Capítulo 3 La distancia que arde

Sofía no regresó de inmediato a la sala de fisioterapia. Necesitaba aire. Necesitaba el frío cortante de los pasillos exteriores para apagar el fuego que le quemaba debajo de la piel. Caminó hasta la zona de carga, donde el viento entraba con fuerza y olía a gasolina y a nieve sucia. Se apoyó contra la pared de concreto y cerró los ojos.

Las manos todavía le temblaban.

No era miedo. Era algo peor. Era el eco exacto de la voz de Adrián cuando le había pedido que lo tocara sin miedo. Era el recuerdo de su pecho subiendo y bajando bajo sus dedos, del sonido bajo que había soltado, de la forma en que la había mirado como si pudiera verle el deseo a través de la ropa. Sofía se pasó la lengua por los labios secos y odió la forma en que su cuerpo respondía solo con el recuerdo.

«Eres una profesional», se repitió. «Él es un paciente. Un paciente con una reputación que destruye. Nada más».

Pero el cuerpo no entendía de razonamientos.

Cuando regresó al interior, el olor a mentol de la sala le pareció insuficiente. Se lavó las manos otra vez, se cambió la camisa por una de manga larga aunque el calor de la calefacción era agradable, y se obligó a revisar las fichas de los demás jugadores. Concentración. Rutina. Control.

No funcionó.

A media mañana la manager apareció en la puerta con una carpeta bajo el brazo y esa sonrisa que no llegaba a los ojos.

—Sofía, necesito que estés presente en la reunión de mediodía. El cuerpo técnico quiere un informe verbal del estado de Varela. Y… —bajó la voz— prepárate. La prensa sigue olfateando sangre. Cualquier cercanía excesiva se convierte en titular.

Sofía asintió sin levantar la vista de las fichas. Ya lo sabía. La reputación de Adrián era una sombra que se pegaba a cualquiera que se acercara demasiado. Y ella acababa de pasar dos sesiones con las manos sobre su piel desnuda.

La reunión se celebró en una sala con vistas a la pista vacía. El hielo brillaba bajo las luces artificiales, perfecto, impoluto. Sofía se sentó al fondo, junto a la ventana, mientras el entrenador y los asistentes discutían tácticas. Cuando llegó el momento de su informe, se puso de pie y habló con voz clara, profesional, vacía de cualquier emoción.

—El hombro derecho presenta una contractura moderada en el deltoides y el trapecio superior. Responde bien a la terapia manual. Recomiendo limitar los lanzamientos de alta intensidad durante cuarenta y ocho horas y continuar con movilización diaria.

Adrián estaba sentado al otro lado de la mesa. No había dicho una sola palabra desde que entró. Solo la miraba. Fijo. Como si el resto de la sala no existiera. Sofía sintió el peso de esa mirada en la nuca, en la garganta, más abajo. Cada vez que levantaba los ojos para dirigirse al entrenador, los de él estaban esperándola. Grises. Intensos. Peligrosos.

Cuando la reunión terminó, él se levantó al mismo tiempo que ella. Se encontraron en el marco de la puerta. El espacio era estrecho. Demasiado estrecho. El pecho de Adrián casi rozó el de Sofía cuando ambos intentaron pasar. El olor de él —jabón, hielo, un rastro todavía presente del aceite de la mañana— la envolvió otra vez.

—Buen informe —murmuró, tan bajo que solo ella pudo oírlo—. Aunque omitiste la parte donde casi te corres tocándome.

Sofía se quedó helada. El corazón le dio un vuelco tan violento que le dolió el pecho. Levantó la vista, dispuesta a responder con frialdad, pero las palabras se le atragantaron. Adrián no sonreía. Solo la miraba con una honestidad brutal, como si hubiera leído cada pensamiento traicionero que ella había intentado enterrar.

—Usted se equivoca —logró decir, la voz apenas un hilo.

—No. —Él inclinó apenas la cabeza, lo suficiente para que su aliento le rozara la sien—. Lo sentí en tus manos. En cómo se te aceleraba el pulso cuando bajabas hacia el pectoral. En la forma en que apretaste los muslos bajo la mesa hace un momento.

Sofía dio un paso atrás. El pasillo estaba lleno de gente. Nadie parecía prestarles atención, pero el peligro era real. Una foto, un comentario, y su contrato se evaporaría.

—Esto es inapropiado —susurró.

—Lo sé. —Adrián no se movió—. Y aun así no puedo dejar de pensar en cómo se sentirían esas manos frías en otra parte de mi cuerpo.

Se apartó entonces, como si nada hubiera ocurrido, y caminó hacia el vestuario con esa naturalidad insolente que parecía definirle. Sofía se quedó clavada en el sitio, las mejillas ardiendo, el pulso desbocado. Tardó varios segundos en recordar cómo se respiraba con normalidad.

El resto de la tarde fue un ejercicio de autodisciplina. Atendió a tres jugadores más. Revisó vendajes. Preparó protocolos de recuperación. Cada vez que la puerta de la sala se abría, el corazón le daba un salto traicionero. Nunca era él.

Hasta las seis y doce.

Adrián apareció sin avisar, todavía con el pantalón de entrenamiento y una camiseta seca. El cabello estaba húmedo otra vez, como si se hubiera duchado a medias. Se detuvo en el umbral y cerró la puerta detrás de sí con un clic suave.

—Necesito que me revises de nuevo —dijo.

Sofía levantó la vista desde la camilla donde estaba doblando toallas.

—El protocolo indica una sesión diaria. Ya tuvo dos.

—El hombro vuelve a estar bloqueado. —Se acercó. Cada paso hacía que el espacio se volviera más pequeño—. Y no quiero mentirle al entrenador mañana.

Había una verdad a medias en sus palabras. Sofía lo sabía. También sabía que debería negarse. En cambio, señaló la camilla con un gesto breve.

—Siéntese.

Adrián obedeció. Se quitó la camiseta sin que ella se lo pidiera. El torso volvió a quedar expuesto bajo la luz blanca de la sala. Sofía preparó el aceite con movimientos mecánicos, intentando no mirar la línea de vello que bajaba desde su ombligo, la forma en que los músculos abdominales se contraían con cada respiración.

Cuando sus manos se posaron sobre el hombro, el contacto fue inmediato y devastador. La piel de él estaba caliente, casi febril. Sofía empezó con movimientos amplios, profesionales, pero el recuerdo de la conversación del pasillo se interponía entre cada gesto. «Casi te corres tocándome». La frase le daba vueltas en la cabeza como una acusación.

Adrián no habló durante los primeros minutos. Solo respiraba. Profundo. Controlado. Demasiado controlado. Sofía podía sentir la tensión en cada fibra muscular, no solo la de la lesión, sino otra, más profunda, más peligrosa. Sus dedos bajaron hacia el pectoral, como por la mañana. Esta vez él no contuvo el sonido. Un gemido bajo, apenas audible, escapó de su garganta cuando ella presionó un punto exacto.

Sofía se detuvo.

—¿Le duele?

—No. —La voz de Adrián era un gruñido ronco—. Todo lo contrario.

Ella debería haber retirado las manos. Debería haber terminado la sesión. En cambio, continuó. Más despacio. Más consciente de cada centímetro de piel que tocaba. El aceite brillaba bajo la luz. El olor a almendras se mezclaba con el de él hasta volverse embriagador. Sofía sentía el calor subirle por los brazos, instalarse en el pecho, bajar hasta el bajo vientre con una insistencia que la avergonzaba.

Adrián levantó una mano. Lenta. Deliberada. Sus dedos rozaron la muñeca de ella, apenas un contacto, y se quedaron allí, midiendo el pulso desbocado.

—Tu corazón está tan acelerado como el mío —susurró.

Sofía no pudo mentir. No esta vez. El aire entre ambos se había vuelto espeso, cargado, casi sólido. Podía ver el deseo en los ojos grises de él, crudo y sin adornos. Podía sentirlo en la forma en que su propio cuerpo respondía, traicionero, hambriento.

—Esto no puede ocurrir —dijo, y la voz le salió rota.

—Ya está ocurriendo.

La mano de Adrián subió desde la muñeca hasta el antebrazo, un roce apenas, pero suficiente para que Sofía sintiera el escalofrío recorrerle la columna. Él no la atrajo hacia sí. No la forzó. Solo la tocó con esa delicadeza peligrosa, como si estuviera esperando a que ella fuera quien cruzara la línea.

Sofía retiró las manos de golpe. Dio un paso atrás. El pecho le subía y bajaba con demasiada fuerza.

—La sesión ha terminado —dijo, y odió cómo le temblaba la voz—. Aplique hielo. No regrese hasta mañana.

Adrián se quedó sentado un segundo más, mirándola. Luego asintió una sola vez, se puso la camiseta y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo con la mano en el pomo.

—Sofía.

Ella no respondió. No podía.

—Cuando decidas dejar de tener miedo —continuó él, sin girarse—, ya sabes dónde encontrarme.

La puerta se cerró.

Sofía se dejó caer en la silla más cercana. Las piernas no le respondían. El espacio entre sus muslos latía con una intensidad vergonzosa, demandante. Se pasó las manos por la cara, intentando borrar la sensación de los dedos de él sobre su piel, pero era inútil. El roce seguía allí, grabado a fuego.

Fuera, el complejo empezaba a vaciarse. Las luces de la pista se apagaron una por una. Dentro de la sala, Sofía Mendoza comprendió que la distancia que había intentado mantener ya no existía.

Solo quedaba el ardor.

Y el deseo de volver a quemarse.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo