Capítulo noventa y dos

Las paredes estaban frías. Húmedas. La habitación apestaba a moho y algo metálico—sangre, tal vez. Había dejado de contar el tiempo. Mis muñecas dolían donde la cuerda se clavaba en mi piel, y el tic tac cerca de mis costillas era constante, como un metrónomo contando mi final.

Había dejado de luch...

Inicia sesión y continúa leyendo