Capítulo 1 El primer roce
El aire del complejo deportivo olía a hielo recién raspado, a sudor contenido y a esa mezcla metálica que dejan las cuchillas sobre la superficie blanca. Sofía Mendoza ajustó la correa de su maletín profesional mientras cruzaba el pasillo principal, el sonido de sus pasos amortiguado por la alfombra gruesa que intentaba, sin éxito, disimular la dureza del concreto debajo. Llevaba el uniforme del equipo por primera vez: pantalón negro ceñido, camisa blanca de manga corta y la chaqueta con el escudo bordado sobre el pecho izquierdo. Todo olía a nuevo, a promesa, a la oportunidad que no podía permitirse desperdiciar.
Había llegado dos horas antes del entrenamiento matutino. Quería recorrer los espacios, memorizar la disposición de las camillas, el lugar exacto donde guardaban las vendas elásticas, la temperatura precisa de la sala de recuperación. El control era su armadura. Siempre lo había sido. Desde que aprendió que el deseo ajeno podía convertirse en una trampa, Sofía había convertido su cuerpo en un instrumento preciso: manos firmes, mirada profesional, respiración medida. Nadie debía notar el temblor que a veces le subía por la garganta cuando un hombre la miraba demasiado tiempo.
La manager del equipo, una mujer de voz afilada y traje impecable, la había recibido en la entrada con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
—Capitán Varela es el primero en la lista de hoy —dijo sin preámbulos—. Lesión muscular en el hombro derecho desde el partido del domingo. Nada grave, según él. Pero queremos que lo revises a fondo. Y Sofía… —bajó la voz— cuida tu distancia. Ese hombre tiene una reputación que mancha a quien se acerque demasiado.
Sofía asintió. Ya conocía la reputación. Adrián Varela, el capitán estrella, el hombre cuyas fotos filtradas habían ocupado portadas durante semanas. El playboy del hielo, el que sonreía a las cámaras mientras el escándalo le roía el contrato. Ella no estaba allí para juzgarlo. Estaba allí para trabajar.
La sala de fisioterapia olía a mentol y a madera limpia. Sofía preparó la camilla con movimientos exactos, extendió la sábana blanca, colocó los aceites y las toallas calientes. El reloj de la pared marcaba las siete y doce cuando la puerta se abrió sin previo aviso.
Él entró como si el espacio le perteneciera.
Adrián Varela medía casi un metro noventa. El cabello oscuro todavía húmedo de la ducha matinal le caía sobre la frente en mechones desordenados. Llevaba solo el pantalón del uniforme de entrenamiento y una toalla blanca colgada del cuello. El torso desnudo revelaba el trabajo de años: abdomen marcado, pectorales amplios, una línea de vello oscuro que bajaba desde el ombligo y se perdía bajo la tela. En el hombro derecho, una zona levemente inflamada contrastaba con el resto de la piel bronceada. Pero no fue la lesión lo que detuvo a Sofía. Fue la forma en que sus ojos —grises, casi plateados bajo la luz fría de la sala— la recorrieron de arriba abajo sin prisa, como si tuviera todo el derecho del mundo a hacerlo.
—Eres la nueva —dijo. La voz era grave, ronca por el frío de la pista o por algo más profundo. No preguntó. Afirmó.
Sofía mantuvo la espalda recta.
—Sofía Mendoza. Fisioterapeuta. Siéntese, por favor. Necesito evaluar el rango de movimiento.
Él sonrió. No era una sonrisa amable. Era la de alguien acostumbrado a que las mujeres se deshicieran con solo mirarlo. Se dejó caer en la camilla con una naturalidad insolente, las piernas abiertas, las manos apoyadas a ambos lados del cuerpo. La toalla siguió colgando, dejando expuesto el pecho completo.
Sofía se acercó. El olor de él la envolvió de inmediato: jabón neutro, hielo, y debajo, algo más cálido, más animal, que le hizo apretar la mandíbula. Tomó el brazo derecho con ambas manos. La piel estaba caliente. Demasiado caliente para alguien que acababa de salir de una ducha fría.
—Relaje el hombro —ordenó, y odió la forma en que su voz sonó un poco más baja de lo habitual.
Él obedeció, pero sus ojos no se apartaron de su rostro. Sofía palpó la zona inflamada con los dedos expertos. El músculo estaba tenso, como una cuerda a punto de romperse. Aplicó presión suave. Adrián no se quejó. Solo exhaló por la nariz, un sonido bajo que le rozó los nervios a ella.
—Duele aquí —dijo Sofía, presionando un punto concreto.
—Duele más cuando te alejas —respondió él, tan bajo que casi pareció un pensamiento en voz alta.
Ella levantó la vista. El error fue inmediato. Sus miradas se cruzaron y algo eléctrico saltó entre ambos, invisible y brutal. Sofía sintió el calor subirle por el cuello, instalarse detrás de las orejas, bajar por la columna hasta detenerse justo entre los omóplatos. Apartó las manos como si la piel de él quemara.
—Voy a aplicar calor húmedo y luego movilización pasiva —anunció, volviendo a su tono profesional. —Después, un masaje profundo para liberar la tensión.
Adrián no contestó. Solo la observó mientras ella preparaba las compresas. Cada movimiento de Sofía era preciso, pero por dentro el caos empezaba a crecer. Llevaba años controlando su cuerpo. Años negando cualquier chispa. Y de pronto este hombre —este hombre con fama de romper lo que tocaba— la miraba como si pudiera ver debajo de la camisa blanca, debajo de la coraza, hasta el lugar exacto donde el deseo se había escondido durante tanto tiempo.
Cuando colocó la compresa caliente sobre el hombro, sus dedos rozaron la clavícula de él. El contacto fue mínimo. Un segundo. Menos. Pero Adrián inhaló de forma audible, el pecho elevándose bajo la tela de la toalla. Sofía retiró la mano demasiado rápido.
—Tranquila, Mendoza —murmuró él—. No muerdo… a menos que me lo pidan.
Ella ignoró la provocación. Esperó los minutos reglamentarios, midiendo el tiempo con el reloj y no con los latidos acelerados de su propio pecho. Cuando retiró la compresa, la piel de Adrián estaba rosada, sensible. Sofía vertió aceite de almendras en las palmas y se frotó las manos para calentarlo. El aroma dulce se mezcló con el olor de él.
Se colocó a un lado de la camilla. Las manos se posaron sobre el hombro. Empezó con movimientos circulares amplios, sintiendo cómo el músculo cedía poco a poco bajo la presión. Adrián cerró los ojos. La respiración de él se volvió más profunda, más lenta. Sofía concentró toda su atención en el trabajo: deslizar, presionar, liberar. Pero era imposible no notar la solidez de la carne bajo sus dedos, la forma en que los tendones se tensaban y se relajaban, el calor que se filtraba a través del aceite hasta sus propias muñecas.
Sus dedos bajaron un poco más, hacia el pectoral. El límite profesional se volvía borroso con cada centímetro. Ella lo sabía. Él también. Adrián abrió los ojos y la miró de soslayo, las pestañas oscuras contrastando con el gris de su iris.
—Tienes manos frías —dijo—. Me gusta.
Sofía no respondió. Aumentó la presión. El masaje se volvió más profundo, más íntimo en su silenciosa insistencia. Podía sentir el latido de él bajo la yema de los dedos, acelerado. O tal vez era el suyo. Ya no distinguía. Cada vez que sus pulgares se hundían en el músculo, Adrián soltaba un sonido bajo, casi un gruñido contenido, que le provocaba un calor traicionero entre las piernas. Sofía apretó los muslos con disimulo, odiándose por la reacción.
Diez minutos. Quince. El silencio de la sala se espesó hasta volverse casi tangible. Solo se oía el roce de las manos contra la piel aceitada, la respiración de ambos, el lejano eco de voces en el pasillo. Sofía trabajaba el hombro con precisión quirúrgica, pero su mente traicionaba cada gesto. Imaginaba —solo un segundo, solo una imagen fugaz— cómo se sentirían esas mismas manos en su propia cintura, cómo sería la textura de esa boca contra su cuello. Apartó el pensamiento con violencia.
Cuando terminó, se limpió las manos en una toalla con movimientos bruscos.
—Debe aplicar hielo tres veces al día. Evite los levantamientos por encima de la cabeza durante cuarenta y ocho horas. Y… —tragó saliva— no fuerce el movimiento en el entrenamiento de hoy.
Adrián se incorporó. La toalla se deslizó un poco más abajo. Sofía apartó la mirada, pero no lo suficientemente rápido. Él se dio cuenta. La sonrisa que le dedicó fue lenta, peligrosa, como el filo de una cuchilla sobre el hielo.
—Gracias, Sofía Mendoza —dijo su nombre completo como si lo saboreara—. Creo que vamos a llevarnos muy bien.
Se puso de pie. La diferencia de altura la obligó a levantar el mentón. Durante un instante quedaron demasiado cerca. El pecho desnudo de él casi rozaba la tela de su camisa. Sofía sintió el calor irradiando, el olor a aceite y a hombre invadiéndole los sentidos. Adrián inclinó apenas la cabeza, lo suficiente para que su aliento le rozara la sien.
—La próxima vez —susurró— no tengas miedo de apretar más fuerte. Aguanto bastante.
Luego se alejó. La puerta se cerró detrás de él con un clic suave.
Sofía se quedó inmóvil junto a la camilla. Las manos todavía le olían a él. El corazón le golpeaba la caja torácica con una fuerza que no había sentido en años. Se pasó los dedos por el cuello, intentando borrar la sensación del aliento ajeno, pero el calor se había instalado bajo la piel y se negaba a marcharse.
Fuera, en el pasillo, se oían las risas del equipo, el ruido de los bastones, la vida normal del club. Dentro de la sala, Sofía Mendoza respiraba como si acabara de salir de debajo del agua. Sabía, con una certeza helada y ardiente al mismo tiempo, que aquel primer roce había sido solo el comienzo de algo que no iba a poder controlar.
Y lo peor de todo era que, por primera vez en mucho tiempo, una parte oscura y silenciosa de ella no quería controlarlo.
