Capítulo 7 Capítulo sin título
Daniela
La cabeza me palpitaba dolorosamente. Abrí los ojos y la luz fue una tortura.
Pero peor fue no reconocer donde me encontraba.
—¿Dónde estoy?
Me incorporé de golpe, una toalla resbaló de mi torso, estaba desnuda.
—¡Por Dios!
Aparté la colcha, solo llevaba puesta las bragas. Me levanté y corrí hasta el espejo de la cómoda. Mi cabello lucía despeinado, el maquillaje corrido.
—¡Dios mío! ¡¿Qué pasó anoche?!
Me toqué, me examiné en el espejo sin saber muy bien qué buscaba. Todo parecía en orden. ¿Pero cómo había llegado ahí?
—¡Mierda, mierda, mierda!
Mi ropa estaba doblada sobre la cama. Me la puse a las carreras y vi que la camiseta lucía una gran mancha en el centro… y apestaba a vómito.
Poco a poco, recordé. Augusto fue a casa de mis padres y se llevó a Lía. La zozobra volvió. Tenía que recuperar a mi niña.
Recordé qué, decepcionada, quise olvidar. Tomé dos gin-tonics en un bar. Había dos hombres.
Tenía la impresión de que Augusto me sacó de ahí en su auto.
—Lo vomité. Tuvo que ser él quien me bañó.
No. Algo se sentía mal. Augusto no me hubiera dejado sola en ese hotel. ¿Y si uno de esos hombres que conocí en el bar fue quien me llevó? ¿Y si me abusaron?
La cabeza me dolió más.
Terminé de vestirme. Busqué los zapatos y recordé que no tenía. Usaba las pantuflas que me prestó mi madre.
Dejé la habitación y fui a la recepción.
—Buenos días. —Entregué la llave al encargado con una sonrisa forzada, pero por dentro estaba gritando—. ¿Podría decirme cuánto debo, por favor?
—Buenos días, señorita. La habitación ya fue cancelada.
—¿Quién la pagó?
—Su acompañante. —El tipo de la recepción me miró como si estuviera loca, no era para menos si no lograba acordarme de con quién había ido.
—¿Me podría decir su nombre, por favor? —pregunté y el encargado me miró con el ceño fruncido y los ojos en rendija, todavía más mosqueado—. Verá, anoche tomé de más y no recuerdo casi nada. No sé quién me trajo, ni qué sucedió.
—Comprendo. —El hombre, muy diligente, revisó el registro—. Leonardo Del Río.
—Gracias.
Leonardo Del Río. Ese nombre no me sonaba de nada.
Sonreí sin ganas, pedí un taxi y me marché por mi auto, el cual seguía estacionado frente al bar de la noche anterior. Luego busqué un médico, necesitaba saber si había sido abusada.
Por fortuna no fue el caso. El doctor que me examinó comprobó que no había señales de relaciones sexuales recientes.
Di gracias al cielo, el tal Leonardo Del Río quizás había sido un ángel enviado para ayudarme. Tal parecía que el refrán de Dios aprieta, pero no ahorca era cierto.
Le entregué la tarjeta a la secretaria del ginecólogo para pagar la consulta.
—Lo siento su tarjeta aparece como restringida —me informó luego de un par de minutos.
—No, no puede ser. —Sonreí nerviosa—. Pruebe con esta.
La mujer lo hizo con idéntico resultado.
—¿Tiene alguna otra forma de pago?
Rebusqué en mi bolso, tenía un par de billetes. Si mis tarjetas seguían sin funcionar, el cambio que me dio la secretaria no alcanzaría para rentar un hotel, ni siquiera para sustituir las pantuflas por zapatos.
Augusto debió cancelar mis tarjetas, a fin de cuentas era su dinero, yo no tenía nada.
Estuve quince minutos sentada en el coche frente al volante, pensando qué hacer a continuación. No tenía dinero, ni a donde ir, tampoco a mi hija.
Suspiré y le marqué a Roselena, al segundo timbre contestó.
—Ya te iba a llamar —dijo con voz risueña a modo de saludo—. ¿Qué tal estuvo la noche romántica con Augusto? ¿Seré tía pronto otra vez?
Me quedé callada sin saber qué responder. Habían pasado tantas cosas que no supe por dónde empezar.
—Dani, ¿qué ocurre? —Su tono de voz cambió por uno preocupado—. Tranquila, ya salgo para allá.
—No —dije en medio de un sollozo—. ¿Puedo quedarme unos días contigo, Ros?
Mi amiga no contestó de inmediato, su silencio se me hizo eterno. Era una mala idea, Roselena tenía pareja y seguro mi presencia perturbaría su relación. Iba a disculparme por importunarla cuando ella habló:
—El maldito de Augusto volvió a lastimarte, ¿cierto?
—Sí. —La respuesta fue una declaración de mi alma rota—. No puedo más, Ros.
—Lo sabía.
Y me quebré.
Lloraba por tantas cosas que demoré en calmarme. En esos minutos Roselena me consolaba del otro lado de la línea con palabras tiernas.
—Iré a buscarte.
—No. Estoy en el auto, puedo conducir a tu casa.
—¿Estás segura, Dani? No te escuchas bien.
—Sí, estaré allá en diez minutos. —Me sorbí la nariz—. Gracias, Ros.
Roselena vivía en una urbanización cerrada, muy tranquila, donde la mayoría de los habitantes eran parejas de jubilados y solteros. Tal vez se debía a que las casas, aunque bonitas y confortables, no eran muy grandes.
Estacioné el auto detrás del suyo y cuando salí, ella también lo hacía de la vivienda.
Corrió a abrazarme.
—¿Estás bien, cariño? —me preguntó acomodando un mechón de cabello castaño detrás de mi oreja.
—Sí. —Sonreí con tristeza—. Te agradezco mucho que hagas esto por mí. Será momentáneo mientras encuentro un lugar.
—Mi casa es tu casa, tonta. ¿Dónde está Lía?
Negué con las lágrimas aflorando a mis ojos otra vez.
—Augusto se la llevó.
—¡No es posible! —Mi amiga se enfureció—. ¡Vamos a denunciarlo! No puede hacerte esto!
—En realidad sí puede. No tengo un sitio que ofrecerle . Ni dinero. Tampoco puedo pagar un abogado ahora.
—Daniela, yo me encargaré de los gastos.
—¿Cómo lo harás? —Sonreí entre lágrimas—. Estás pagando la hipoteca de esta casa. No puedo sobrecargarte de esa manera. Nicolás me consiguió una entrevista. Iré mañana, es en una revista importante. Obtendré el empleo y contrataré un abogado.
—Dani…
Roselen avolvió a abrazarme. Se sentía bien contar con alguien al fin.
—Hueles horrible —dijo cuando nos separamos y yo reí un poco.
—Es vómito.
—¡¿Qué?! ¡Iuck! —Roselena se limpió la camisa con las manos, con la cara arrugada en una expresión de asco.
—Algo muy raro pasó anoche —dije y ella me miró extrañada.
—Entremos. Tienes mucho que contarme.
Roselena y yo hablamos al menos durante dos horas.
—Parece que todavía hay hombres decentes en el mundo —dijo ella luego de que le conté lo que sucedió en el bar y el hotel.
—Me gustaría conocerlo y darle las gracias.
—Ay cariño. Piensa que ese hombre te vio desnuda. Yo tú me muero de la vergüenza si lo conociera.
Llevé la taza de café a los labios. No había pensado en eso. Era cierto, no me abusó, pero desperté con solo las bragas puestas y una toalla alrededor de mi torso. Él debió limpiarme el vómito y quit
arme la ropa. Me mordí el labio inferior, avergonzada. Mejor nunca conocerlo.
