Capítulo 6 Capítulo 6: El peso de la máscara

(Narrado por Liam)

El humo de los cigarrillos en el sótano de seguridad de la base operativa del FBI en Catania era casi tan denso como la red de mentiras que estaba tejiendo. Me senté a la cabecera de la mesa de metal, observando las fotos de la familia Romano esparcidas como trofeos de guerra. Antonio, Bruno, y en el centro, Mia.

Mi supervisor, el agente Miller, me miró con esa mezcla de impaciencia y cinismo que solo tienen los que nunca han estado en la línea de fuego.

—¿Cuánto más, Salvatore? —su voz era un ladrido—. Necesitamos las rutas de suministro de los Marino y los Romano. Si esa alianza se sella con la boda, el puerto de Sicilia será impenetrable.

Me eché hacia atrás en la silla, girando un bolígrafo entre mis dedos. Mi mente, traidora, se desvió hacia la suavidad de las pecas en el puente de la nariz de Mia y la forma en que su cuerpo temblaba contra el mío en la biblioteca. Tuve que forzar una sonrisa fría, la máscara de Austin, el agente infiltrado.

—Relájate, Miller. Todo va según lo previsto —dije, mi voz sonando más cínica de lo que sentía mi estómago—. Mia Romano es la llave. Es una mujer rota, aislada por su silencio y despreciada por su propia sangre. Es vulnerable, mucho más fácil de manipular de lo que pensaba. Cree que soy su protector, su única ventana al mundo. Solo necesito un poco más de tiempo para que me entregue los códigos de la caja fuerte de Antonio.

—No te ablandes, Salvatore —advirtió otro agente—. Recuerda por qué estás ahí. Recuerda lo que esos bastardos le hicieron a tu padre.

—No lo olvido —respondí, y la mención de mi padre encendió ese odio antiguo que me mantenía en marcha—. Para mí, Mia no es más que un medio para un fin. Una pieza frágil en un tablero de ajedrez que estoy a punto de patear.

Me sentí como un hipócrita. Cada palabra que salía de mi boca se sentía como ceniza. La imagen de Mia, con sus ojos llenos de una esperanza silenciosa cada vez que me veía, me quemaba por dentro. Pero en este negocio, la empatía es una sentencia de muerte.

De repente, mi teléfono personal, el que solo tenía contacto con la mansión bajo mi fachada de "consultor", vibró violentamente sobre la mesa.

Un mensaje de texto de uno de los informantes que pagaba dentro del servicio de limpieza de los Romano. Lo abrí, esperando una actualización sobre los movimientos de Antonio.

Mis pulmones se congelaron. El aire se escapó de mi pecho como si me hubieran dado un golpe directo al plexo solar.

"Emergencia. Ambulancia en la mansión. Mia Romano encontrada en la bañera. Intentó quitarse la vida. La llevan al Hospital General de Messina."

Me puse de pie de un salto, tirando la silla hacia atrás con un estruendo que hizo que todos en la sala se pusieran en guardia. La sangre se me retiró del rostro, dejándome una sensación de frío ártico en las venas.

—¿Qué pasa, Salvatore? —preguntó Miller, extrañado.

No respondí. No podía. La imagen de Mia, tan llena de vida contenida, ahora desangrándose en una camilla fría, me nubló la vista. ¿Qué había pasado? Yo solo me había ido unas horas. Bruno. El nombre de ese bastardo resonó en mi cabeza como una maldición. Sabía que él tenía algo que ver.

—La misión está en riesgo —solté, mi voz saliendo como un rugido ronco mientras agarraba mi chaqueta y mi arma—. Tengo que irme. Ahora.

—¡Salvatore, vuelve aquí! ¡Es una orden! —gritó Miller detrás de mí.

Ignoré la orden. Ignoré el protocolo. Salí del sótano a zancadas, mi corazón golpeando contra mis costillas con una furia desesperada. En ese momento, ya no me importaba el FBI, ni la misión, ni siquiera la venganza por mi padre.

Solo me importaba que "Pecas" siguiera respirando. Porque si ella moría por culpa de mi negligencia o de la brutalidad de Bruno, yo mismo me encargaría de reducir Sicilia a cenizas, empezando por los Romano y terminando conmigo mismo.

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