Capítulo 138

El aire frío y húmedo del calabozo se aferraba a mí como una segunda piel, sofocante e implacable. El sueño me había reclamado en intervalos inquietos, el agotamiento finalmente obligando a mi cuerpo a quedarse quieto a pesar del tumulto en mi mente. Pero no era un descanso pacífico—oscuros susurros...

Inicia sesión y continúa leyendo