Capítulo 4 Capítulo 4: Marcada por la sombra
El pasillo que conducía a mis aposentos privados estaba sumido en una penumbra asfixiante. Las paredes, decoradas con retratos de antepasados que habían matado por menos de lo que yo sentía en ese momento, parecían cerrarse sobre mí.
Bruno no me soltó hasta que estuvimos lo suficientemente lejos de los oídos de los invitados. Me empujó contra una de las columnas de mármol, su cuerpo bloqueando cualquier ruta de escape. Su aliento apestaba a whisky caro y a una envidia que lo carcomía por dentro.
—¿Crees que soy estúpido, Mia? —Sus labios se movieron con una furia escupida—. Vi cómo mirabas a ese perro de Salvatore. Vi cómo él te miraba a ti.
Intenté apartarlo, pero él presionó su antebrazo contra mi garganta, no lo suficiente para asfixiarme, pero sí para recordarme quién tenía el poder físico.
—No sé de qué hablas —vocalicé, manteniendo mi mirada fija en la suya, negándome a mostrar el miedo que hacía temblar mis rodillas.
—Escúchame bien, "princesita" —Bruno se inclinó, su rostro distorsionado por la malicia—. Eres mía. Por contrato, por sangre y por derecho. Si vuelvo a ver que ese mercenario de tres al cuarto pone un dedo cerca de ti, no solo lo mataré a él. Haré que veas cómo le corto la lengua para que sea tan silencioso como tú. ¿Entendido?
Sus dedos se enterraron en mi hombro, apretando un hematoma que ya empezaba a formarse del incidente anterior. Cerré los ojos, sintiendo una oleada de náuseas. En ese mundo, yo no era una persona; era un trofeo, una moneda de cambio defectuosa.
Sentí una vibración rítmica en el suelo. Pasos seguros, pesados.
Mis ojos se abrieron y vi a Liam doblando la esquina del pasillo. Se detuvo a unos metros, su figura recortada contra la luz de un candelabro. Su rostro era una máscara de piedra, pero sus ojos... sus ojos eran dos pozos de fuego oscuro fijos en la mano de Bruno sobre mi cuello.
Bruno también sintió su presencia. Una sonrisa torcida y cruel apareció en su rostro. Él sabía que Liam estaba mirando. Sabía que Liam no podía intervenir legalmente sin revelar sus cartas ante la familia.
—¿Ves esto, Salvatore? —dijo Bruno en voz alta, asegurándose de que Liam lo escuchara, aunque sus ojos estaban clavados en los míos—. Es hora de recordarle a mi prometida a quién le pertenece su boca.
Antes de que pudiera reaccionar, Bruno me sujetó la nuca con una fuerza violenta y estampó sus labios contra los míos.
No fue un beso. Fue una invasión. Fue un acto de posesión bruta destinado a humillarme y a provocar al hombre que nos observaba. El sabor del alcohol y el tabaco me invadió, provocándome una arcada que tuve que tragarme. Mantuve mis manos rígidas a los costados, negándome a participar, cerrando los ojos con fuerza para borrar la imagen de Liam viendo mi degradación.
Sentí la tensión en el aire volverse eléctrica. La vibración en el suelo se detuvo.
Cuando Bruno finalmente se apartó, me limpió el labio con el pulgar, una caricia fingida que me dio más asco que el propio beso.
—Nos vemos en el altar, querida —susurró Bruno, lanzándole una mirada de triunfo absoluto a Liam antes de pasar por su lado, golpeándole el hombro con arrogancia.
Me quedé apoyada contra la columna, temblando, sintiéndome sucia y expuesta. No me atrevía a mirar a Liam. No quería ver la decepción o, peor aún, la lástima en su rostro.
Pero Liam no se fue.
Esperó a que los pasos de Bruno se desvanecieran por completo antes de acercarse. No dijo nada al principio. Se detuvo frente a mí y, con una delicadeza que me rompió el alma, sacó un pañuelo de seda blanco de su bolsillo.
Tomó mi barbilla, obligándome a levantar la cabeza. Su mandíbula estaba tan tensa que parecía que sus dientes iban a romperse. Con movimientos lentos y casi devocionales, limpió el rastro del beso de Bruno de mis labios.
«Lo voy a matar», marcó Liam con sus manos. Sus señas eran bruscas, cargadas de una violencia contenida que nunca había visto en él.
—Liam... —susurré, mi voz quebrándose.
Él dejó caer el pañuelo al suelo, como si el simple contacto con lo que Bruno había tocado fuera veneno. Se acercó tanto que nuestras respiraciones se mezclaron de nuevo, pero esta vez no había duda, solo una promesa sombría.
—Nadie vuelve a tocarte así, Pecas —leyí en sus labios. Su voz debía ser un rugido bajo—. Ni por contrato, ni por sangre.
Se inclinó y depositó un beso casto, casi un juramento, en mi frente, justo donde empezaba mi cabello rojizo.
—Él cree que te posee porque tiene un papel firmado —continuó Liam, sus ojos brillando con una determinación peligrosa—. Pero él no sabe que yo ya he empezado a quemar su mundo. Y cuando el fuego llegue a él, tú serás la única que quede en pie.
Se dio la vuelta y se marchó, dejándome sola en el pasillo frío. Por primera vez, no tuve miedo de Bruno. Tuve miedo de lo que Liam estaba dispuesto a hacer por mí... y de lo que pasaría cuando descubriera que el hombre que juraba protegerme era el mismo que venía a destruir a mi familia.
