Capítulo 5 Capítulo 5: El silencio de las sombras
La mansión Romano respiraba con una calma engañosa. Era el día libre de Liam; lo había visto salir temprano, su figura perdiéndose tras los portones de hierro. Antonio estaba en Palermo por negocios y, según el itinerario que mi hermano me obligaba a seguir, Bruno no regresaría hasta la cena.
Me sentía, por unas horas, extrañamente libre.
Subí a la planta alta, con un libro bajo el brazo, buscando la paz de mi habitación. Pero al cruzar el umbral, el aire se sintió pesado. Una vibración familiar, tosca y rítmica, subió por mis talones.
Antes de que pudiera encender la luz, una mano me sujetó del cabello, tirando de mi cabeza hacia atrás con una violencia que me hizo soltar el libro. El impacto contra el suelo de madera sorda fue solo el inicio.
—¿Creías que te habías librado de mí hoy, "pajarito"? —Los labios de Bruno estaban pegados a mi nido de pelo rojizo. Su aliento a ginebra pura me revolvió el estómago.
Intenté zafarme, golpeando con mis talones, pero él era una masa de odio y fuerza. Me arrastró por el suelo de mi propio santuario, sus dedos enredados en mi melena con tal saña que sentí que el cuero cabelludo se me desgarraba. No podía gritar; el pánico había cerrado mi garganta y, aunque lo hiciera, la mansión estaba bajo el mando de sus hombres hoy.
Me lanzó sobre la cama. Mi vista se nubló por un segundo.
—Ese Salvatore te mira como si fueras una santa —escupió Bruno, desabrochándose el cinturón con una parsimonia aterradora—. Pero vas a recordar quién te puso la marca primero. Vas a recordar de quién eres propiedad legal antes de que ese perro vuelva a ponerte un dedo encima.
Me resistí con cada gramo de fuerza que tenía. Arañé su rostro, dejando surcos de sangre en su mejilla, pero eso solo alimentó su bestialidad. Me inmovilizó las muñecas sobre la cabecera, su peso aplastando mis pulmones.
—¡No! —vocalicé, una súplica rota que se perdió en las paredes frías.
Él no escuchó. Bruno no buscaba placer; buscaba borrar el rastro de Liam, buscaba marcar su territorio como un animal rabioso. El dolor físico fue agudo, pero la verdadera herida fue la violación de mi espacio, de mi cuerpo, de la poca dignidad que me quedaba en esa casa de lobos.
El silencio de la habitación se volvió eterno. Mis ojos se clavaron en la ventana, donde el sol de Sicilia seguía brillando, indiferente a mi destrucción. Busqué a Liam con la mente, supliqué por esa vibración segura de sus pasos, pero no hubo nada. Solo el peso de Bruno, su olor asqueroso y el sonido de mi propia respiración entrecortada que yo misma apenas podía percibir.
Cuando terminó, Bruno se levantó con una suficiencia asquerosa. Se limpió la sangre de la mejilla con el dorso de la mano y me miró con un desprecio infinito.
—Ahora ya lo sabes, Pecas —leyí en sus labios mientras se ajustaba la ropa—. Puedes soñar con tu héroe todo lo que quieras, pero al final del día, regresas a mi cama. Eres una Romano, y las mujeres de tu clase nacieron para ser usadas.
Salió de la habitación y cerró la puerta con llave. El estruendo de la cerradura vibró en toda la cama, un eco final de mi cautiverio.
Me quedé allí, hecha un ovillo entre las sábanas desechas, sintiendo el frío calarme hasta el alma. Mis pecas, las que Liam decía amar, se sentían como manchas de suciedad sobre mi piel. Me toqué el vientre, sintiendo un vacío abismal.
Nadie vino a salvarme. El silencio, que siempre había sido mi refugio, se había convertido en mi celda.
Pero entre las cenizas de la humillación, algo empezó a arder. Una chispa gélida de odio puro. Ya no era la princesa rota que todos subestimaban. Si el mundo de la mafia quería silencio, yo les daría el silencio de una tumba.
Cuando Liam regresara y viera mis ojos, sabría que algo en mí se había quebrado para siempre. Y Bruno Marino no sabía que, al marcar su territorio, acababa de firmar su propia sentencia de muerte.
