Capítulo 2 Capítulo 2: El eco de un grito ahogado

El jardín de la mansión Romano era un laberinto de setos altos y estatuas de mármol que parecían juzgarme con sus ojos vacíos. Era el único lugar donde podía escapar del zumbido constante de las conversaciones que no podía seguir y de la mirada lasciva de Bruno, que me seguía como un animal hambriento.

Caminé hacia la fuente del ángel caído. Me gustaba sentarme allí y sentir la vibración del agua golpeando la piedra; era lo más parecido a la música que mi memoria conservaba. Pero esa noche, la atmósfera se sentía densa. El aire de Sicilia, usualmente cálido, me calaba los huesos con un frío repentino.

Me detuve en seco. No escuché nada, pero mi cuerpo registró un cambio en la presión del aire detrás de mí. Una sombra se alargó sobre el pavimento iluminado por la luna.

Antes de que pudiera girarme, un brazo robusto me rodeó el cuello, tirando de mí hacia la oscuridad de los arbustos.

El pánico fue una explosión de adrenalina en mi pecho. Intenté gritar, pero una mano enguantada selló mi boca con una fuerza brutal. El sabor del cuero y la presión en mi tráquea me cortaron el aliento. Luché, clavando mis uñas en el brazo de mi captor, pero el hombre era una pared de músculo.

—Shhh, pequeña muñeca —la vibración de su voz contra mi oído era un murmullo que no pude entender, pero sentí el odio en su energía—. Tu hermano me debe mucho dinero, y tú eres el mejor mensaje que puedo enviarle.

Me arrastró hacia el muro trasero, lejos de las luces de la fiesta. Mis pies se arrastraban por la grava, enviando vibraciones frenéticas que nadie más sentía. Mis pulmones ardían por la falta de oxígeno. Intenté golpear sus genitales, pero él me inmovilizó las piernas con un movimiento experto, arrojándome contra el suelo de tierra.

Me quedé sin aire. El hombre sacó una navaja que brilló bajo la luna. No conocía su rostro; era un sicario, un espectro de las deudas de mi familia. Se inclinó sobre mí, presionando la hoja fría contra mi garganta.

Abrí la boca para gritar, aunque sabía que mi voz sería un sonido roto, un lamento que se perdería en la inmensidad del jardín. Pero antes de que el primer hilo de aire saliera de mi garganta, la presión sobre mí desapareció de golpe.

Fue como ver una película muda de acción.

Una figura emergió de las sombras con una velocidad que mis ojos apenas pudieron procesar. Un puño impactó en la mandíbula de mi atacante con un sonido seco que sentí vibrar en el suelo. El hombre de la navaja voló hacia atrás, chocando contra una estatua.

Era Liam.

No tenía el traje impecable de hace unos minutos. Se había deshecho de la chaqueta y las mangas de su camisa blanca estaban remangadas, revelando antebrazos tensos y cicatrices que no pertenecían a un simple "consultor". Su rostro estaba transformado: la calma de antes había sido reemplazada por una furia fría y letal.

El atacante intentó levantarse, blandiendo la navaja, pero Liam no le dio oportunidad. Lo interceptó con una patada lateral que le sacó el aire y, en un movimiento fluido, lo desarmó y lo proyectó contra el suelo, rompiéndole el brazo. Pude ver el grito del hombre en la forma de su boca, pero mis ojos estaban fijos en Liam.

Él no se detuvo hasta que el intruso quedó inconsciente. Luego, se giró hacia mí.

Su respiración era agitada. Se acercó rápidamente y se arrodilló a mi lado. Sus manos, aún temblorosas por la descarga de violencia, buscaron mis hombros.

—¿Estás herida? —leyí en sus labios. Su mirada recorría cada centímetro de mi cuerpo con una urgencia que me hizo temblar.

Intenté sentarme, pero mis manos fallaron. Liam me rodeó con sus brazos, pegándome a su pecho. Podía sentir los latidos de su corazón: rápidos, potentes, como un tambor de guerra. Era el sonido más fuerte que había "escuchado" en años.

Me quedé allí, escondiendo el rostro en el hueco de su cuello, respirando su aroma a sándalo y pólvora. El miedo empezó a ceder ante una extraña sensación de seguridad que no debería sentir con un extraño.

Él se apartó un poco, tomándome la cara con ambas manos. Sus pulgares acariciaron mis mejillas, justo sobre mis pecas.

«Tranquila, Pecas. Estás a salvo conmigo», marcó con sus manos. Sus movimientos eran más lentos ahora, más deliberados, como si quisiera que cada seña fuera una caricia.

—No... no pude gritar —vocalicé, sintiendo las lágrimas quemar mis ojos por la frustración de mi propio silencio.

Liam negó con la cabeza y se acercó tanto que nuestras frentes se tocaron.

—No necesitabas gritar —dijo, asegurándose de que viera cada palabra—. Yo te estaba mirando. Siempre te estoy mirando.

En ese momento, la gratitud se mezcló con un presentimiento oscuro. Un hombre que peleaba así no era un consultor de logística. Un hombre que me vigilaba así tenía un propósito que iba más allá de protegerme de los cobradores de deudas de mi hermano.

Liam me ayudó a levantarme, limpiando la tierra de mi vestido con una delicadeza que contrastaba con la brutalidad de hace un momento. Me ofreció su brazo, y mientras caminábamos de regreso hacia las luces de la mansión, me di cuenta de que el atacante del jardín era el menor de mis problemas.

Porque el hombre que me había salvado era el único que tenía el poder de destruirme de verdad.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo