Capítulo 7 Capítulo 7: El abismo en sus ojos
(Narrado por Liam)
El olor a antiséptico y enfermedad siempre me ha revuelto el estómago, pero el pasillo de la unidad de cuidados intensivos del Hospital de Messina se sentía como una zona de guerra. Corrí por el pasillo, ignorando las miradas de los enfermeros y el peso de mi arma oculta bajo la chaqueta. Mi mente era un caos de imágenes: el rostro de Mia en la biblioteca, sus pecas, el roce de su mano... y luego, esa bañera roja de la que hablaba el mensaje.
Al fondo, vi la figura imponente de Antonio Romano junto a un Bruno que lucía extrañamente tranquilo, casi aburrido, ajustándose los puños de la camisa.
—¿Qué demonios pasó? —solté, mi voz saliendo más ronca de lo que pretendía. No me importaba sonar demasiado interesado para un "consultor". En ese momento, solo era un hombre al borde del colapso.
Antonio levantó la vista, sus ojos oscuros y fríos como monedas de plata.
—Salvatore. Llegas tarde —dijo con una calma que me dio asco—. Mi hermana parece haber heredado la fragilidad mental de nuestra madre. Los médicos dicen que es depresión. Al parecer, la presión del compromiso y su... condición silenciosa la arrastraron al límite. La encontramos justo a tiempo.
—¿Depresión? —repetí, mi mirada desviándose hacia Bruno. Él me sostuvo la vista con una chispa de triunfo malicioso que me confirmó mis peores sospechas—. Ella no estaba deprimida ayer.
—Las mujeres son volátiles, Salvatore —intervino Bruno con una sonrisa gélida—. Un día sonríen y al otro intentan cortarse las venas en una bañera. Es una lástima, pero supongo que su "princesa rota" finalmente terminó de romperse del todo.
Mis puños se cerraron con tanta fuerza que las uñas se clavaron en mis palmas. Sabía que mentían. Sabía que Bruno había hecho algo en las horas que yo estuve fuera, pero no podía acusarlo sin pruebas frente a Antonio.
—Quiero verla —dije, más como una orden que como una petición.
—Adelante —Antonio hizo un gesto hacia la puerta custodiada por dos de sus soldados—. Quizás a ti te haga caso. No ha reaccionado ante nadie. Ni siquiera ante mí.
Entré en la habitación y el silencio me golpeó como un muro físico. Mia estaba allí, pequeña y pálida, perdida entre las sábanas blancas y los cables de los monitores que pitaban rítmicamente. Tenía las muñecas vendadas con un blanco impoluto que resaltaba dolorosamente contra su piel.
Me acerqué a la cama, sintiendo que el aire se me escapaba de los pulmones.
—Pecas... —susurré.
Me coloqué en su línea de visión, esperando que sus ojos se iluminaran con ese brillo de reconocimiento que solía dedicarme. Pero no hubo nada. Mia estaba mirando hacia la ventana, sus ojos rojizos y apagados, fijos en un punto inexistente en el horizonte.
No parpadeó. No se movió. Era como si su alma hubiera abandonado el cuerpo, dejando solo una cáscara vacía.
Me puse de rodillas al lado de la cama, buscando su mano. Estaba helada. Empecé a marcar con mis dedos en la palma de su mano, el lenguaje de señas que solo nosotros compartíamos, nuestra pequeña burbuja de intimidad.
«Mia, soy yo. Estoy aquí. Háblame, por favor», marqué con desesperación.
Nada. Ni un solo músculo de su rostro reaccionó. Ni siquiera me miró. Era el vacío absoluto. Esa mujer que peleaba contra Bruno, que me desafiaba con la mirada, que se sonrojaba por un apodo... se había ido.
Sentí una punzada de terror puro. Como agente, me habían enseñado a leer a las personas, a encontrar sus puntos de quiebre. Pero Mia no se había quebrado; se había apagado. Había decidido que el mundo exterior, el mundo del ruido y el dolor, ya no merecía su atención.
—Mírame, por favor —supliqué en un susurro, mi frente apoyada contra el borde del colchón.
La culpa me golpeó con la fuerza de un mazo. En la reunión del FBI la llamé "fácil de manipular". Dije que era una pieza en mi tablero. Y ahora, verla así, reducida a nada mientras yo jugaba a los espías, me hacía sentir como el mayor traidor de la historia.
Me quedé allí, en la penumbra de la habitación, sosteniendo su mano muerta. Fuera, Bruno se reía de algo que Antonio decía. Dentro, el silencio de Mia era el grito más desgarrador que había escuchado en mi vida.
Y juré, en ese hospital de mierda, que si Bruno Marino era el responsable de ese vacío en sus ojos, no habría infierno lo suficientemente profundo para esconderlo de mí. Pero primero, tenía que traerla de vuelta. Tenía que encontrar la forma de que Pecas volviera a mirarme, aunque fuera para odiarme
