Capítulo 3 El medio día que no se puede deshacer
El mediodía que no se puede deshacer
El vestido llegó a las diez de la noche, dentro de una caja blanca que no tenía derecho a oler tan caro.
Sofía lo abrió sobre la cama como quien destapa una trampa. Seda color hueso, corte simple, sin cola, sin velo. Haluk Demir no había enviado una novia. Había enviado una firma hecha tela.
—Es hermoso —dijo Sofía, y la voz se le quebró a mitad de la palabra.
Aylin pasó los dedos por la tela. Estaba fría. Le recordó la pluma.
—Es una tregua —respondió—. No una fiesta.
Elena las miró desde la puerta, envuelta en la manta. No preguntó cuánto. No preguntó con quién. Solo dijo:
—Duerme un poco, hija. Mañana vas a necesitar la cara.
Aylin no durmió.
Se quedó de pie junto a la ventana, con el teléfono en la palma, releído el último mensaje de él mil veces aunque no hubiera ninguno nuevo. Acabas de aceptar ser mía. La frase se le había clavado detrás de la oreja, exactamente donde su aliento había tocado la piel.
A las once y cuarto el aparato vibró.
No voy a preguntarte por qué cambiaste de opinión.
Mañana te lo pregunto mirándote.
—E
Aylin apoyó la frente en el cristal. Abajo, la calle brillaba como un cuchillo mojado.
—No cambié de opinión —le dijo al vidrio—. Nunca tuve una que me perteneciera del todo.
A las once de la mañana el mismo Mercedes la esperaba. Esta vez Sofía bajó con ella hasta la vereda, le acomodó un mechón y le susurró que no se encorvara.
El registro civil de Las Condes olía a piso recién encerado y a flores que no eran para ellas. Había otra pareja delante: risas nerviosas, una abuela con celular, un ramo desproporcionado. Aylin apartó la vista. En el banco de espera, Haluk Demir leía el periódico como si estuviera en su propia sala de directorio.
—Puntual —dijo, sin levantarse—. Bien.
Aylin no contestó. El vestido le rozaba las rodillas. Debajo, las medias le apretaban de un modo ridículo, demasiado íntimo para un trámite.
Erdogan llegó a las once cincuenta y dos.
No traía chaqueta de cuero. Traía un traje negro que le quedaba como si se lo hubiera puesto mil veces y, al mismo tiempo, como si fuera la primera. La camisa blanca abierta en el primer botón. El pelo hacia atrás, todavía rebelde en la nuca. Al entrar, el aire del pasillo cambió de temperatura.
Sus ojos la buscaron antes que a su padre. La recorrieron despacio: el escote discreto, las manos desnudas, la boca sin pintar de rojo. Cuando llegó a su cara, Aylin sintió que se le atrasaba un latido.
No sonrió.
Se detuvo frente a ella. Cerca. Lo suficiente para que ella percibiera el jabón caro y, debajo, el calor vivo de su cuello.
—Te queda —dijo, en voz baja.
—No lo elegí.
—Lo sé.
Haluk carraspeó. La funcionaria los llamó por apellido. Demir. Mendoza. Las palabras sonaron oficiales, ajenas, como si hablaran de otras dos personas.
El salón era pequeño. Una bandera. Un escritorio. Un arreglo de lilas que ya empezaba a marchitarse en los bordes. Aylin puso las manos sobre la madera. Erdogan las cubrió con las suyas. No apretó. Solo las cubrió. El contacto le recorrió los brazos hasta los hombros, lenta, inevitable.
La funcionaria leyó el texto de siempre. Unión. Derechos. Deberes. Aylin oía la lluvia en los ventanales y el pulso de él contra su muñeca, des mentido, demasiado fuerte para un hombre que fingía calma.
—¿Aylin Mendoza, acepta usted…?
El nombre de ella flotó en el aire. Haluk, a un lado, no parpadeó.
Aylin miró la boca de Erdogan. Estaba tensa. Esperando.
—Sí —dijo.
La palabra salió limpia. Mentira perfecta.
—¿Erdogan Demir, acepta usted…?
Él no miró a la funcionaria. La miró a ella.
—Sí.
El anillo era sencillo. Oro blanco. Se lo deslizó en el dedo con una lentitud que no correspondía a un trámite de doce minutos. El metal estaba caliente de haberlo llevado él en el bolsillo. Aylin sintió el peso como una boca cerrándose.
Cuando le tocó a ella ponérselo, los dedos le temblaron. La alianza rozó la cicatriz pequeña que él tenía en el nudillo, una línea pálida que ella no recordaba. Él inhaló, apenas.
—Pueden… —empezó la funcionaria.
Erdogan no esperó el permiso.
Se inclinó y le besó la comisura de los labios. No la boca entera. Solo ese borde, donde la piel es más delgada y el aliento se queda atrapado. Un segundo. Dos. Aylin cerró los ojos. El mundo se redujo a esa presión breve, a la mano de él en su cintura, al olor a lluvia que le entraba por la nariz.
Cuando se separó, ella tuvo que recordar cómo se estaba de pie.
—Felicitaciones —dijo Haluk. Firmó el acta como testigo. Les dio la espalda antes de que el sello terminara de secarse—. El auto los lleva al departamento. Esta noche hay una cena. Corta. Prensa no. Familia sí. No lleguen tarde.
Se fue.
Quedaron los dos en la acera, bajo el alero. Casados. El anillo le pesaba a Aylin más que el abrigo.
Erdogan abrió la puerta del auto. No era el Mercedes del padre. Era un coche más bajo, oscuro, que olía a él.
No hablaron las primeras cuadras.
Santiago pasaba del otro lado del vidrio como una ciudad prestada. Aylin miró su mano sobre el muslo. El oro blanco captaba la luz y la devolvía con una frialdad limpia.
—Ahora sí —dijo él, de pronto, sin girar el rostro—. Ahora te pregunto mirándote.
Se detuvo en un semáforo. Se volvió.
Los ojos oscuros la atravesaron.
—¿Por qué ayer me dijiste que no sentías nada y hoy dijiste que sí frente a una bandera?
Aylin apretó la alianza con el pulgar.
—Las personas cambian de opinión.
—Tú no. Tú te aferraste a un no durante años.
El semáforo cambió. El auto arrancó con una suavidad peligrosa.
—Quizá me cansé de deberle cosas al mundo —dijo ella.
Erdogan soltó una risa baja, sin alegría.
—Eso suena a mi padre. No a ti.
Aylin sintió el contrato debajo de la ropa, aunque ya no lo llevara encima. La copia estaba en una caja de zapatos, en el departamento que mañana dejaría. La mentira, en cambio, se había sentado entre ellos, en el asiento de atrás, y respiraba.
—Erdogan…
—No.
La palabra cortó el aire.
—No me expliques todavía. Si me mientes ahora, con el anillo recién puesto, no voy a poder oírte después.
Ella cerró la boca. El alivio le duró un segundo. Después vino el miedo: él ya olía la fisura. Solo no le había puesto nombre.
El edificio donde lo esperaban no era una torre de oficinas. Era más discreto, más alto, con un hall de mármol negro y un portero que inclinó la cabeza al verlo. El ascensor subió en silencio. En el último piso, las puertas se abrieron a un departamento que olía a madera nueva y a flores blancas recién dejadas sobre una mesa.
Demasiado grande. Demasiado impecable. En la isla de la cocina había una botella y dos copas. En el respaldo de un sillón, una camisa suya tirada con descuido, la única prueba de que alguien habitaba de verdad aquel lujo.
Aylin se quedó en el umbral.
Erdogan se quitó la chaqueta. La dejó caer sobre una silla. Quedó en camisa, con las mangas aún abrochadas, la alianza nueva brillándole en la mano como una advertencia.
—Esta es tu casa ahora —dijo—. Hay una habitación para ti. Si quieres. Hay también la mía.
El “si quieres” le tembló apenas. Aylin lo oyó. Lo guardó.
—Necesito… un minuto.
Asintió. Se apartó.
Ella cruzó el salón hasta el ventanal. Santiago se abría debajo, gris y brillante. Se miró el anillo otra vez. Pensó en la cuenta que Haluk había prometido transferir al día siguiente. Pensó en Elena. En Sofía. En la línea escrita a mano.
Detrás de ella, los pasos de él se detuvieron a poca distancia. No la tocó. Su respiración, sí: le llegó a la nuca, tibia, contenida.
—Aylin.
Ella no se volvió.
—Esta noche, en la cena, vas a sentarte a mi lado y vas a dejar que te mire como se mira a una esposa. No porque lo diga él. Porque lo digo yo.
Una pausa.
—Y cuando volvamos… —la voz se le oscureció, no de crudeza: de hambre contenida— no te voy a pedir nada que no me des con los ojos abiertos. Pero tampoco voy a fingir que no te he deseado desde que supe lo que era desear.
Aylin cerró los párpados. El vidrio le devolvía una mujer casada que no reconocía.
El teléfono vibró en el bolsillo interior de él. Erdogan lo miró por encima del hombro de ella. El gesto se le endureció.
—Mi padre —dijo—. Acaba de enviar el comunicado interno. “Mi hijo se casa con Aylin Mendoza, por decisión de ambos.”
La última frase le raspó.
Aylin se volvió al fin.
Erdogan la estudió un segundo demasiado largo. En sus ojos había algo que todavía no era furia. Era peor: la primera sospecha, recién nacida, buscando dónde clavarse.
—Decisión de ambos —repitió, muy bajo—. Qué palabras tan limpias.
La pulsera del reloj le brilló cuando alzó la mano y le sujetó el mentón con dos dedos, sin apretar, apenas sosteniéndola para que no bajara la mirada.
—Esta noche, Mendoza. Si hay algo que deba saber antes de presentarte como mía… dímelo ahora.
Aylin sintió el sí atascado, el no atascado, el contrato ardiendo en una caja de zapatos a trece kilómetros de ahí.
Abrió los labios.
El portero del edificio anunció, por el intercomunicador, que el auto para la cena ya estaba abajo.
Erdogan no soltó su cara.
—Se acabó el minuto —susurró—. Sonríe.
