Capítulo 6 Capítulo sin título

Leonardo

Me pare detrás de la chica y los tipos de inmediato me miraron.

—La señorita dijo que no. —No lo pensé, actué.

—¿Y tú quién eres? —preguntó uno de ellos de mala manera, girando hacia mí.

—Soy su esposo —dije por puro impulso.

—¡¿Augusto?! —contestó la chica asombrada.

La joven se inclinó hacia mí. Tuve que apurarme y sostenerla para que no cayera de la silla.

—Antes dijo que te dejó. —El otro tipo me miraba dudando, con el ceño fruncido.

—¡Pues aquí estoy! ¡No los quiero cerca de mi mujer!

La chica seguía tambaleándose de un lado a otro, así que la agarré con más fuerza y la apreté contra mi cuerpo para mantenerla erguida.

«Augusto» seguía repitiendo ella.

—¡Largo!

Los tipos me miraron con mala cara, pero se marcharon.

—Augusto —volvió a decir la muchacha.

—Vamos. —La ayudé a levantarse—. Arriba.

La muchacha se abrazó a mí, le costaba estar de pie, así que la sostuve con más fuerza rodeando su cintura pequeña, toda ella era liviana.

—¡Ey, amigo! ¡Ella no ha pagado su cuenta! —Me detuvo el camarero antes de que avanzará con la chica a rastras.

Dejé un par de billetes sobre el mostrador y salí con la joven hacia el exterior, con la esperanza de que el aire frío de la noche la pusiera más alerta.

—Augusto —dijo y me pareció que sollozaba—. Déjame, déjame ir.

—No soy Augusto. Voy a llevarla a su casa. ¿Dónde vive, señorita?

—Déjame ir. —Volvió a pedir entre lágrimas.

La muchacha se debatió en mis brazos y comenzó a golpearme.

—¡No voy a volver contigo! ¡Suéltame!

—¡Cálmese, señorita! —Le sostuve ambas muñecas—. ¡No soy Augusto! Dígame dónde vive. La llevaré a su casa.

—¿Por qué, Augusto? Yo te amaba.

Y sin que lo esperara se alzó de puntillas, se me guindó del cuello y me besó en los labios.

Abrí de par en par los ojos y la solté. No podía creer lo que pasaba. La muchacha movía sus labios con sabor a ginebra y limón sobre los míos.

Aquello estaba mal. Muy mal.

La separé de mí con cuidado y ella estalló en llanto.

—¿Por qué no me amas? —Trató de abrazarme de nuevo—. ¡Augusto!

La sostuve de los brazos antes de que se acercara demasiado otra vez.

—Di que me amas. —Iba a volver a llorar.

—Sí, te amo —le dije para que colaborara y caminara hasta mi auto y sobre todo, para que no me besara de nuevo—. Ahora vamos a casa.

—¿Con Lía?

—Sí, con Lía.

Rodeé su cintura con un brazo y la pegué a mi cuerpo para darle estabilidad. Caminamos hasta mi auto entre tropezones.

La senté y le amarré el cinturón. Seguía sin saber dónde vivía, pero cuando volteé para preguntarle, se había dormido.

—M@ldición —renegué—. ¿Qué se supone que debo hacer ahora?

Volví a mirarla. ¿Cómo de una cena con mi hermano, terminé con una extraña ebria en mi auto? Era algo inaudito, más propio de que le sucediera a Samuel que a mí.

Paré frente al primer hotel de tres estrellas que apareció en el camino, la dejaría allí y luego me iría a mi casa.

Le di un par de palmadas suaves en el rostro y la chica medio despertó.

—Vamos —dije.

—Augusto.

—Sí, sí, Augusto.

El recepcionista, aunque me miró con suspicacia, no hizo preguntas. Pagué la habitación y me entregó la llave.

El cuarto, pequeño, pero limpio, tenía poco mobiliario: Una cama de dos plazas, un armario, una mesita y el baño.

Suspiré aliviado de que por fin me desaría de la chica. Justo cuando iba a sentarla en la cama, ella hizo un movimiento extraño. Otro. Su cuerpo se agitó y lo vi en cámara lenta: el vómito que vino directo hacia mí.

—¡M@ldita sea! —exclamé sin poder creer mi mala suerte.

—Lo siento, lo siento, Augusto.

La muchacha empezó a lloriquear entre temblores. Se apartó de mí y resbaló con los restos de vómito.

—¿Estás bien? —Me acerqué a ella y se estremeció, se cubrió con los brazos en un movimiento instintivo como si fuera a golpearla—. Tranquila, no voy a hacerte daño.

—No quise hacerlo —se excusó con un puchero—. Perdóname, por favor.

—Está bien, tranquila.

Fui a agarrarla y me volvió a vomitar.

La noche no podía empeorar más. ¿Qué clase de karma estaba pagando para merecer que una desconocida me hiciera esto? No tenía por qué soportarlo. Mi acto de caridad llegaba a su fin.

Me levanté dispuesto a irme, si había algo que no soportaba era la suciedad. Pero cuando volví a verla me arrepentí. Lucía tan indefensa sentada a los pies de la cama, con la cabeza gacha, el cabello sucio y llorando sentada en su vómito entre disculpas incoherentes. Algo en mi interior se removió.

—M@ldición —me dije a mí mismo. No podía dejarla así.

La alcé por las axilas arrugando la nariz debido al olor y la llevé a la sala de baño, por fortuna esta tenía una bañera. Senté a la joven, medio dormida, en el retrete y llené la tina con agua tibia. Cuando estuvo lista, me giré y la observé. Debía quitarle la ropa y bañarla.

—Mierd@. —Me pasé la mano por el rostro—. ¿Cómo terminé en esto?

La muchacha usaba una camiseta de tirantes, pantalón deportivo y pantuflas. Le bajé el pantalón intentando mirarla lo menos posible.

Revisé los bolsillos de su ropa, encontré dos tarjetas de crédito platinum a nombre de Daniela Díaz, las llaves de un Mazda, una tarjeta de identificación, también de Daniela Díaz que según su fecha de nacimiento tenía veintisiete años. Y nada más.

No había teléfono, ni tarjeta de seguro social donde apareciera su dirección o alguien a quien llamar.

Suspiré frustrado.

—Mucho gusto, Daniela. Espero me perdones.

Tragué grueso y levanté las orillas de su camiseta gris de tirantes manchada de vómito.

No tenía sujetador.

«M@ldita sea».

La levanté casi sin mirarla y la metí dentro de la tina. Me di la vuelta para darle privacidad durante el baño, pero un sonido de chapoteo me hizo voltear. Daniela se había hundido en el agua. Iba a ahogarse.

—Mierd@.

Me apuré a sacarla. Ella tosió un par de veces, pero ni aun así abrió los ojos. Me aseguré de que estuviera bien sentada y fui por el champú. Le lavé el cabello y durante el tiempo que duró el baño, permaneció dormida.

Cuando terminé, pensé angustiado en que tenía que sacarla y enfrentarme a su cuerpo desnudo otra vez.

—Bien. Sin mirar, sin mirar.

La saqué de la bañera y Daniela por fin medio despertó.

—Augusto. —sollozó. Me abrazó y el agua que goteaba su cuerpo mojó mi camisa.

—Vamos a dormir, Dani. —Le envolví la toalla alrededor de su cuerpo, intentando no mirarla, ni tocar su pecho.

—¿Te quedarás, conmigo? —preguntó arrastrando las palabras.

—Sí —contesté con un hilo de voz.

—Hazme el amor. Hace tanto que no me tocas.

La tumbé en la cama antes de que me abrazara otra vez y la cubrí con la colcha para que no sintiera frío. Corrí al baño, humedecí una toalla y limpié lo más que pude el vómito de mi camisa.

La noche había sido extraña, cosas como estas jamás me pasaban. Daniela dormía profundamente, envuelta en el silencio tibio de la habitación. Me acerqué a ella y le quité el cabello húmedo de la cara. Por un momento me pareció tan frágil que quise conocer toda su historia. ¿Quién era Augusto? ¿Era por él que estaba en ese bar?

No le di más vueltas, la miré una última vez y me dispuse a salir.

—Adiós, Daniela.

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