Capítulo cincuenta y uno

Eros

Me senté en el dormitorio tenuemente iluminado, con la mirada fija en la figura dormida de Athena. El lento y constante subir y bajar de su pecho debería haberme tranquilizado, pero la palidez de su piel y las leves arrugas en su frente solo profundizaban mi inquietud.

Parecía frágil—demasiad...

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