Capítulo 5 El picaporte
El picaporte
El metal estaba frío.
Aylin dejó los dedos a un centímetro, escuchando la respiración de él al otro lado de la madera. No era la respiración de un hombre impaciente. Era la de alguien que había esperado años y todavía era capaz de pedirle permiso con los zapatos puestos.
Cerrar era lo sensato.
Abrir era una traición a la cláusula, a Elena, a la niña de diecisiete años que había dicho que no.
Giró el picaporte.
No del todo. Lo suficiente para que la rendija se volviera una herida de luz.
Erdogan no empujó. Apoyó la palma en el marco, la frente casi en el canto de la puerta, y la miró por esa abertura estrecha. Los ojos oscuros le brillaban como si acabara de salir del agua.
—Eso no es un sí —dijo, muy bajo.
—Tampoco es un no.
Él cerró los párpados un segundo. Cuando los abrió, ya había cruzado.
La habitación blanca se le encogió alrededor. Erdogan olía a vino de la cena, a jabón caro, a lluvia antigua pegada a la camisa. Se detuvo a dos pasos. Le recorrió la cara, el vestido de hueso arrugado, la caja de Haluk olvidada sobre la cama. Aylin la empujó con la rodilla hacia el lado de la almohada, como quien esconde un arma.
—Tienes miedo —dijo él.
—Tengo frío.
—Sigues mintiendo con la temperatura.
Dio el paso que faltaba. No la tomó de la cintura. Le tomó la mano izquierda, la que llevaba el anillo, y se llevó los nudillos a la boca. El beso fue seco. Respetuoso. Le tembló el aliento contra la alianza.
—Si me dices que me vaya, me voy —susurró—. Pero dímelo mirándome. No al piso.
Aylin lo miró.
Vio al muchacho del salón dorado y al hombre que había dejado la corbata sobre una silla. Vio el rasguño del pómulo, ya casi invisible. Vio la pregunta que no le había contestado en el auto.
—Quédate —dijo.
La palabra le salió rota.
Erdogan exhaló como si le hubieran devuelto un pulmón. La acercó con lentitud, una mano en su nuca, la otra en la costura del vestido, justo encima de la cadera. La frente contra la suya. El mismo aire. Esta vez no se detuvo en la comisura.
La besó en la boca.
Fue hondo y contenido a la vez, un hambre que se negaba a volverse saqueo. Aylin sintió el calor de él recorriéndole los labios, la lengua apenas pidiendo paso, el sonido bajo que se le escapó del pecho cuando ella le agarró la camisa. El anillo de él rozó su mejilla. El de ella se le enganchó en un botón.
Lo empujó hacia la cama sin pensar. La seda del camisón intacto quedó aplastada entre los dos. Erdogan se recostó sobre un codo, la cubrió a medias, le besó el cuello con una reverencia que le erizó la piel. La respiración de Aylin se le desordenó. Por un instante no hubo clínica, ni padre, ni carpeta color hueso. Solo esa boca en el hueco de su garganta y la mano de él subiendo por la espalda, buscando el cierre del vestido.
Lo encontró.
Lo bajó un palmo.
Y se detuvo.
Aylin abrió los ojos. Él la miraba desde muy cerca, los labios húmedos, la pupilas negras.
—Tú también te detienes —dijo ella, sin aire.
—Porque otra vez está esa sombra.
Le pasó el pulgar por el pómulo, como si pudiera borrarla.
—No voy a tomar lo que me das con una parte de ti escondida en una caja —añadió, y la mirada se le fue, un segundo, hacia la mesita.
Aylin sintió el hielo.
La caja de Haluk seguía ahí, cerrada, demasiado cerca de su hombro. Si él la abría… si leía la tarjeta…
—No es una caja —mintió, demasiado rápido.
Erdogan ladeó la cabeza. No abrió nada. Solo la estudió.
—Entonces ¿qué es?
El teléfono de ella vibró contra el colchón. La pantalla se encendió entre los dos, tan brillante que iluminó la garganta de Erdogan.
Sofía.
No.
Debajo del mensaje de Sofía, una notificación bancaria. El banco. Un abono. Tantas cifras que el número parecía indecente.
Aylin abalanzó la mano.
Erdogan fue más rápido.
No agarró el teléfono. Lo cubrió con la palma, sin mirar, y se lo devolvió a ella como se devuelve un secreto que todavía no se quiere leer.
—No —dijo, con una calma peligrosa—. No así. Si hay algo en esa pantalla que me va a partir, que me lo parta de día. No encima de tu boca.
Aylin apagó el aparato. El corazón le golpeaba en la punta de los dedos.
Erdogan se apartó lo justo para dejar de cubrirla. Se sentó al borde de la cama, los codos en las rodillas, la camisa desabrochada, la respiración todavía alta. Se pasó una mano por la cara.
—Dios, Aylin.
Ella se incorporó. El vestido le colgaba de un hombro. El aire le llegó frío a la piel que él había calentado.
—No te pedí que pararas.
—No. Me pediste que me quedara. Son cosas distintas.
Se volvió. En sus ojos había deseo y una fatiga nueva, la de quien sospecha y se niega a confirmar.
—Voy a dormir aquí —dijo—. Encima de la ropa. Sin tocarte más. Si te levantas y te vas a mi habitación, lo voy a entender como que quieres distancia. Si te quedas… me quedo. Y mañana, cuando amanezca, me vas a decir qué había en esa pantalla.
Aylin tragó saliva.
—¿Y si no puedo?
Erdogan se recostó de espaldas, a un palmo de ella, mirando el techo blanco.
—Entonces voy a empezar a hacer las preguntas que mi padre espera que no haga.
Apagó la lámpara.
La oscuridad les devolvió el ruido de la ciudad, muy abajo. Aylin se recostó de lado, de cara a la pared. Sentía el calor de él a lo largo de la espalda, sin contacto. El anillo le pesaba. El teléfono, bajo la almohada, le quemaba.
Minutos.
O horas.
Cuando creyó que dormía, la voz de Erdogan cruzó la penumbra, ronca, casi un pensamiento en voz alta:
—A los diecisiete soñé que un día me abrías una puerta.
No soñé que, al otro lado, ibas a tener tanto miedo.
Aylin cerró los ojos.
No cerró la distancia.
Tampoco se fue a la otra habitación.
Y en la mesita, junto a la caja de Haluk, el teléfono volvió a encenderse solo: la misma cifra, el mismo abono, el nombre de ella como beneficiaria y, en el origen, las cuatro letras que mañana él iba a querer leer de frente.
DEMIR.
