Capítulo 4 El eco del contacto
Sofía no durmió aquella noche.
Se revolvió entre las sábanas de su apartamento pequeño y funcional, a solo quince minutos del complejo, mientras el recuerdo de los dedos de Adrián sobre su muñeca se repetía una y otra vez en la oscuridad. Cada vez que cerraba los ojos, sentía el roce exacto: la calidez de su piel, la presión mínima pero deliberada, la forma en que había medido su pulso como si tuviera derecho a hacerlo. El cuerpo le respondía con una traición silenciosa. El bajo vientre le latía, pesado, exigente. Se obligó a no tocarse. Se obligó a respirar con calma. Se obligó a recordar quién era y por qué no podía permitirse este tipo de debilidad.
Al amanecer, las ojeras eran evidentes. Se miró en el espejo del baño y se dijo, en voz alta, que hoy sería diferente. Hoy mantendría la distancia. Hoy no permitiría que la voz ronca de aquel hombre le desarmara el control.
Llegó al complejo antes de que abrieran las puertas principales. El aire olía a frío y a café recien hecho de la cafetería del personal. Sofía se dirigió directamente a la sala de fisioterapia, preparó las camillas con movimientos mecánicos y revisó las fichas del día. Adrián Varela seguía en la lista. Por supuesto que seguía.
Intentó concentrarse en los otros jugadores. Atendió primero a un defensa con una molestia en la rodilla, luego a un joven delantero con contractura en el cuádriceps. Trabajó con precisión, con frialdad profesional, pero cada vez que la puerta se abría su corazón daba un salto traicionero. Nunca era él.
Hasta las nueve y veinte.
Adrián entró sin llamar. Traía el cabello todavía húmedo de la ducha matinal, la camiseta de entrenamiento pegada al torso por el sudor del calentamiento previo, y esa expresión de quien sabe exactamente el efecto que causa. Cerró la puerta con el pie y se quedó de pie junto a ella, demasiado cerca.
—Buenos días, Mendoza.
Sofía no levantó la vista de la ficha que estaba anotando.
—Siéntese. Voy a evaluar el rango de movimiento primero.
Él obedeció, pero no en silencio.
—Anoche no dormí —dijo, la voz baja, casi conversacional—. Cada vez que cerraba los ojos sentía tus manos. El aceite. La forma en que apretaste cuando encontraste el nudo. ¿Te pasó lo mismo?
Sofía apretó la mandíbula. El bolígrafo se le quedó inmóvil sobre el papel.
—Esto es una sesión profesional. No una confesión.
—Puede ser las dos cosas.
Ella se acercó a la camilla. Adrián ya se había quitado la camiseta. El torso desnudo bajo la luz blanca era una provocación deliberada. Sofía se obligó a mirar solo el hombro. Solo la zona inflamada. Nada más. Aplicó las manos con firmeza, sin aceite esta vez, buscando la tensión con los dedos. El músculo estaba mejor, pero no del todo. Trabajó en silencio, concentrada, ignorando el calor que subía por sus propios brazos cada vez que la piel de él se contraía bajo su tacto.
Adrián no cerró los ojos. La observaba. Sofía lo sentía. Sentía la intensidad de esa mirada gris recorriéndole el rostro, deteniéndose en su boca, bajando hacia el cuello donde el pulso le golpeaba con fuerza. Cada respiración de él era profunda, controlada, pero ella notaba la fisura: el leve temblor cuando sus pulgares se hundían más.
—Habla —exigió él de pronto.
—No hay nada que decir.
—Mentira. —Su mano se levantó otra vez, lenta, y esta vez no se limitó a la muñeca. Los dedos de Adrián rozaron el dorso de la mano de Sofía, un contacto apenas, y luego subieron hasta atrapar suavemente su muñeca, deteniéndola en medio del masaje—. Tu cuerpo habla por ti. El pulso. La forma en que se te eriza la piel cuando te acerco. La manera en que estás evitando mirarme a los ojos desde que entré.
Sofía tiró de la mano. Él la soltó de inmediato, pero el daño ya estaba hecho. El roce seguía ardiendo en su piel.
—Usted no tiene derecho a leer mi cuerpo —dijo, y la voz le salió más entrecortada de lo que quería.
—Entonces deja de leerme el mío con esas manos.
El silencio que siguió fue denso, casi asfixixiante. Sofía se apartó, buscó la toalla, se limpió las manos aunque no hubiera usado aceite. Necesitaba hacer algo, cualquier cosa, para no quedarse allí mirándolo.
—La sesión ha terminado —anunció—. El hombro responde. Continúe con el hielo y los estiramientos que le indiqué.
Adrián se puso de pie. No recogió la camiseta. Se quedó frente a ella, la diferencia de altura obligándola a levantar el mentón. El pecho desnudo a escasos centímetros. El olor a jabón y a esfuerzo limpio llenándole la nariz.
—Hay una cena de equipo esta noche —dijo de pronto—. La manager quiere que todo el personal técnico esté presente. Incluida tú.
Sofía frunció el ceño.
—No es necesario que yo…
—Sí lo es. —Él inclinó apenas la cabeza—. Y voy a sentarme a tu lado. No porque la manager lo pida. Porque quiero oler tu perfume mientras finjo que escucho los discursos. Porque quiero ver si eres capaz de mantener esa cara profesional cuando mi rodilla roce la tuya bajo la mesa.
Sofía sintió el calor subirle por el cuello hasta las orejas. El espacio entre ambos se había vuelto peligroso otra vez.
—Eso no va a ocurrir.
—Ya lo veremos.
Adrián se puso la camiseta con calma, sin dejar de mirarla, y salió de la sala. La puerta se cerró con suavidad. Sofía se quedó sola, el pecho subiendo y bajando demasiado rápido, el eco de su voz todavía vibrando en el aire.
El resto del día pasó en una niebla de concentración forzada. Atendió a más jugadores. Revisó informes. Evitó los pasillos donde sabía que él podía aparecer. Pero cada vez que cerraba los ojos un segundo de más, lo veía: el torso desnudo, la mirada gris, la forma en que había dicho «quiero oler tu perfume».
A las ocho de la noche se presentó en el restaurante privado donde el equipo celebraba la cena. Llevaba un vestido negro sencillo, de manga larga, que no revelaba casi nada y aun así la hacía sentir expuesta. El salón olía a carne asada y a vino tinto. Las risas del equipo llenaban el espacio. Sofía buscó una silla en el extremo opuesto de la mesa.
No tuvo suerte.
Adrián ya estaba allí. Se levantó apenas ella entró y le indicó, con un gesto mínimo, el asiento vacío a su derecha. La manager, desde el otro lado, asintió con aprobación. Sofía no tuvo más remedio que sentarse.
La rodilla de él rozó la suya apenas se acomodó. Un contacto breve, casi accidental. Casi. Sofía se tensó. Adrián no retiró la pierna. La dejó allí, el calor de su cuerpo filtrándose a través de la tela del pantalón y del vestido.
—Sonríe —susurró sin mirarla, mientras levantaba la copa en un brindis colectivo—. Estamos rodeados de miradas.
Sofía sonrió. Fue una sonrisa perfecta, profesional, vacía. Por dentro, el fuego que había intentado apagar toda la noche volvía a crecer. Cada vez que Adrián se movía, su rodilla rozaba la de ella. Cada vez que se inclinaba para hablar con el jugador de al lado, el brazo le rozaba el de Sofía. Contactos mínimos. Calculados. Devastadores.
En un momento dado, mientras el entrenador hablaba de la próxima temporada, la mano de Adrián bajó bajo la mesa. No la tocó. Solo se quedó a milímetros de su muslo, lo suficientemente cerca para que ella sintiera el calor de sus dedos a través de la tela. Sofía contuvo la respiración. No se apartó. No pudo.
Adrián giró apenas el rostro hacia ella. Los labios le rozaron el cabello cuando habló, tan bajo que nadie más pudo oírlo.
—Tu respiración cambió otra vez. —Una pausa—. Me gusta saber que te afecto tanto como tú a mí.
Sofía apretó la servilleta sobre su regazo hasta que los nudillos se le pusieron blancos. El resto de la cena fue un ejercicio de resistencia. Cada roce, cada mirada de reojo, cada vez que él reía por algo y la vibración le llegaba a través del contacto de las rodillas, la iba desarmando un poco más.
Cuando por fin la velada terminó, Sofía fue de las primeras en levantarse. Necesitaba salir. Necesitaba aire frío en la cara. Adrián la alcanzó en el estacionamiento, junto a su auto.
—Te acompañaré hasta la puerta —dijo.
—No es necesario.
—Sí lo es.
Caminaron en silencio. El aire nocturno cortaba la piel. Cuando llegaron al vehículo de ella, Adrián se detuvo. No la tocó. Solo se quedó frente a ella, tan cerca que Sofía tuvo que apoyarse en la puerta del auto para no ceder.
—Mañana vuelvo a la sala —anunció—. Y esta vez no voy a fingir que el hombro es la única razón.
Sofía levantó la vista. Las luces del estacionamiento dibujaban sombras en el rostro de él, haciendo que los ojos grises parecieran más oscuros, más intensos.
—Adrián…
Era la primera vez que decía su nombre. El sonido quedó suspendido entre ambos, íntimo, peligroso.
Él sonrió apenas, un movimiento mínimo de los labios.
—Así me gusta más. —Dio un paso atrás—. Buenas noches, Sofía. Intenta dormir esta vez.
Se alejó hacia su propio auto sin esperar respuesta. Sofía se quedó junto a la puerta, las llaves apretadas en la mano, el nombre de él todavía quemándole la lengua.
El eco del contacto seguía vivo en su rodilla, en su muñeca, en el lugar exacto donde la mano de él había estado a punto de tocarle el muslo.
Y por primera vez desde que había aceptado el trabajo, Sofía Mendoza tuvo miedo de lo que sentiría al día siguiente cuando volviera a poner las manos sobre la piel de aquel hombre.
