Capítulo 4 Sonrisas falsas
Sonrisas falsas
El auto olía a cuero nuevo y a la lluvia que se les había quedado en el pelo.
Aylin iba sentada a su lado con las manos sobre el regazo, la alianza hacia abajo, como si pudiera esconderla de sí misma. Erdogan no habló durante el trayecto. Tampoco la soltó del todo: su mano derecha descansaba en el asiento, el meñique a un milímetro del de ella, sin cruzar esa última línea. El calor de ese no-contacto le subía por el brazo con más fuerza que un beso.
—No bajes los ojos cuando entre mi padre —dijo al fin, mirando el parabrisas—. Ni cuando entre nadie. Esta noche no eres la hija de Ricardo Mendoza viniendo a pedir. Eres mi esposa.
La palabra esposa le rozó la piel.
—No pedí nada —respondió ella.
Él ladeó apenas la cabeza.
—Eso todavía lo estamos averiguando.
La casa de Haluk Demir no parecía una casa. Parecía una afirmación. Jardines demasiado simétricos, luz cálida en cada ventana, un mayordomo que abrió la puerta antes de que el auto terminara de detenerse. Adentro, el aire olía a madera, a vino tinto y a jardines mojados.
Había poca gente. A propósito.
Dos socios de Haluk. Una tía de Erdogan que vivía en Estambul y había volado “porque el niño por fin hacía algo decente”. Un abogado de traje gris que no bebía. Y, al fondo de la sala, una mujer de vestido negro que Aylin reconoció un segundo demasiado tarde: Selin Karaca. Aparecía en las mismas portadas que él. Siempre a su izquierda. Siempre con esa sonrisa de quien conoce las habitaciones de atrás.
Selin alzó la copa al verlos entrar. La sonrisa no le llegó a los ojos.
—Debí imaginarme que ibas a casarte como se cierran los negocios —dijo, acercándose—. Rápido. En silencio. Sin avisar a nadie que importara.
Erdogan puso la mano en la cintura de Aylin. Los dedos se le afirmaron con una posesión tan natural que a ella se le cortó el aire.
—Selin —saludó él, educado, frío—. Esta es Aylin.
—Lo sé. La hija de Mendoza. Qué romántico.
El nombre de su padre, dicho así, le supo a vidrio en la boca. Aylin sostuvo la mirada de la otra mujer. No bajó los ojos. Recordó la orden del auto.
—Más de lo que parece —respondió.
Selin rió por lo bajo y se apartó. Pero el veneno quedó flotando entre las lilas del centro de mesa.
Los sentaron juntos, por supuesto. Haluk a la cabecera. Erdogan a su derecha. Aylin a la derecha de Erdogan, tan cerca que cada vez que él cortaba la carne el codo le rozaba el brazo. El roce era mínimo. Le bastaba para perder el hilo de las frases.
Hablaron de mercados. De una licitación. De un viaje a Estambul que Haluk quería “para presentar a la nueva señora Demir”. Aylin sonrió cuando tocaba. Bebió un sorbo de vino que no saboreó. Bajo la mesa, la rodilla de Erdogan encontró la suya y se quedó ahí, quieta, como un sello.
Nadie más lo veía. Ella lo sentía latirle contra la media.
—Estás temblando —dijo él, apenas moviendo los labios, cuando el abogado preguntó por el postre.
—Hace frío.
—No. No es frío.
La tía de Estambul levantó la copa.
—Por los que por fin se encuentran —brindó—. Aunque algunos tardemos una vida en entender que el destino no pide permiso.
Las copas sonaron. Haluk bebió sin mirar a su hijo. Erdogan bebió sin apartar los ojos de Aylin. En esa mirada había hambre, sí. También una pregunta que no había guardado en el auto: ¿por qué ahora?
Selin, dos asientos más allá, dejó caer la frase con voz dulce:
—Ojalá esta vez dure más que las otras. Erdogan se aburre cuando las cosas se vuelven… domésticas.
El silencio duró un segundo de más.
Erdogan dejó el tenedor.
—Selin.
Una sola palabra. Bastó. Ella se encogió de hombros, sonrió, y empezó a hablar del clima de Estambul como si no hubiera intentado abrir una herida en plena mesa.
Aylin sintió algo extraño, caliente, subirle por el pecho. No era celos. O no quería que lo fueran. Era la certeza de que esa mujer había tocado a Erdogan —la boca, la cama, los oídos— y que ahora lo miraba como se mira una casa de la que a una la han sacado.
Él, bajo la mesa, apretó un instante la rodilla de Aylin. No para calmarla. Para marcarla.
—No te compares con eso —susurró, cuando Haluk se levantó a recibir una llamada—. No estás en la misma frase.
—Ni siquiera sé en qué frase estoy —contestó ella.
La cena se disolvió a las diez. Haluk los despachó con un gesto, igual que había sellado el acta: asunto cerrado. En la entrada, mientras le colocaban el abrigo, Selin pasó junto a Aylin lo bastante cerca para que solo ella oyera:
—Él se casa cuando su padre se lo ordena. Recuérdalo cuando te mire como si te hubiera elegido.
Aylin no respondió. El anillo le quemaba el dedo.
En el auto de vuelta, Erdogan condujo más rápido. La ciudad era un tapiz mojado. Aylin apoyó la sien en el vidrio y vio pasar los semáforos como parpadeos ajenos.
—Te dijo algo —afirmó él.
—Nada que no pudiera imaginar sola.
—Selin no imagina. Muerde.
Aylin cerró los ojos.
—¿Es verdad? ¿Que te casas cuando te lo ordenan?
El auto aminoró frente a un rojo. Erdogan se volvió. La luz del semáforo le pintó la mandíbula de un rojo breve, casi vivo.
—Mi padre puede ordenarme un edificio, una fusión, un silencio. No puede ordenarme quererte. Eso lo hice yo, hace años, sin su permiso y contra el mío.
El verde los empujó hacia adelante. Aylin no encontró una respuesta que no fuera otra mentira.
En el departamento, las flores blancas ya habían abierto del todo. El silencio era tan limpio que se oía el reloj de la cocina. Erdogan se desprendió la corbata con un solo tirón y la dejó caer sobre la misma silla de la tarde. Quedó con la camisa abierta en dos botones, la garganta a la vista, la alianza brillándole cada vez que apartaba el pelo de la frente.
—Hay dos habitaciones —dijo—. Te lo repetí. No voy a entrar a la tuya si cierras la puerta.
Aylin dejó el abrigo en el respaldo.
—¿Y si no la cierro?
Él la miró. Largo. El pecho se le alzó una vez, hondo.
—Entonces voy a entender algo que todavía no me has dicho.
Cruzó el salón. Se detuvo frente a ella. Esta vez sí la tocó: los pulgares en su mandíbula, las palmas calientes a ambos lados del cuello, el mismo gesto de horas atrás y, sin embargo, distinto. Más lento. Más peligroso de tan contenido.
—Dime que estás aquí porque me quieres —pidió—. No porque te acabaste el aire.
Aylin sintió el contrato a trece kilómetros, en una caja de zapatos. Sintió a Elena durmiendo con la receta junto a la cama. Sintió los diez millones como una soga suave.
—Estoy aquí —susurró.
No fue un sí. No fue un no.
Erdogan inclinó la frente contra la suya. Respiraron el mismo aire. Por un instante ella creyó que la iba a besar de verdad, no en la comisura, no para una funcionaria: en la boca, hondo, como se besa lo que se ha esperado demasiado.
Sus labios la rozaron.
Y se detuvo.
—No —dijo contra su boca, la voz ronca—. No así. No con esa sombra detrás de los ojos.
Se apartó.
El frío le entró a Aylin de golpe, en el sitio exacto donde habían estado sus manos.
—La habitación del fondo es tuya —añadió, ya de espaldas, mientras se servía agua que no iba a beber—. Ciérrala o no. Yo voy a estar despierto de todas formas.
Aylin cruzó el pasillo con el corazón desbocado. La habitación del fondo era amplia, blanca, impersonal. En la cama, alguien había dejado un camisón de seda y una caja pequeña. Dentro, una tarjeta de Haluk.
Primera transferencia realizada a las 21:00. El resto, según cláusulas. Recuerde el silencio.
Abajo, un número. Tantas cifras que el papel pareció pesarle en la palma.
Aylin cerró la caja. Se sentó al borde del colchón. Del otro lado de la pared oyó a Erdogan caminar, detenerse, caminar otra vez. Como un animal encerrado que todavía no sabe si la puerta está abierta.
Su teléfono vibró.
Sofía: Mamá durmió. La clínica llamó. Dijeron que mañana hay una habitación a su nombre. ¿Es verdad?
Aylin miró la puerta.
No tenía llave. Solo un picaporte dorado que podía girar hacia adentro… o dejarlo como estaba.
Escribió: Es verdad. Descansen.
Apagó la pantalla.
En el pasillo, los pasos de él se detuvieron justo al otro lado de su puerta. No golpeó. No habló. Solo se quedó ahí, tan cerca que Aylin vio, bajo la rendija, la sombra de sus zapatos.
Respiró.
Del otro lado, él también.
Y entonces, muy bajo, lo suficiente para que atravesara la madera:
—Si cierras, Aylin, voy a respetarlo.
Si no… no me pidas esta noche que sea un caballero. Ya usé todo el caballero que me quedaba en esa mesa.
Aylin levantó la mano hacia el picaporte.
Los dedos le temblaron a un centímetro del metal.
