Capítulo 1 El último aviso

El último aviso

El sobre era blanco, delgado y no pesaba casi nada. Aylin lo sostuvo entre los dedos como si pudiera romperle el cuello al papel.

Llovía sobre Santiago con esa insistencia gris que no limpia nada, solo empapa. El departamento olía a humedad, a café pasado y a la última lavanda barata que había comprado para disimular el moho de la pared del baño. En la mesa de la cocina —si se le podía llamar mesa a aquel tablón cojo— estaban las facturas dobladas, el frasco de pastillas de su madre y el cuaderno de Sofía, abierto en una página de contabilidad que su hermana menor ya no iba a poder pagar.

El casero golpeó tres veces. No gritó. Ni siquiera alzó la voz. Eso fue peor.

—Cuarenta y ocho horas, señorita Mendoza. No es personal.

Aylin asintió. La garganta le ardía. Detrás de la puerta, el hombre ya se iba por las escaleras, dejando el eco de sus pasos y el olor a humedad de la ropa mojada. Ella se quedó de pie, con el sobre aún en la mano, mirando la mancha oscura que crecía en el cielo raso como una amenaza lenta.

No lloró. Había llorado en enero, cuando enterraron a su padre. Había llorado en marzo, cuando el banco se quedó con la casa de Las Condes. Había llorado en junio, cuando su madre dejó de reconocer algunas mañanas. Ahora solo le quedaba ese temblor fino en las muñecas y la certeza de que el mundo, por fin, se había cansado de fingir que le importaba.

El teléfono vibró sobre la mesa. Número desconocido. No contestó. Volvió a vibrar. A la tercera, contestó por puro reflejo de quien ya no tiene nada que perder.

—Señorita Mendoza —dijo una voz masculina, educada, demasiado pulida para ser del banco—. El señor Haluk Demir solicita verla esta tarde. Un auto la espera abajo en veinte minutos.

Aylin se rió. Fue un sonido breve, feo.

—Dígale al señor Demir que no tengo nada que venderle. Ni siquiera tengo un paraguas.

—El auto seguirá esperando.

Colgó.

Veinte minutos después, un Mercedes negro brillante estaba parado frente al edificio como una ofensa. El chofer no bajó el vidrio hasta que ella apareció en el umbral, con el pelo pegado a la cara y el abrigo que ya no abrigaba. La miró de arriba abajo sin disimulo, como se mira a alguien que acaba de salir de un incendio y todavía humea.

El trayecto fue silencioso. Aylin pegó la frente al cristal frío y vio pasar la ciudad que ya no le pertenecía: los edificios de vitacura, los jardines demasiado verdes, los semáforos que duraban una eternidad. Pensó en su padre. Ricardo Mendoza había sido un hombre de apretón de manos y deudas honestas. Había hablado de Haluk Demir con una mezcla de respeto y recelo, como se habla de alguien demasiado grande para caber en una conversación de sobremesa.

Las torres Demir se alzaban sobre el barrio financiero como dos cuchillos de vidrio. El vestíbulo olía a mármol mojado, a café caro y a dinero que no necesita justificarse. El ascensor subió tan rápido que a Aylin se le apretó el estómago. En el piso cincuenta, las puertas se abrieron a un pasillo de silencio absoluto.

Haluk Demir no se levantó de inmediato. Tenía el cabello canoso peinado hacia atrás, las manos grandes sobre el escritorio de madera oscura y una mirada que no pedía permiso. Debía de tener casi sesenta años y, aun así, ocupaba el espacio como si el aire le perteneciera.

—Siéntate, Aylin.

Ella no se sentó. Se quedó de pie, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo para que no se le notara el temblor.

—Mi padre hablaba de usted —dijo—. Decía que usted no hacía favores.

Haluk esbozó algo que no llegó a ser sonrisa.

—Tu padre tenía razón. No hago favores. Hago acuerdos.

Señaló la silla de cuero frente a él. Esta vez Aylin se sentó. El cuero estaba frío. Desde la ventana se veía la cordillera tapada de nubes, como si la ciudad hubiera decidido esconderse.

—Conocí a tu familia cuando ustedes todavía tenían nombre —continuó Haluk—. Ricardo me salvó de un error costoso hace doce años. Nunca se lo cobré. Ahora su hija no puede pagar la renta y su madre necesita una clínica que no está en ningún plan de Isapre. Sofía, si no me equivoco, está a dos cuotas de perder el semestre.

Aylin apretó los muslos uno contra el otro. El nombre de su hermana en esa boca le supo a invasión.

—¿Qué quiere?

Haluk abrió una carpeta delgada. El papel era grueso, color hueso. El logo del Grupo Demir ocupaba la esquina superior como un sello de cera.

—Diez millones de dólares. Dos propiedades a tu nombre: una en Las Condes, otra en la costa. El tratamiento de tu madre en la clínica que yo indique. La universidad de Sofía pagada hasta el final. A cambio, te casas con mi hijo.

El silencio que siguió fue tan denso que Aylin oyó su propia respiración. Inspiró. El aire olía a madera, a lluvia lejana y a algo metálico, como sangre vieja.

—Erdogan —dijo ella, y el nombre le raspó la lengua.

—Erdogan.

Aylin se echó hacia atrás en la silla.

—Erdogan Demir colecciona portadas de farándula como otros coleccionan relojes. La semana pasada lo sacaron de un club a las cinco de la mañana con una modelo que no era la misma del mes anterior. Usted quiere que me case con eso.

Haluk no parpadeó.

—Quiero que mi hijo deje de destruirse. Y él, por extraño que te parezca, te ha querido desde que tenías diecisiete años.

Aylin sintió un calor extraño subirle por el cuello. Diecisiete. La fiesta de aniversario de la constructora. Ella con un vestido prestado de su madre, demasiado corto, demasiado brillante. Él, ya entonces alto, ya entonces con esa sonrisa de quien sabe que el mundo le va a perdonar todo. La había invitado a bailar. Ella había dicho que no. Él se había reído, como si el rechazo fuera un juego más.

—Nunca sentí nada por él —dijo Aylin, y fue verdad. Una verdad seca, sin adornos.

—No te estoy pidiendo que sientas. Te estoy pidiendo que firmes.

Haluk deslizó el contrato hacia ella. Las cláusulas estaban escritas en un lenguaje que pretendía ser limpio: duración mínima de tres años, fidelidad aparente, eventos sociales, cláusula de confidencialidad. Si ella se iba antes, devolvía todo. Si él la abandonaba, ella se quedaba con la mitad. En una nota al pie, en letra más pequeña, Haluk había añadido a mano: Él no debe saber que esto existe.

Aylin leyó esa línea dos veces. El pulso se le fue a la garganta.

—¿Por qué no debe saberlo?

—Porque si lo sabe, se romperá. Y yo ya no tengo tiempo para recoger los pedazos de mi hijo.

Ella miró las cifras. Diez millones. La clínica. El semestre de Sofía. El techo que no goteaba. Cerró los ojos un segundo. Detrás de los párpados vio a su madre sentada en la silla de ruedas, con la manta sobre las rodillas, preguntando a qué hora llegaba Ricardo. Vio a Sofía fingiendo que el hambre era una dieta.

Abrió los ojos.

—Necesito pensarlo.

—Tienes hasta mañana a las seis —dijo Haluk—. El auto te recogerá a las cinco y media. Si no firmas, el casero recibirá una llamada mía y te quedarás en la calle dos días antes. No es una amenaza, Aylin. Es una fecha.

Se levantó. La reunión había terminado.

En el ascensor, Aylin se apoyó contra la pared de espejo. Se vio pálida, con ojeras, el pelo revuelto por la lluvia. Se vio, de pronto, muy joven y muy vieja al mismo tiempo. El corazón le latía con una fuerza torpe, como si acabara de correr.

Las puertas se abrieron en el vestíbulo.

Erdogan Demir estaba ahí.

Llegaba de la calle con el cuello de la camisa desabrochado, el pelo negro húmedo de lluvia, una chaqueta de cuero que olía a tabaco caro y a perfume que no era el suyo. Tenía una rasguño fino en el pómulo, como de uña o de anillo. Al verla se detuvo en seco.

Sus ojos eran del mismo color que recordaba: oscuros, casi negros, con esa intensidad que siempre había confundido con soberbia. La recorrieron despacio. No con la mirada perezosa de quien está borracho, sino con la de alguien que reconoce una herida.

Aylin sintió el aire volverse espeso. El vestíbulo, tan amplio, se encogió.

Él dio un paso.

Ella dio un paso atrás.

—Aylin —dijo. La voz le salió ronca, como si no la hubiera usado en horas. O en años.

Ella no contestó. Apretó la carpeta contra el pecho —la carpeta que él no debía ver— y rodeó su cuerpo sin rozarlo. El olor de él la envolvió de todos modos: whisky, lluvia, piel caliente.

Detrás de ella, oyó que él decía su nombre otra vez, más bajo.

No se detuvo.

En el auto, de regreso al departamento que ya no sería suyo, Aylin apoyó la frente otra vez contra el cristal. Las gotas corrían al revés. Pensó en los diez millones. Pensó en la cláusula escrita a mano. Pensó en esos ojos oscuros que la habían reconocido en un segundo.

Y por primera vez desde que su padre se murió, tuvo miedo de algo que no fuera el desahucio.

Mañana a las seis.

Tendría que decidir si vendía los próximos tres años de su vida al único hombre que, según su padre, nunca debió haber querido.

El teléfono vibró. Un mensaje de un número que no tenía guardado:

Te vi. No firmes nada sin hablar conmigo. —E

Aylin apagó la pantalla.

El auto siguió avanzando bajo la lluvia, y ella comprendió, con una claridad brutal, que el contrato no era el único papel que estaba a punto de romperse.

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