Capítulo 1 Capítulo 1: El eco de la humillación
El silencio no es vacío; es una habitación llena de detalles que los demás ignoran. Para el resto del clan Romano, mi sordera era una debilidad, una grieta en el linaje de la familia más poderosa de Sicilia. Para mí, era el cristal a través del cual veía la verdadera podredumbre de los hombres que se sentaban a nuestra mesa.
Esa noche, el aire en la mansión de mármol de mi hermano mayor, Antonio, estaba cargado de incienso y el olor metálico del peligro. Se celebraba mi compromiso oficial con Bruno Marino. Una alianza estratégica, decían. Un sacrificio necesario, susurraban.
Sentí una vibración violenta en el suelo antes de verlo. Eran pasos pesados, cargados de una arrogancia que conocía bien.
—Mírate, "pajarito silencioso" —la voz de Bruno llegó a mis restos auditivos como un gruñido distorsionado, pero sus labios, finos y crueles, fueron fáciles de leer—. Estás preciosa de negro. Parece que vas a tu propio funeral.
Bruno me tomó del brazo con una fuerza que me hizo apretar los dientes. Me arrastró hacia el balcón, lejos de las miradas de los invitados. El frío de la noche siciliana me golpeó el rostro, pero el calor de su aliento era peor.
—Suéltame —dije. Mi voz sonaba extraña en mi propia cabeza, una vibración en mis cuerdas vocales que no podía calibrar del todo, pero que sabía que era firme.
Él soltó una carcajada seca, esa que siempre terminaba en desprecio. Me empujó contra la barandilla de piedra, su rostro a milímetros del mío. Sus ojos estaban inyectados en sangre; el alcohol y el poder eran una mezcla volátil en él.
—¿Crees que porque eres una Romano te voy a tratar con seda? —Sus dedos se enterraron en mi mandíbula, obligándome a mirarlo—. Eres una mercancía defectuosa, Mia. Tu padre te dejó rota y tu hermano te entregó a mí para que te mantuviera callada. Si te portas bien, quizás solo te use de adorno. Si no... bueno, nadie escucha los gritos de una sorda, ¿verdad?
El dolor en mi rostro era agudo, pero la rabia era más profunda. No bajé la mirada. Mis dedos buscaron el pequeño estilete que llevaba oculto en el muslo, bajo el encaje del vestido. Estaba dispuesta a marcarle la cara antes de permitirle otra humillación.
De repente, la presión en mi mandíbula desapareció.
Bruno fue arrancado de mí con una violencia quirúrgica. No fue un empujón torpe; fue el movimiento de alguien entrenado para neutralizar. Me tambaleé, sujetándome de la barandilla, y ahí estaba él.
No lo conocía. No era uno de los soldados habituales de mi hermano. Era más alto, de hombros anchos que llenaban perfectamente un traje oscuro hecho a medida. Tenía el cabello negro y una mandíbula que parecía tallada en granito. Pero lo que me detuvo el corazón fueron sus ojos: eran tormentosos, inteligentes y, por primera vez en mi vida, no me miraban con lástima.
—Creo que la dama no está disfrutando de la conversación, Marino —leyí en sus labios con una claridad asombrosa. Su dicción era perfecta.
—¿Quién diablos eres tú? —escupió Bruno, recomponiéndose, aunque su mano temblaba de furia—. ¿Un guardaespaldas nuevo con ganas de morir?
—Soy Liam Salvatore —respondió el extraño con una calma que erizaba la piel—. Y no soy un guardaespaldas. Soy el nuevo consultor de logística de tu futuro cuñado. Y según tengo entendido, Antonio valora mucho sus "propiedades". Si rompes el juguete antes de la boda, no creo que esté muy feliz.
Bruno soltó un insulto que no llegué a descifrar y se alejó, lanzándome una última mirada cargada de promesas oscuras. Me quedé sola con el tal Liam. El silencio regresó, pero esta vez se sentía diferente. Menos pesado.
Me acomodé el vestido, tratando de recuperar la compostura. El corazón me golpeaba las costillas con una fuerza rítmica. Levanté la vista para agradecerle de forma distante, pero él ya me estaba observando.
Sus ojos bajaron por mi rostro, deteniéndose justo en el puente de mi nariz. Sentí un calor repentino, una conciencia de mi propio cuerpo que Bruno nunca había logrado despertar.
Liam dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal, pero no se sentía como una amenaza. Se inclinó un poco, asegurándose de que yo pudiera ver sus labios bajo la luz de la luna.
—Tienes pecas —dijo. Sus labios se curvaron en una sonrisa casi imperceptible, una que no llegaba a ser arrogante, sino extrañamente cálida—. Me gustan. Te hacen parecer menos... de hielo.
No supe qué responder. Nadie se fijaba en mis pecas; todos se quedaban atrapados en mis oídos que no servían o en el apellido que cargaba como una maldición.
Él levantó una mano, y por un segundo pensé que me tocaría, pero se detuvo a centímetros de mi mejilla. Sus dedos se movieron con una agilidad que me dejó sin aliento.
«¿Estás bien?», preguntó en un lenguaje de señas fluido, aunque con un ligero acento extranjero en sus movimientos.
Mis ojos se abrieron de par en par. En esta casa, nadie se había molestado en aprender ni una seña por mí. Me obligaban a leer labios, a esforzarme por ellos. Y aquí estaba este extraño, un "consultor" de mi hermano, hablándome en mi idioma.
—¿Quién eres realmente? —le pregunté, vocalizando con cuidado, mis ojos clavados en los suyos.
Liam dio un paso atrás, metiendo las manos en los bolsillos. Su mirada se volvió impenetrable de nuevo, el brillo de calidez desapareció tras una máscara de profesionalismo gélido.
—Alguien que sabe que el silencio es el lugar más seguro para esconderse, Pecas —respondió.
Se dio la vuelta y entró de nuevo al salón, fundiéndose con las sombras de la fiesta. Me quedé allí, en el balcón, tocando el lugar de mi nariz donde él había clavado su vista. Mi mundo siempre había sido silencioso, pero en ese momento, el nombre de Liam Salvatore resonaba dentro de mí como el estallido de una bomba que aún no terminaba de explotar.
