Capítulo 3 Capítulo 3: El filo de un suspiro
La biblioteca de la mansión Romano olía a papel antiguo, a tabaco caro y a secretos enterrados. Era el único lugar donde las vibraciones de la fiesta de mi hermano no lograban penetrar del todo. Me refugié allí, intentando calmar el temblor de mis manos tras el ataque en el jardín, pero la soledad duró poco.
La puerta se cerró sin que yo escuchara el clic, pero sentí el sutil cambio en la corriente de aire. No necesité girarme para saber quién era. El aroma a sándalo y lluvia me lo dijo antes que mis ojos.
Liam estaba allí, apoyado contra la madera oscura de la puerta. Se había puesto la chaqueta de nuevo, pero su corbata estaba floja y un mechón de cabello negro caía rebelde sobre su frente. Su mirada no era la de un protector; era la de un hombre que estaba luchando contra sus propios instintos.
Se acercó lentamente, sus pasos marcando un ritmo que yo sentía en la planta de mis pies descalzos sobre la alfombra persa. Se detuvo a escasos centímetros de mí, atrapándome entre su cuerpo y el escritorio de caoba.
—¿Por qué no estás con los demás, Pecas? —sus labios se movieron con una lentitud deliberada.
—No pertenezco a ese ruido —vocalicé, obligándome a sostenerle la mirada. Mi espalda chocó contra el borde del escritorio, y Liam puso una mano a cada lado de mi cintura, acorralándome sin tocarme—. ¿Y tú? Un consultor debería estar haciendo negocios, no siguiendo a la hija del jefe a las sombras.
Liam soltó una risa seca, una vibración que sentí en el aire entre nosotros. Se inclinó más, reduciendo el espacio hasta que pude sentir el calor que emanaba de su piel.
—Los negocios pueden esperar —dijo, y su mirada bajó a mis labios—. Lo que no puede esperar es la forma en que me miras cuando crees que nadie te ve. Como si supieras que soy el incendio que va a quemar esta casa.
Mi corazón dio un vuelco. Quise apartarlo, pero mis manos, traidoras, se posaron en su pecho, sintiendo la firmeza de sus músculos bajo la camisa fina. Podía sentir su respiración, agitada, chocando contra la mía.
Liam acortó la distancia. Su nariz rozó la mía, y por un segundo, el mundo se detuvo. Sus ojos, tormentosos y oscuros, buscaban algo en los míos, una chispa de la verdad que ambos ocultábamos. Estaba tan cerca que podía ver el pequeño lunar cerca de su oreja, sentir el roce de su aliento cálido. Mis ojos se cerraron a medias, entregándome a la gravedad de ese momento. Sus labios estaban a un suspiro de los míos, prometiendo un lenguaje que no necesitaba palabras ni señas.
Justo cuando sentí que el primer contacto iba a encender la pólvora entre nosotros, el suelo vibró con una sacudida violenta.
Un portazo.
Me separé de Liam como si me hubiera quemado, mi espalda golpeando con fuerza contra los estantes de libros. Él recuperó la compostura en un parpadeo, girándose hacia la entrada con una frialdad profesional que me asustó.
Bruno entró como un huracán de mala educación y alcohol. Su rostro estaba congestionado y sus ojos pequeños brillaban con una sospecha venenosa.
—¿Qué demonios hacen aquí a oscuras? —escupió Bruno, mirando de Liam a mí con desprecio—. Mi prometida y el "empleado" compartiendo lecturas, ¿es eso?
Liam dio un paso al frente, interponiéndose entre Bruno y yo. Su voz, aunque no pudiera oírla del todo, se sentía como el filo de una navaja.
—Le estaba explicando a la señorita Romano los detalles del nuevo protocolo de seguridad tras el "incidente" del jardín —dijo Liam, y leyí en sus labios una mentira tan perfecta que me dio escalofríos—. Antonio me pidió que me asegurara de que ella entendiera los riesgos de andar sola. ¿O prefiere explicárselo usted, Marino?
Bruno apretó los puños, pero la mención de mi hermano lo frenó. Se acercó a mí y me tomó del mentón con brusquedad, obligándome a mirarlo.
—Vuelve al salón, Mia. Ahora —ordenó, sus labios moviéndose con asco—. Y tú, Salvatore, recuerda quién paga tu sueldo. No te acerques más de lo necesario a lo que me pertenece.
Bruno me arrastró fuera de la biblioteca, su mano apretando mi brazo con una fuerza que dejaría marca. Antes de cruzar el umbral, miré hacia atrás por encima del hombro.
Liam seguía allí, de pie en la penumbra. No se movía, pero sus ojos estaban fijos en los de Bruno con una promesa de muerte que me hizo estremecer. Por un instante, nuestra conexión volvió a vibrar: un hilo invisible de deseo y peligro que ni siquiera la brutalidad de Bruno podía romper.
Supe entonces que el beso que no sucedió era solo el preludio de un desastre. Y que, cuando Liam finalmente me reclamara, no quedaría piedra sobre piedra en el imperio de los Romano
