Capítulo 5 El límite que se quiebra

Sofía despertó con el cuerpo en tensión y el recuerdo de la rodilla de Adrián todavía grabado en la piel. Había dormido a ratos, entre sueños confusos donde las manos de él no se detenían en la muñeca, donde la voz ronca le susurraba cosas que la hacían despertar sofocada, con el corazón desbocado y el espacio entre sus muslos latido y exigente. Se duchó con agua más fría de lo habitual, como si pudiera apagar desde fuera el fuego que llevaba dentro. No funcionó.

Llegó al complejo decidida a imponer distancia. Hoy no habría roce de rodillas. Hoy no permitiría que la mirara de esa forma. Hoy sería solo profesional.

La resolución duró exactamente hasta las nueve y tres minutos, cuando la puerta de la sala de fisioterapia se abrió y Adrián Varela entró como si el espacio le perteneciera.

No traía la expresión provocadora de los días anteriores. Traía algo más peligroso: seriedad. El cabello todavía húmedo, la camiseta negra pegada al torso, los ojos grises fijos en ella desde el primer segundo.

—Cierra la puerta —dijo.

Sofía lo hizo sin pensar. El clic del pestillo sonó demasiado alto en el silencio de la sala.

Adrián se acercó a la camilla pero no se sentó. Se quedó de pie frente a ella, a una distancia que obligaba a Sofía a levantar el mentón para sostenerle la mirada. El olor a jabón y a frío de la pista la envolvió de inmediato.

—Anoche no pude dejar de pensar en la forma en que dijiste mi nombre —admitió, la voz baja, sin adornos—. Sofía. Como si te doliera soltarlo. Como si te doliera quererme cerca.

Ella apretó las manos a los costados del cuerpo.

—Está aquí por el hombro. Nada más.

—El hombro está mejor. Tú lo sabes. —Dio un paso más. Ahora el pecho de él casi rozaba el de ella—. Estoy aquí porque ayer bajo la mesa tu respiración cambió cada vez que mi rodilla tocaba la tuya. Porque cuando mi mano estuvo a punto de posarse en tu muslo no te apartaste. Porque llevas cuatro días tocándome como si tuvieras hambre y miedo al mismo tiempo.

Sofía sintió el calor subirle por el cuello. El control se le resbalaba entre los dedos.

—Esto no puede…

—Ya está pasando —la interrumpió él, más suave—. Y los dos lo sabemos.

Se quitó la camiseta con un solo movimiento y la dejó caer sobre la silla. El torso desnudo quedó expuesto bajo la luz blanca. Sofía apartó la vista un segundo, solo un segundo, pero fue suficiente para que Adrián notara la fisura.

—Tócame —pidió.

No era una orden. Era algo más peligroso: una invitación abierta.

Sofía se acercó a la camilla porque no le quedó otro remedio. Vertió aceite en las palmas con manos que apenas le temblaban y se las frotó para calentarlo. Cuando por fin posó los dedos sobre el hombro de Adrián, el contacto fue como un latigazo. La piel de él estaba caliente, tensa, viva. Empezó con movimientos amplios, profesionales, intentando concentrarse solo en el músculo, solo en la técnica. Pero Adrián no se lo puso fácil.

Respiraba profundo. Cada vez que sus pulgares se hundían en un punto sensible, soltaba un sonido bajo, contenido, que le provocaba a Sofía un calor inmediato y vergonzoso entre las piernas. Ella apretó los muslos. Continuó. Bajó hacia el pectoral, como en las sesiones anteriores, pero esta vez no se detuvo a tiempo. Los dedos se deslizaron un poco más, rozando el costado, sintiendo las costillas, el calor, la vida latente bajo la piel.

Adrián levantó una mano y atrapó suavemente la muñeca de ella. No la detuvo. Solo la guió. Más abajo. Hasta el centro del pecho, donde el corazón le golpeaba con fuerza contra la palma de Sofía.

—Siéntelo —susurró—. Está así desde que entraste por esa puerta el primer día.

Sofía no pudo retirar la mano. El latido de él se transmitía a su propia sangre, acelerándola, sincronizándola. Levantó la vista. Los ojos grises de Adrián estaban oscuros, intensos, fijos en los de ella. El aire entre ambos se había vuelto espeso, casi líquido. Podía sentir el aliento de él rozándole la boca. Bastaba un movimiento mínimo, un inclinarse apenas, para que los labios se tocaran.

—Adrián… —su nombre salió otra vez, roto, como una súplica y una advertencia al mismo tiempo.

Él inclinó la cabeza. La frente de ambos casi se rozó. El aliento se mezcló. Sofía sintió el temblor recorrerle la espalda, el deseo concentrarse en un punto exacto entre sus piernas, el control quebrarse en mil pedazos. Los labios de él estaban a un suspiro de los suyos. Podía sentir el calor, la promesa, la peligrosidad de cruzar esa última línea.

La puerta se abrió de golpe.

—¿Sofía? Necesito el informe de… —La voz de la manager se cortó en seco.

Sofía saltó hacia atrás como si se hubiera quemado. Adrián retiró la mano con calma deliberada, pero no se cubrió el torso. La manager los miró a ambos, los ojos entrecerrados, calculando.

—Interrumpo algo —dijo, no era una pregunta.

—No —respondió Sofía demasiado rápido—. Solo terminábamos la sesión.

La manager asintió despacio, la mirada pasando de uno a otro con demasiada inteligencia.

—Bien. Cuando acabes, ven a mi oficina. Tenemos que hablar de la imagen pública del capitán. Y de cómo vamos a limpiarla antes de que el próximo escándalo nos cueste el patrocinio principal.

Salió sin más. La puerta se cerró.

El silencio que dejó atrás fue ensordecedor. Sofía se pasó una mano por el rostro, intentando recuperar el aliento, intentando borrar la sensación del corazón de Adrián latiéndole en la palma.

Él se puso de pie con lentitud. Se acercó otra vez, pero esta vez no la tocó. Solo habló, tan bajo que las palabras parecieron un secreto.

—Esto no ha terminado. —Una pausa—. Y la próxima vez que me digas el nombre de esa forma, no voy a detenerme aunque entre el puto entrenador.

Sofía levantó la vista. Quiso responder con frialdad. Quiso ordenarle que saliera. En cambio, solo pudo sostenerle la mirada mientras el deseo y el miedo le disputaban el pecho.

Adrián recogió la camiseta, se la puso sin prisa y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo un segundo.

—Te espero en la oficina de la manager. Porque lo que sea que vaya a proponer… —giró apenas el rostro, lo suficiente para que Sofía viera la media sonrisa peligrosa— quiero que lo escuches sentada a mi lado.

Se fue.

Sofía se quedó sola en la sala, las manos todavía olorosas a él, el corazón desbocado, el límite que había intentado proteger hecho añicos a sus pies.

Sabía, con una certeza que le helaba y le quemaba al mismo tiempo, que lo que fuera a ocurrir en esa oficina cambiaría algo.

Y que ella ya no tenía fuerzas para impedirlo.

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