monótona.

—¡Amor a primera vista! —Pestañeó varias veces como lo haría una colegiala.

—Vamos a celebrar por ahí. ¿Vienen? —preguntó con voz seductora y ojos entornados la chica que se había besuqueado con mi hermano.

—Eh, no creo —dije.

—¡Claro! —respondió Samuel al mismo tiempo que yo.

—Leonardo, no me hagas esto, por favor. —Samuel se inclinó hacia mí y me susurró al oído, sonaba desesperado.

Por un momento me recreé con la idea de arruinarle la conquista y arrastrarlo conmigo a casa.

—No se preocupen por mí —respondí—. Mañana debo trabajar temprano. Vayan ustedes.

—¿Estás seguro, hermanito?

—Sí, sí. Hablamos después.

—Te debo una —dijo Samuel solo moviendo sus labios.

En realidad yo no era nada sociable. De joven me costaba hacer amigos. Mi hermano, en cambio, era lo que se dice el alma de la fiesta. Era quien me arrastraba fuera de casa con la esperanza de que abandonara mi actitud de ermitaño.

Ahora de adultos seguíamos iguales, solo que ya me había acostumbrado a ser un solitario y lo disfrutaba.

Después de que ellos se fueron, me levanté para ir al sanitario antes de marcharme.

La mayoría de los clientes se concentraban al fondo del bar, frente al televisor que transmitía los deportes, en la barra solo había una chica que se balanceaba en su silla. Un par de sujetos se acercaron a ella y la rodearon.

Seguí mi camino hacia los sanitarios, pero al pasar junto a la barra escuché a los tipos. Le ofrecían otro trago a la chica, la cual parecía bastante alcoholizada.

Odiaba los baños de bares y discotecas, siempre estaban sucios y ese no era la excepción. Oriné rápido, me lavé las manos y salí. Quería irme pronto, llegar a casa y darme un baño. Luego vería las últimas noticias más importantes antes de acostarme.

En la barra el par de tipos insistían para que la chica tomara otro trago, pero ella se negaba.

Cuando pasé de regreso, escuché que uno le decía al otro que casi lo lograban.

Miré de nuevo a la joven que casi no podía mantenerse erguida y me dio asco lo que los tipos pretendían.

—No quiero —suplicó la joven arrastrando las palabras—. Estoy mareada.

—Anda, uno más —dijo uno de los hombres y le acercó el vaso para obligarla a beber.

La muchacha se resistía y trataba de quitárselos de encima, pero entre los dos la tenían acorralada.

Tendría que haber seguido de largo, pero si lo hacía, ¿qué clase de persona sería? Apreté los dientes y di un paso hacia ellos.

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