XXXIX

Me desperté en un lugar desconocido. Estoy sentada en una silla; mis manos estaban atadas. Está muy oscuro aquí.

—¡AYUDA!— grité, pero no obtuve respuesta. Alguien abrió la puerta. Un hombre apareció. Me sostuvo y me arrastró hacia abajo.

—¿QUIÉN ERES? ¡SUÉLTAME!— grité con voz asustada. Él respon...

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